Austria

Mefisto vencedor

Jorge Binaghi

lunes, 5 de febrero de 2018
Viena, domingo, 28 de enero de 2018. Staatsoper. Faust (Paris, Opéra, 19 de marzo de 1859), libreto de Barbier y Carré, música de Ch. Gounod. Puesta en escena: Nicolas Joel, asistido por Stéphane Roche. Escenografía: Andreas Reinhardt y Kristina Siegel. Intérpretes: Erwin Schrott (Méphistofélès), Jean-François Borras (Faust), Mandy Fredrich (Marguerite), Markus Eiche (Valentin), Rachel Frenkel (Siébel), Bongiwe Nakani (Marthe) y Jongmin Park (Wagner). Coro (director: Thomas Lang) y Orquestas del Teatro. Dirección: Frédéric Chaslin.
Erwin Schrott © 2018 by Michael Pöhn

Con el ritmo frenético de las funciones operísticas en el principal teatro lírico de la capital austríaca es lógico que la mayor parte de los títulos se basen en producciones propias de larga trayectoria. Más difícil es ver por qué sigue conservando ésta, que, sin que se diga de quiénes son los trajes, el resto es ‘según’ o ‘siguiendo una idea de’ (y mucha idea no parece haber habido en origen, pero lo que queda es aún menos). Tenemos un desvaído siglo XIX, coros masculinos que entran, se plantan, cantan y se van (los mixtos salen mejor) y ..sálvese quien pueda. Es la segunda vez que la veo en cuatro años y siempre ocurre lo mismo. Al parecer se piensa en algún cantante y/o maestro y se tira para adelante. Lo que ocurre en este caso es que, de anunciar imprudentemente a un protagonista que obviamente no está ya en condiciones de asumir el papel, hemos llegado a un tercero. Y la soprano finalmente elegida (que también hubo allí sus idas y vueltas, como la vez anterior) cayó enferma y tuvo que ser sustituída a último momento.

Hubo, eso sí, un buen director, que dio una lectura ‘sanguínea’, muy vital, de la partitura sin menoscabar sus aspectos líricos, y que cuando tuvo que ser (o quiso ser) ‘pompier’ lo fue sin arredrarse. El único problema es que con semejante orquesta (excelente) y el foso tan abierto hubo momentos en que el equilibrio con el escenario se quebró a favor de la orquesta, pero ese es un mal que aqueja muchas de las representaciones aquí.

El coro es siempre un puntal, también, porque además de cantar muy bien (preparado por Thomas Lang, que me parece el mejor y más frecuente de los nombres que aparecen en los programas) conocen bien las producciones y las llevan adelante como una tropa aguerrida. Claro que esto no gustará mucho a quienes pretenden a toda costa ver teatro, pero sí podría gustar a los que ante todo piensan en la música. Hete aquí, sin embargo, que entre los solistas, sólo Markus Eiche ofreció un buen Valentin, más que satisfactorio, particularmente en el aspecto canoro, y Erwin Schrott una gran interpretación escénico-vocal. No lo he oído aún en una parte baritonal como Scarpia, que ha cantado, creo, con mucho éxito en teatros germanohablantes (aquí mismo), pero me sigue pareciendo un bajo cantante, cada vez on una voz más redondeada o voluminosa, excelente y homogéneo color, buena escuela y dicción (esta vez hubo algún descuido en ese aspecto) y si algunos agudos parecen menos ‘espontáneos’ que antes no hay nada preocupante. Como artista, y con su conocida tendencia a cargar tintas, este papel es claro que le gusta, lo tiene totalmente dominado, conquista al público y en la escena todos quedan –por lo menos- un paso atrás. Es un diablo insolente, cínico, empecinado en torcerle la mano al de arriba, al que desafía continuamente (de mala gana sale vencido al final, pero así y todo se lleva a su Fausto como botín). Su primera aparición es extraordinaria, pero no le ceden ni sus momentos de solista (en especial la serenata burlesca) ni su intervención en dúos y conjuntos. La escena del jardín siempre tiende a la comicidad en la parte que le toca, pero con él resulta francamente divertida.

Borras tiene una voz pequeña para semejante cuerpo (no muy adecuado ni para un científico en declive ni para un galán romántico), de timbre claro en agudo y centro y un grave poco grato pero sólido. Alcanza las notas, y alguna las proyecta bien, pero nunca hace el efecto debido, o porque pierden color o porque se nota que llega, toca, y sigue de largo. No hay mucho matiz en su canto, menos en su fraseo y casi nada en su actuación.

Fredrich fue una Marguerite sin duda correcta, pero descolorida en casi todos los aspectos. Hubo un poco de pasión en su canto e interpretación a partir de la escena de la iglesia, y no es que cante mal –todo muy correcto- pero no entusiasma. Ejecuta bien agilidades y trinos, pero uno tiene la impresión en esos momentos de asistir a una prueba final de una alumna aventajada. Nakani hizo una Marthe en la que casi ni fue posible reparar, y Park continúa con el mismo tipo de papeles (Wagner), con medios importantes pero que parecen no ser requeridos para más. El público aplaudió complacido.

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