Artes visuales y exposiciones

Impresiones de Normandía

Juan Carlos Tellechea
miércoles, 17 de enero de 2018
Die Impresionisten in der Normandie © 2017 by Hirmer Verlag Die Impresionisten in der Normandie © 2017 by Hirmer Verlag
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El Museo Picasso de Münster (centro-oeste de Alemania), presenta hasta el 21 de enero una muy agitada, pero sumamente interesante y hermosa exposición de marinas y paisajes de la región de Normandía, pintados al aire libre por impresionistas y postimpresionistas, en su gran mayoría franceses. No solo Barbizón (cerca de París) fue un lugar apetecido por los artistas del siglo XIX para pintar a cielo abierto. Monet, Sisley, Renoir y Pissarro se sentían también muy atraídos por las escarpadas costas de Pourville, Étretat, Trouville o Deauville e instalaron allí como pudieron, contra viento y marea, sus caballetes y utensilios.

Impresionistas en Normandía se titula la muestra con unos 80 cuadros, no pocos de los cuales conservan todavía los granos de arena y restos de vegetación que se adhirieron al lienzo, mezclados con las pinceladas dadas por su creadores, en medio de los torbellinos vividos en aquellos momentos. El Museo Picasso amplía así la colección Peindre en Normandie, de la ciudad de Caen que trajo aquí 60 obras. En realidad, la exhibición debería llamarse Impresiones de Normandía, porque entre los ilustres nombres aquí reunidos figuran los de algunos que no pueden ser encasillados precisamente como impresionistas.

Münster es la primera escala en Alemania de esta exhibición que abarca a pleinairistes (de plein air artistes) que trabajaron entre 1840 y comienzos del siglo XX (vanguardismo), comisariada por el historiador de arte Alain Tapié, cofundador y conservador de la colección de Caen. La refracción de la luz y los colores en un medio tan zarandeado como aquel es lo que más distingue a estas telas, mayormente de pequeño formato. Se trata de fondos del gobierno regional normando que viajan por todo el mundo desde la década de 1990, porque no tienen un museo propio, carecen de un puerto de origen, para expresarlo en términos marinos.

Cuando se formó la colección, naturalmente, ya no había más obras maestras de Alfred Sisley, Auguste Renoir y otros grandes en el mercado. Pero Camille en la playa (1870), de Monet, pintado en Trouville, permite ya intuir la osadía que llevó al artista a realizar la obra allí afuera, antes de retorcarla en su taller, siempre con la intención de que pareciera espontánea e instantánea. Muy ligeros y veraniegos parecen sus Botes en la playa de Étretat (1883), gracias a la ausencia del habitual tajinar de los pescadores; genial asimismo la vista de sus acantilados, el pilar rocoso de L'Aiguille Creuse y (el arco natural de) La falaise d'Aval (1885) que, de cerca, más que el ojo de una aguja parece el ojo de una cerradura. 

Berthe Morisot fascina asimismo en La hermana de la pintora con su hija en el puerto de Cherburgo (1883); impresionan las vistas de Dieppe, con neblina matutina (1881), Honfleur (1885) e Isigny (1882), de Frank Myers Boggs, de las que parece emanar un suave aire marino. La muestra desarticula algunos clichés románticos del público sobre los artistas que crean en medio de la naturaleza. La pintura al aire libre no es de rápida realización. La lluvia y el viento eran y son imprevisibles en la costa normanda. Claude Monet dejaba que un lugareño, alcoholizado, tirara de un carro con seis de sus cuadros para reaccionar a tiempo ante los caprichos del tiempo.

Monet sabía que este estilo necesitaba de una firme imagen para enfrentar a la crítica malintencionada, tras la gran exposición realizada en París en 1847 con 57 impresionistas. Estos no son cuadros concluidos, afirmaba al evocar que carecía de un taller en aquellos lugares. Los impresionistas retocaban más tarde en sus estudios los esbozos realizados sobre los lienzos y completaban de memoria las percepciones recibidas al natural.

Tampoco Gustave Courbet se dejaba intimidar por el mal tiempo cuando pintaba en 1871 su cuadro El mar tormentoso. Más bien reaccionaba a la fotografía de una ola que había causado furor en París y contrastaba la imagen con sus pastosas pinceladas sobre la tela. Tuvo gran éxito con este cuadro monstruoso (y todas sus variaciones adicionales) que, a decir verdad, transmitía muy poco de la realidad.

Courbet pintó El mar tormentoso en París. Había enfermado en Normandía. La costa que había visitado no tenía formaciones rocosas. El velero que llevó al óleo no pudo haber estado sobre una ola tal como él lo muestra en el cuadro. Pero, qué importaba la naturaleza si tenía un concepto pictórico mejor. Además, el mercado del arte demandaba entonces, de forma creciente, más y más paisajes marinos.

La exhibición de Münster describe magníficamente los comienzos, cuando los pintores Eugène Boudein y Johan Barthold Jongkind captaban la atmósfera del paisaje costero normando o cuando Paul Huet ubicaba en el romanticismo su Vista del castillo (1857) como una ruina y encima movía un cielo impresionista con grandes rotaciones. En una carta a un amigo, Boudin se quejaba de las dificultades para pintar en Normandía. Los botes se movían constantemente, nunca se quedaban quietos, y el agua cambiaba frecuentemente la dirección de las olas bajo el influjo del viento o por el paso de un vapor. Sin embargo, Boudin superó todos esos inconvenientes y se convirtió en una especia de rompeolas de su época. Con Boudin, considerado un maestro menor y pionero de los impresionistas, Normandía se transformó en un lugar pintoresco en doble sentido; su carrera en el Salón de París fue imparable y animó a un tal Claude Monet a pintar al aire libre. El nombre de esta nueva orientación artística nació cuando Monet en 1872 llevó al lienzo una borrosa vista del puerto de Le Havre que tituló Impresión, salida del sol.

Por primera vez y a partir de 1840 la ciudad costera de Le Havre era muy fácilmente de alcanzar desde París, porque las líneas de ferrocarril se habían tendido uniendo la capital con Normandía. Étretat, Boulogne, Trouville y también Rouen con su impresionante catedral, se convirtieron en destinos de excursión, primero de la gente distinguida, después del público masivo. El baño pasó de ser terapia medicinal a convertirse en actividad de ocio y relajamiento para los turistas, aún cuando transitoriamente fueran estrictamente separados por sexo y clases sociales. Solo los más adinerados, quienes permanecían en los baños, podían utilizar exclusivamente las pasarelas de madera, las casetas con ruedas y los carruajes tirados por caballos (así iban a la playa y se bañaban nuestros bisabuelos). Causa asombro asimismo Baño en Étretat (1858), de Eugène Le Poittevins, cuyas figuras sobre la playa fueron realizadas al mejor estilo de los antiguos maestros. El grupo de bañistas no está demasiado ordenado, pero las damas disfrutan en el agua. Guy de Maupassant se tira de cabeza. La escena no tenía mucho que ver con las costumbres de entonces. La exhibición, con ayuda de los tubos de pintura (inventados en la época) vertidos sobre las telas, nos permite ver la importante transformación estructural, tanto económica como mental, ocurrida en aquellos lejanos tiempos.

En Calle de un pueblo en la Normandía (1865) Jean-Baptiste Camille Corot crea en una compacta imagen en marrón y beige, con las fachadas de las casas con trémulos árboles y mujeres conversando tranquilamente una estampa recoleta, acogedora y melancólica a la vez. Para Charles Baudelaire Corot era el gran maestro de la moderna pintura paisajística. Su Playa en la Normandía (1872 -1874) muestra a minúsculas personas, desde el punto de vista clásico, en una bahía donde el cielo y el mar se unen en gris y azul como en un cuadro abstracto.

El impresionismo iba hilvanando la tradición pictórica academicista con el modernismo. Con su Vista sobre Rouen (1892) Claude Monet da prueba en la última sección de la muestra, dedicada a La estética, que la luz de la naturaleza puede colocarse como una nubazón sobre la ciudad. Así lograba conformar una atmósfera brumosa de color, rayana en la abstracción. De nuevo se produce aquí una evolución hacia un mejor concepto pictórico; la liviandad de la apariencia.

Después de los impresionistas llegarían los postimpresionistas, como Georges Seurat, Raoul Dufy, Albert Marquet, Charles Angrand, Pierre Bonnard, Edouard Vuillard, y puntillistas, como Paul Signac, entre los más conocidos. En la exposición hay cuadros también de Paul-Elie Gernez, Joseph Delattre, Charles Frechon, Robert-Antonie Pinchon, Jacques-Émil Blanche, Maurice Louvrier, Henri Le Sidaner, Émile Othon Friesz (gustan mucho Cabañas con techo de paja en Fontaine-la-Mallet, de 1901; Mercado de caballos en Falaise, de 1904, y Veleros en Honfleur, de 1945). Apenas entrado el siglo XX afloraría más ismos, como el expresionismo, el fauvismo, el cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo. La lista es amplia, pero el encanto del impresionismo es perenne y deslumbra siempre allí donde se lo encuentre, como en este caso, en el precioso Museo Picasso de Münster.

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