España - Euskadi

Sin piano, Manon va lontano

Jesús Aguado

viernes, 2 de febrero de 2018
Bilbao, sábado, 20 de enero de 2018. Palacio Euskalduna. Jules Massenet. Manon. Henri Meilhac y Philippe Gille, basado en la novela Histoire du Chevalier dex Grieux et de Manon Lescaut, del Abate Prévost d’Exiles. Arnaud Bernard, Dirección de escena. Alessandro Camera, escenografía. Patrick Meus, iluminación. Carla Ricotti, vestuario. Elenco. Irina Lungu, Manon. Michael Fabiano, Le Chevalier Des Grieux. Mane Esteve Madrid, Lescaut. Roberto Tagliavini, Le Comte Des Grieux. Francisco Vas, Guillot Morfontaine. Fernando Latorre, Monsieur de Brétigny. Ana Nebot, Poussette. Itziar de Unda, Javotte. María José Suárez, Rosette. Cristian Díaz, Hôtelier. Santiago Ibáñez y Daniel López-Uribe, Les gardes. Joseba Soloeta, Le portier du Séminaire. Leire Gómez, Servante. Coro de Ópera de Bilbao, Boris Dujin, director. Orquesta Sinfónica Verum. Dirección musical, Alain Guingal.
Fabiano y Lungu © 2018 by E. Moreno Esquivel

Tras lo que podría ser titulado como “El curioso incidente de la orquesta a medianoche”, en que la Sinfónica de Euskadi decidió convocar una huelga no en sus conciertos habituales de temporada sino únicamente en las cuatro representaciones de Don Pasquale que tenía contratadas con ABAO-OLBE, y que obligó a la asociación bilbaína a ofrecer dichas representaciones con el único acompañamiento de un piano, había ganas por parte de organizadores y público de que el siguiente título programado, la Manon de Massenet, resultase una grata experiencia que hiciera olvidar un poco todo lo anterior. Curiosamente, la orquesta prevista para Manon volvía a ser la OSE, pero ABAO-OLBE, tras lo ocurrido, rescindió su contrato, trayendo como sustitución a la Orquesta Sinfónica Verum. Además, el tenor previsto para el papel principal, Celso Albelo, tuvo que cancelar por problemas personales, con lo que hubo que buscar sustituto también, consiguiendo ABAO contratar a Michael Fabiano, que tan solo unos días antes terminaba de cantar Rigoletto nada menos que en Covent Garden. Con todo este mar de fondo, se puede afirmar que la nave de Manon llegó a buen puerto, cuajando una de las representaciones más redondas que se recuerdan en los últimos tiempos del Euskalduna.

Irina Lingu encarnaba a la protagonista, y fue una muy solvente Manon. Comenzó tal vez algo tímida, y puede que en general le faltase un punto de entrega como actriz, pero vocalmente fue encontrándose cada vez más segura, y para el famoso momento en que se despide de su Petite table, ya estaba claro que es una gran cantante. El timbre es muy grato y bastante homogéneo, con un registro grave en el que el volumen es algo menor, pero con un agudo fácil y luminoso, y sin tiranteces incluso en la zona más sobreaguda. Estuvo espléndida en ese Carpe Diem que es "Je marche sur tous les chemins", y conmovedora en la escena final. Una gran actuación. Y una gran réplica le dio Michael Fabiano, muy entregado como actor y como cantante. Su potente voz de tenor es ideal para un coliseo como el Euskalduna y sobre todo para un público como el de Bilbao, que adora a los tenores. No puede decirse que todos sus agudos sonaran excesivamente canónicos, fruto seguramente del cansancio tras incorporarse al elenco con tan pocos días tras el Rigoletto londinense, pero desde luego todos fueron perfectamente audibles, restallantes y disfrutables en toda la sala. Me atrevería a decir, sin embargo, que el mejor momento lo tuvo en "En fermant les yeux", la famosa escena del sueño, interpretada casi por completo en una media voz absolutamente exquisita, pero en conjunto causó una magnífica impresión que el público premió, al igual que hizo con su compañera protagonista, con cálidos aplausos tanto durante la representación como al final de la misma.

Manel Esteve era Lescaut, el primo de Manon, y fue un placer verle en un rol de una mayor envergadura que los comprimarios que suele encarnar. Cumplió a la perfección, su voz es robusta sin ser tosca, con un hermoso timbre de barítono, y como actor también resultó mucho más que convincente. Estupendo también Roberto Tagliavini como el conde, padre de Des Grieux; el papel es breve pero su hermosa voz de bajo resultó perfectamente adecuada. Y muy adecuado y muy divertido estuvo Francisco Vas como Guillot, brillante hasta cuando no cantaba. Las tres coquetas Poussette, Javotte y Rosette fueron Ana Nebot, Itziar de Unda y María José Suárez, y resultaron también encantadoras. Muy correcto, como siempre, el Coro de Ópera de Bilbao, con algún desajuste puntual, probablemente causado por el incesante trajín al que le obligaba la dirección escénica.

La Orquesta Sinfónica Verum tenía dos grandes bazas a su favor: la primera es que sonaba bien, y la segunda, que no era la Orquesta Sinfónica de Euskadi, con lo que su triunfo estaba asegurado. Tan solo falló claramente en un par de momentos camerísticos, en que prácticamente sonaba solo un cuarteto solista con evidentes desafinaciones, pero en el resto ofreció un sonido cálido y redondo que el público agradeció. Lo mismo puede decirse de la dirección musical de Alain Guingal, que sin grandes alardes manejó todo el conjunto con mano firme, aunque como ya he mencionado antes, hubo algún momento en que los movimientos cuasi orgiásticos de coro y protagonistas comprometieron la concertación de las partes, nada que no fuera subsanable en representaciones posteriores, sin los nervios del estreno, en que seguramente muchos de esos pequeños desajustes pudieron ser solucionados.

La producción, de la Ópera de Montecarlo, contaba con una sencilla pero eficaz escenografía de Alessandro Camera. Un único espacio, recorrido por un diseño en negro sobre fondo gris que en la silueta de un grupo de personas que estuvieran permanentemente observando, mudos, los acontecimientos. El espacio quedaba cerrado, gran ventaja en el Palacio Euskalduna, y además, en el frente unos paneles correderos con el mismo diseño ayudaban a crear y a separar espacios más pequeños para determinadas escenas. Todo lo demás era atrezzo, y el resultado fue convincente en todo momento, con un hermoso vestuario de época a cargo de Carla Ricotti.

Respecto a la dirección escénica de Arnaud Bernard, yo destacaría, y no de un modo excesivamente positivo, el esfuerzo porque todo el mundo estuviera en movimiento de manera casi constante. Este frenético y casi espasmódico (sobre todo en las intervenciones del coro) moto perpetuo quedaba interrumpido bruscamente por otros en los que se congelaba la acción y todo el coro y figurantes quedaban inmóviles mientras algunos de los personajes desarrollaban sus escenas. El recurso funcionaba bien, aunque al final terminó por ser un tanto cansino. Y los momentos de frenesí, que eran los más, fueron agotadores, consiguiendo en ocasiones teñir de cómico y vodevilesco escenas que no lo son en absoluto, por ejemplo el momento en que Manon y Des Grieux se conocen en la posada, con los dos, sobre todo Manon, dando saltitos y carreritas de difícil justificación por el escenario. Difícilmente justificable también desde el punto dramático, pero sin duda espectacular desde el visual fue la llegada de Manon a la fiesta en Cours-la-Reine, a bordo nada menos que de un globo aerostático. No tenía mucho sentido, pero la verdad es que desde el punto de vista del espectáculo fue todo un acierto. Consideración final, la de ser todo un acierto, extensible a toda la representación, una Manon que sin duda ha curado muchas heridas en Bilbao.

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