Artes plásticas y exposiciones

Antológica de los primeros ochenta años de actividad de la pintora Carmen Herrera

Juan Carlos Tellechea

viernes, 26 de enero de 2018
Carmen Herrera: Lines of Sight © Whitney Museum of American Art

 La pintora cubana Carmen Herrera, de venerables 102 años de edad, presenta por primera vez en Alemania y hasta el próximo 8 de abril una gran exposición individual, titulada Lines of Sight, con 72 de sus más preciosas obras de abstracción geométrica y minimalista en la Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen (Colección de Arte de Renania del Norte-Westfalia), de Düsseldorf.

La muestra reúne trabajos de las últimas siete décadas de Herrera, quien sigue pintando disciplinada e incansablemente en su pequeño apartamento-taller de Nueva York, La línea recta es, para mí, el principio y el final; empiezo mis cuadros con una línea recta horizontal o vertical y a partir de ahí surge la lucha, afirma la artista en un vídeo que se proyecta en la exhibición. Debido a su edad no era aconsejable que viajara en estas circunstancias al Viejo Continente y se ha quedado en casa con más proyectos que nunca en mente.

Carmen Consuelo Marta Herrera y Nieto, su nombre completo, nacida el 31 de mayo de 1915 en La Habana, en el seno de una familia acomodada e intelectual, es testigo viviente de más de un siglo de turbulenta historia, tanto en Cuba, que abandonó definitivamente en 1963, como en Estados Unidos y Europa.

Durante estas décadas conoció a muchos artistas, entre ellos Barnett Newman, Wilfredo Lam, Sonia Delaunay o Jean Tinguely, a escritores, como Jean Genet y Eugène Ionesco, así como a periodistas y activistas de izquierda, como Robert-Jean Longuet, bisnieto de Karl Marx. Su primerísima formación en dibujo y pintura comenzó entre 1925 y 1928, antes de viajar un año después a París para estudiar en un internado en Neuilly-sur-Seine.

No sería la última vez que la joven artista visitaría la capital francesa, donde viviría, con intervalos, entre 1948 y 1954. Sin embargo su asiento fue Nueva York, donde reside aún, desde su matrimonio en 1939 en La Habana con Jesse Loewenthal (1902 - 2000), hijo de emigrantes judíos, a la sazón jefe de la sección latinoamericana de la Radio NBC y más tarde profesor de literatura en la neoyorquina Stuyvesant High School.

Si bien continuó su formación (al principio quería ser arquitecta) en la capital cubana y en Nueva York, fue en París en 1948, donde Carmen Herrera, en contacto con la vanguardia, abandonaría la figuración (sus primeros tres óleos paisajísticos los vendió en 1935 a turistas estadounidenses en La Habana) para sumergirse profundamente hasta nuestros días en la abstracción (al comienzo lírica, finalmente) geométrica.

Siempre busco la solución más sencilla, más depurada, más pura y esencial, dice la pintora cubana. La geometría es la estructura de la poesía. Y hay poesía en mi visión pictórica, sostiene. Durante casi 60 años nadie quería saber absolutamente nada de Carmen Herrera, y la exhibición de Düsseldorf es un ejemplo de cómo funciona este mundillo. Al menos aquí en Alemania, hay un empeño últimamente por descubrir a mujeres que fueron ignoradas en el arte por mucho tiempo y que, sin embargo, han creado y crean igual o mejor que sus pares masculinos.

No quiero ser reconocida como pintora latinoamericana ni como pintor-mujer ni como vieja pintora, sino sencillamente como pintora, suele puntualizar Herrera en diferentes entrevistas. Su madre, Marta Herrera y Nieto, era reportera (más tarde escritora) del desaparecido diario El Mundo, del que su marido, Antonio Herrera y López de la Torre (ex revolucionario contra el colonialismo español) era editor.

Su irrupción en el gran mercado del arte y en instituciones como el Museum of Modern Art (MoMA) llegaría en 2004 cuando, por casualidad, la descubre la galería Latin Collector de Manhattan y la reconoce como una pionera en la abstracción geométrica de América Latina (signada a partir de 1934 por el regreso de Europa a Uruguay del pintor Joaquín Torres-García, fundador cuatro años antes en París del grupo Cercle et Carré, junto con Michel Seuphor, Piet Mondrian, Hans Arp y Le Corbusier, entre otros).

Hasta entonces Carmen Herrera nunca se había preocupado por alcanzar el éxito económico con lo que pintaba; fue siempre una luchadora silenciosa y solitaria de su arte. Nunca presté atención al dinero y siempre pensé que la fama era algo vulgar, rememora. Ahora está muy agradecida de que haya llegado su momento y de estar viva para disfrutarlo. Tan solo trabajé y esperé...y al final de mi vida me están llegando muchísimos reconocimientos para mi asombro y placer, confiesa con satisfacción.

En París fue miembro del Salón des Réalités Nouvelles, en 1949, en el que se unió a otros artistas abstractos como Josef Albers, Sonia Delaunay, Hans Arp y muchos más. Allí, en medio de ese ambiente, encontró su lenguaje pictórico, logró desarrollar su propio estilo sin presiones, sin dogmatismos y con una infinita sensación de libertad.

Pablo Picasso lo dominaba todo en aquel entonces y Herrera trataba de evitarlo a toda costa. Todo aquel que lo conocía acababa pintando como él, cuenta. Yo ni siquiera permitía que entrara en mi taller un libro sobre Picasso. Nos conocíamos todos. El mundo del arte en aquella época era pequeño y accesible.

Un día comía con Wilfredo Lam y por la tarde, en la tienda de pinturas, se encontraba con Georges Braque. En La Coupole o en el Café de Flore coincidía de pronto con Picasso o charlaba con sus vecinos de Montparnasse, los pintores Marie Raymond y Fred Klein, la madre y el padre de Yves Klein. Todos éramos pobres y no podías tomarte un buen café, pero ¡qué buena vida nos dimos y con tan poco!, señala no sin cierta nostalgia.

Cuando regresó a Nueva York se encontró con que la abstracción geométrica no era aceptada y seguía en su apogeo el expresionismo abstracto. El que su arte haya sido reconocido hace casi 14 años, a los 88 de edad, habla mucho de las dificultades que tiene que superar una mujer artista, inmigrante y siempre adelantada a su tiempo. Comenzó a vender realmente cuadros de forma importante en 2005, con 89 años, cuando la inmensa mayoría de los artistas plásticos vierte una mirada retrospectiva a una carrera que comenzó en la juventud y está a punto de concluir.

Para Carmen Herrera, quien a esta altura de la vida habla más español que inglés con sus interlocutores cuando la visitan en su piso-estudio de la East 19th Street, no lejos de la Quinta Avenida, que ocupa desde que se mudara allí con su marido en 1967, cada día de la semana tiene un color propio: el lunes es Blue Monday. El sábado, Saturday, lo representa con un rayo amarillo. La serie completa, realizada entre 1975 y 1978 se exhibe en estos meses en la Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen.

La exposición comienza con un tondo Sin título (1948) con campos rectangulares, triangulares y circulares en blanco, azul oscuro y rojo. Sus primeros cuadros abstractos parecen tener algún influjo afrocubano en su combinación de colores y formas. En A City (1948) despierta aún asociaciones con la figuración (la silueta muy abstraída de una ciudad); y en Les Liens (1949) experimenta con formas orgánicas (proliferación de plantas) como las del arte informal francés, vigente durante casi 20 años entonces.

Pero en su fase en blanco y negro de la década de 1950 su estilo experimenta un increíble salto hacia el op art del decenio siguiente, emanado del afán experimentador de Bauhaus y el constructivismo ruso. Aquí ya va desarrollando más allá ideas de comienzo del siglo XX, consagrándose a estructuras geométricas en todas sus composiciones y formas: verticales, horizontales, diagonales, trapezoidales.

Una de sus obras clave Green and Orange (1958) alterna trapecios en verde, a la izquierda, con otros naranja, a la derecha. El resplandeciente conjunto se sale visualmente de la figura y el espectador no atina a diferenciar cuál de los campos gana el primer plano y cuál queda detrás. Hay algo inefable dentro de mí que expreso con líneas y colores, explica Herrera al tratar de describir de alguna manera más o menos inteligible su vocabulario plástico.

Su pintura alcanza a veces un carácter escultural, como por ejemplo en Basque (1965) en el que da color azul sobre el lienzo en torno a una superficie blanca más allá del canto del bastidor. En su serie Blanco y Verde, desde 1959, al que la Kunstsammlung dedica todo un apartado, Carmen Herrera pinta triángulos agudos verdes sobre fondo blanco. Cuando dos de estas telas se colocan frente a frente su conjunción da la sensación de una espacialidad infinita.

En To: P.M. (1967) se encuentran en un punto de fuga dos líneas horizontales con un triángulo vertical verde en lo que puede interpretarse como un estudio muy interesante sobre el equilibrio de formas y colores. Entre sus obras más recientes, Axioma (2015) combina rectángulos y triángulos en negro, beige y amarillo; Aries (2016) hace otro tanto con dos estrechos rectángulos y cuatro triángulos en azul oscuro y rojo. En uno de sus cuadros más actuales, Verde y noche (2017) combina diagonalmente dos trapecios verdes con tres triángulos azules. Aquí arribamos ya al final de la muestra, pero no de su producción que sigue muy viva y activa todavía. ¡Enhorabuena, larga vida, larga vida, larga vida Carmen Herrera!

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