Alemania

Stradivarius, Dior y los momentos italianos de la vida

Juan Carlos Tellechea

lunes, 29 de enero de 2018
Düsseldorf, lunes, 22 de enero de 2018. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Anne-Sophie Mutter, Sir Antonio Pappano, Orchestra dell'Accademia Nazionale di Santa Cecilia – Roma. Ludwig van Beethoven, Concierto para violín y orquesta en re mayor, opus 61. Richard Strauss (1864 – 1949), Una vida de héroe, poema sinfónico para gran orquesta, opus 40 (solista Roberto González-Monjas). Orchestra dell'Accademia Nazionale di Santa Cecilia – Roma. Director Sir Antonio Pappano. Organizador Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf. 100% del aforo.
Anne-Sophie Mutter © Harald Hoffmann

Anne-Sophie Mutter (1963), perfeccionista de vocación, tiene a la multitud de admiradores tendida a sus pies. En la gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf, colmadísima de público, interpretó por enésima vez en su carrera de cuatro décadas, con 10 millones de discos vendidos a cuestas, el Concierto para violín y orquesta en re mayor, opus 61, de Ludwig van Beethoven. Esta vez lo hizo con la extraordinaria Orchestra dell'Accademia Nazionale di Santa Cecilia, de Roma, dirigida por Sir Antonio Pappano (1959).

Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf era consciente de que ofrecía una rareza a su público. La constelación, Pappano, Mutter y la orquesta de la Accademia se estrena en esta gira por Italia y Alemania. La violinista hacía 26 años que no tocaba con este colectivo, ante el que había debutado una década antes, en 1982, bajo la batuta de Adam Fischer.

Cuando ingresa a la sala, Mutter es calurosamente aplaudida; se inclina levemente ante la platea, y da inicio de inmediato al ritual protocolario del concierto; saluda a Pappano y al primer violinista, el español Roberto González-Monjas (Valladolid, 1988); se acomoda junto al podio, cuidando que la cola de su precioso y largo vestido escotado azul oceánico (Christian Dior) no quede atrapada bajo la pica del violonchelo detrás suyo; bromea al respecto con el músico, el director y el concertino; coloca su pañuelo en el atril de éste último y, ensimismada, espera turno con su Stradivarius Lord Dunn-Raven (1710) en ristre.

Pappano pone en marcha a los afinados motores de la orquesta de la Accademia, cuidando con extrema puntillosidad la pureza y el volumen de su sonido. Mutter se balancea al ritmo de los primeros compases del Allegro ma non troppo; da un medio giro a diestra y siniestra para mirar a la sección de cuerdas como procurando su apoyo y complicidad; se sumerge mentalmente en la exquisita corriente sonora generada; coloca ahora en posición horizontal y elevada el precioso instrumento hasta tomar la posta.

El director trata por todos los medios de acompasar a la orquesta al tempo más pausado de la violinista, manteniendo pacientemente el nivel de la tensión con cuerdas y maderas, mientras ella con vibratos, glissandos y trémolos ejecuta todas las acrobacias y los malabarismos habidos y por haber, ante la fascinación del público. Su Stradivarius canta, recita, declama, trina, gime, se queja como tocado por un mágico sortilegio. Por un instante se escucha un sonido ceniciento, misterioso que lleva a una entonación imprecisa, pero que en un santiamén queda empacado como para regalo por la experimentada violinista.

La vara del arco danza como una primaballerina en un pas seule, pero se reitera en sus movimientos. Es un poco rutinario todo, depresivo y falto de entusiasmo; en fin, que no hubo mucho duende. Así transcurren el Larghetto y finalmente el Rondo. Hay mucho dominio de la técnica y de la expresividad gestual en la ejecución, pero que no se traduce, para mi gusto, ni en emoción ni en sentimiento ni en candor, pese a los contrastes sonoros y a los pianissimos casi inaudibles que demandan absoluto silencio y calma del público (no se escucha ni una respiración durante los 45 minutos de la ejecución).

La Orchestra dell'Accademia Nazionale di Santa Cecilia da todo de si, ejecuta la obra con mucha consagración y conmueve a los espectadores. Mutter, por su parte, no arriesga demasiado, administra muy bien sus fuerzas en esta gira invernal que comenzó en Roma el pasado jueves 18 de enero y está pautada hasta el 27 en Baden-Baden (con estaciones en Düsseldorf, Múnich, Hamburgo y Francfort del Meno). La propina, tras las atronadoras ovaciones durante largos minutos fue un escueto fragmento de la Giga, de la Partita número 2 en re menor de Johann Sebastian Bach, que duró exactamente un minuto y 58 segundos, antes de generar otro alud de aplausos del millar de espectadores de pie antes del intervalo. Lo que puede el mercadeo...crea fama y échate a dormir.

Quien sí mostró coraje en la segunda parte del recital, ante los pasajes más arriesgados y complejos de Una vida de héroe, de Richard Strauss, fue el primer violinista de la orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia, Roberto González-Monjas. El poema sinfónico tiene mucho de autobiográfico en su material y oculta un intrincado concierto para violín; instrumento que representa aquí a la mujer del compositor, una musa de carácter irascible, pero inspiradora de varias de sus obras: la soprano Pauline de Ahna, hija de un general del ejército de Baviera.

Las intervenciones de González-Monjas fueron excelentes, impecables, refinadas, elegantes, con mucho estilo y consagración. La obra de Strauss, plena de temas recurrentes, al estilo de Richard Wagner ---y por cierto no de las más predilectas aquí, por sus connotaciones nacionalistas, racistas y megalómanas en la historia de Alemania--- fue interpretada por la brillante orquesta con mucho fervor y soltura.

El heroismo que escapa por todas las costuras de esta pieza fue exhalado delicadamente por el colectivo. De forma indirecta los italianos parecían insinuar que a casa también hay pompa y suntuosidad, pero mucho más discretas. Los metales sonaron sin exageración; las maderas a cuál la más sensible; y las cuerdas con profunda vocación belcantista. La platea estaba tan embelesada que tardó algunos segundos en reaccionar, tras el acorde final, para estallar en aplausos y ovaciones.

Pappano describió recientemente a su orquesta, y con razón, como una bella durmiente del bosque a la que él, hijo de italianos y nacido en Gran Bretaña, ha ayudado a despertar. Cuando los músicos tocan Giuseppe Verdi, como en la propina que ofrecieron al final (el baile del tercer acto de Macbeth), sienten de donde vienen; perciben el DNA de la música, lo cantabile del sonido, y los momentos italianos de la vida. Así también lo ha palpado el millar de espectadores presentes en este precioso e inolvidable concierto, en todos los sentidos.

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