Artes plásticas y exposiciones

Liberación póstuma del Blaue Reiter

Juan Carlos Tellechea

viernes, 12 de enero de 2018
Gabriele Münter © Prestel/Randomhouse

La pintora expresionista alemana Gabriele Münter (Berlín, 1877–Murnau, 1962), alcanzó celebridad no en último término por su pertenencia al grupo artístico Blaue Reiter que integraban, entre otros, Vassily Kandinsky (de quien fue compañera sentimental), Franz Marc y August Macke.

Ahora se intenta liberarla póstumamente de esta corriente con una gran exposición titulada Gabriele Münter, 1877–1962, Malen ohne Umschweife (Gabriele Münter, 1877–1962, pintar sin rodeos) que tiene lugar desde el 31 de octubre de 2017 hasta el 8 de abril próximo en el museo Lenbachhaus, de Múnich, con motivo de conmemorarse el 140º aniversario de su nacimiento. El catálogo de 272 páginas es de la editorial muniquesa Prestel/Randomhouse.

La muestra, con más de 200 cuadros y obra gráfica, distribuidos en nueve secciones, resalta la fuerza creativa de Münter a través de varios decenios de labor y la libera de sus ataduras unidimensionales con aquel movimiento que solamente existió tres años, entre 1911 y 1914, mientras ella continuó viviendo y pintando, mucho y muy bien, en su hermosa y acogedora casa-taller, en Murnau/Alta Baviera, hasta su fallecimiento en 1962.

La mayoría de las piezas pertenece a los fondos del museo muniqués que recibió en 1966 la colección donada por la Fundación Gabriele Münter y Johannes Eichner. Otras fueron cedidas por instituciones como el Centre Pompidou, de París; el Des Moins Art Center, de Des Moins/Iowa; el The Israel Museum, de Jerusalén; el LENTOS Museum, de Linz; el Milwaukee Art Museum, de Milwaukee/Wisconsin; el Schloßmuseum de Murnau; la Neue Galerie, de New York; el Princeton University Art Museum, de Princeton/Nueva Jersey; y el National Museum of Women in the Arts, de Washington DC.

Recojo lo más expresivo de la realidad y lo represento sin rodeos, con todos sus ajilimójiles, solía afirmar Münter con buen humor acerca del lenguaje pictórico que utilizaba para captar la belleza del entorno en aquellos lugares, al pie de los muros septentrionales de los Alpes. Esta fue la explosiva vehemencia, la pasión que caracterizó toda su biografía artística.

Tras el fallecimiento de sus padres, Gabriele viajó con su hermana (mayor) Emmy en 1898 por el medio oeste de Estados Unidos para visitar a familiares y amigos. Aprovechó su estancia entonces para fotografiar intensamente allí a sus gentes, ciudades, paisajes y costumbres. Sus progenitores, inmigrantes de origen alemán, se habían conocido en aquellas tierras norteamericanas y se casaron en 1857 en Savannah/Tennessee antes de mudarse a Alemania. El padre, Carl Friedrich Münter, era dentista. La madre, Wilhelmine, se encargó de que su hija recibiera clases de pintura y dibujo en una academia femenina de Düsseldorf.

Las imágenes muestran, por ejemplo, la cabaña de madera en una granja de una tía suya en Texas; una dama con sombrilla en St. Louis/Missouri, una niña en una calle de esa misma ciudad; vapores fluviales de ruedas en el Misisipi y una puesta de sol en ese largo río; tres jóvenes afroamericanas vestidas con sus impolutos y níveos atuendos domingueros en Marshall/Texas; y la siega de heno en Arkansas.

En esas fotografías se hallan muchos temas y aproximaciones a motivos que más tarde se encontrarán en su pintura, afirma la comisaria de la exhibición, la historiadora de arte Isabelle Jansen, formada en la Universidad de la Sorbona, París, y doctorada allí con un trabajo sobre Franz Marc. El hecho de que Münter haya percibido el mundo como a través de un aparato (Kodak Bull's Eye número 2) y que después se interesara por el cine, encaja todo perfectamente, acota. Jansen, quien se ha propuesto cambiar la percepción que se tiene de Münter, más allá de los clichés y retratos biográficos conocidos, para sumergirse en una amplia y exhaustiva retrospectiva que brinde nuevos horizontes a su figura.

A lo largo de su vida Gabriele se sintió influida por el postimpresionismo (hay bellísimos paisajes y escenas intimistas de ella), después por el expresionismo, más tarde por la nueva objetividad (neue Sachlichkeit) y por el postexpresionismo, y finalmente por la abstracción y el primitivismo, una mixtura entre Pablo Picasso, Joan Miró y Jean Arp. Las paredes de la sala de exposiciones, situada en el entrepiso de la estación de metro Königsplatz, frente por frente al museo Lenbachhaus, vibran con las tonalidades de rojo, verde, amarillo, violeta (todas, excepto de azul) con las que han sido pintadas en cada capítulo de la presentación.

La casa de los rusos, denominaban los campesinos de Murnau a la vivienda en la que Münter y Kandinsky (1866–1944) vivían durante los meses estivales entre 1909 y 1914 y en la que eran visitados además por otros artistas amigos, como Macke, Marc, Marianne von Werefkin y Alexei von Jawlensky. Allí surgieron obras e ideas que fueron famosas como parte del arte expresionista del Blaue Reiter. Hoy, Murnau y la cálida casa de Gabriele se han transformado en un santuario al que peregrinan muchos amantes de sus obras y de su historia.

Münter no fue solo la mujer de Kandinsky, por algunos años. En algunos de sus cuadros aparece él como el profesor vanidoso que fue, sentado ante una mesa, tomando té, o en el dormitorio de ambos; todos estos son motivos archiconocidos y tediosos en la muestra.

En ésta ha sido también documentada con secuencias fílmicas su pasión por el cine y por cintas como El circo (1928), de Charles Chaplin, de la época del cine mudo, o Fue una embriagadora noche de baile (1939), de la actriz y cantante sueca Zarah Leander, máxima estrella femenina de la Alemania nazi. La relación con su pintura está al alcance de la mano. Una calle embanderada con la esvástica (cabe preguntarse si ¿fue solo un hecho estético aislado?), las verdes praderas, las montañas y los valles, los bosques y parques, las coloridas flores y las casas de los campesinos con tonalidades térreas parecen muy espontáneos, casi naiv, pero fueron concebidos con mucha exactitud. En su casa de Murnau pudo ocultar y rescatar /hasta concluida la Segunda Guerra Mundial, 1939–1945) de una segura desaparición las obras del Blaue Reiter, declaradas y difamadas como arte degenerado por el régimen de Adolf Hitler (1933–1945).

Tanto ayer como hoy sus propios cuadros se corresponden con el gusto del público, al que atraen por su magnetismo, aunque algunos críticos de arte entiendan esto como un punto muy flojo y fallido en la creación de Münter. Pero la exposición que recibe millares y millares de visitantes todos los días (este es el objetivo de los organizadores) va más allá y aquí radica su valor.

Los lienzos de las décadas de 1920, 1930 y 1950 muestran un lado casi desconocido de la artista. Pinta entonces a trabajadores rurales y de la construcción con tractores y palas excavadoras en la cercana localidad de Partenkirchen/Alta Baviera, mirando fríamente mientras ejecutan su labor. En París ilustra con líneas claras la ribera del Sena y la villa Les Fleurettes. Las naturalezas muertas de 1920 parecen evocar a las de Paul Cézanne; los retratos de durmientes de 1930 recuerdan a los de Paul Gauguin; y las abstracciones de 1950 orientan la mirada del espectador hacia la forma y el color.

Gabriele no fue una artista vanguardista, no editó ningún manifiesto ni tampoco provocó con sus nuevas ideas, pero conocía las teorías y las posturas contemporáneas, hacía a menudo largos viajes y mezclaba esos conocimiento en su peculiar lenguaje pictórico. Al mismo tiempo fue una hábil administradora y promotora de su obra.

Münter vivió en los tiempos de la primera exposición de arte moderno Documenta (de Kassel) y de la XXV Bienal (de Venecia). Con la donación de más 1.000 cuadros del Blaue Reiter al museo Lenbachhaus, Gabriele se aseguró que fuera recordada su figura y que pronto pudiera tener por ello también el adecuado reconocimiento internacional.

La exposición de Múnich se transformará a partir de comienzos de abril en una muestra itinerante que visitará el Louisiana Museum of Modern Art, de Humlebaek/Dinamarca y después probablemente Francia. En este país último país mencionado, su pintura despierta mucho la atención. En tal sentido, parece corresponderse con la vida de Gabriele Münter el cuadro (del Milwaukee Art Museum) en la que se la ve en un bote, timón en mano, mientras el resto de los tripulantes (Kandinsky, Werefkin y Jawlensky) dirigen fijamente sus miradas sobre ella. Estos intercambios con museos del exterior generan habitualmente nuevas correspondencias y exposiciones.

Sería muy interesante que pudiéramos presenciar algún día en el Lenbachhaus de Múnich una amplia muestra de los expresionistas franceses, los fauvistas, cuyo movimiento (paralelo al de los expresionistas alemanes) fue fundado en 1905, en Collioure, sureste de Francia, entre otros, por Henri Matisse, André Derain y Maurice de Vlaminck, a quienes se unieron Raoul Dufy, Albert Marquet, Kees van Dongen, Othon Friesz y Georges Braque. Algunos historiadores de arte suman a este grupo que duró hasta 1907 a Henri Manguin, Charles Camoin, Jean Puy y Louis Valtat, así como a Georges Rouault, según nuevas tendencias e investigaciones.

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