Alemania

La Gürzenich en casa

Agustín Blanco Bazán

miércoles, 7 de febrero de 2018
Colonia, sábado, 3 de febrero de 2018. Philarmonie. Orquesta Gürzenich de Colonia bajo la dirección de François-Xavier Roth. Pierre Boulez »Livre« para orquesta de cuerdas. Ludwig van Beethoven, Concierto para piano y orquesta nr. 2 (Solista: Benjamin Grosvernor). Béla Bártók, Concierto para Orquesta (final original de 1943).
François-Xavier Roth © Holger Talinski

Entre las salas de concierto “modernas” la Philarmonie de Colonia (1986) es la que más me gusta: su circularidad y la madera que la cubre le permiten ser una acústica cálida, intensa pero nunca agresiva y lacerante, como es el caso de la Elbphilharmonie de Hamburgo o el inmenso auditorio que un joven Simon Rattle consiguió en los ochenta para Birmingham. Y tampoco es una sala de proporciones megalómanas del tipo de la Walt Disney de Los Ángeles. Por el contrario, una virtud de esta sala a orillas del Rhin y a la sombra de la emblemática catedral son sus proporciones humanas y su consecuente intimidad. Espero demostrar estos elogios con una serie de fotos que saqué durante el concierto matinal del domingo pasado, que será repetido el próximo jueves 8 en Madrid y el viernes 9en Zaragoza, siempre bajo la dirección de Franz Xavier Roth, titular de la orquesta y director musical de la ciudad de Colonia.

Fue un concierto digno de una de las mejores orquestas de la actualidad que, como operístico que soy, reseñaré no solo en sus virtudes musicales sino también en su teatralidad, porque también los conciertos son teatro. Luego de haber comenzado con la escenografía en el párrafo anterior, les cuento que el vestuario de una población de instrumentistas de edad entre joven y media fue de color negro pero elegantemente casual, ellos no con pajarita sino con corbatas de colores diversos.

Pero comencemos con algo tan importante para un concierto como para cualquier ópera, a saber, una narrativa capaz de hilar conceptualmente el programa. ¡Que reconfortante es una velada sinfónica que no empiece con distracciones como la obertura de Las Bodas de Fígaro, seguida de refritos deshilvanados uno de otro! No así en el concierto que comento, en que tres obras dispares fueron cosidas con el hilo conductor de los dilemas experimentales que rodearon su génesis.

En sus excelentes notas del programa de mano, la costurera (Barbara Eckle) borda como idea central a tres grandes inspirados en afianzar su creatividad en medio de una existencial incertidumbre. Sin animarse a romper con la forma de sonata impuestas por Mozart y Haydn, Beethoven explora en su segundo Concierto para piano la posibilidad de trascender con la ayuda del piano a una estética musical revolucionaria. Bartok tampoco revoluciona la forma musical con su Concierto para orquesta que es más una síntesis de lo ya hecho que el anticipo de un futuro incierto para un exilado enfermo de leucemia en medio del fin del mundo de 1943. Pero también aquí hay una exploración que concluye en una explosión de textura y color donde todos los instrumentos hacen oír su voz solista. Basta con decir “concierto para orquesta” para hacer saltar en pedazos cualquier forma preconcebida por la cultura musical que murió con Auschwitz e Hiroshima. Y en el atomizado mundo serialista de postguerra y guerra fría, Boulez, el inconformista nato, encuentra nuevas expresiones de forma en su Livre pour cordes, una revisión del material ya viejo de su Livre pour quatour. Y es con esta obra que comenzó el concierto, porque aquí no se trató de cronologías sino de una conceptualización de sonido y creatividad donde el corazón palpita con una eternidad arbitraria e intemporal.

Aún quienes llegaron con el ceño fruncido ante la perspectiva de arrancar con una obra de Boulez a las once de la mañana habrán apreciado la magia romper el silencio con la delicada irrupción de esta alternativa de glisandos, pizzicatos y trinos serenamente expuestos en ésta, la primera vez que la Gürzenich se enredaba con esta onírica diferenciación de texturas y dinámicas. Roth impuso una lectura calma y reconcentrada en el universo de cada nota para terminar empaquetándolo todo en un tutti final diáfano y lacerante.

Nada más parecido a una ópera que la entrada de un pianista al escenario. Michelangeli aparecía como una momia, para sentarse al piano con su aterrador e inescrutable mascarón mientras pensaba si valía o no la pena dignarse a poner un dedo en el teclado. Marta Argerich entra como quién se levanta de la cama para ir a lavarse los dientes, con un distraído saludo a un público que siempre parece estar de más en este trámite doméstico de sentarse al piano como para mirarse al espejo antes de lavarse la cara. Michuco Uchida entra saludando y gesticulando asiduamente, como lo seguirá haciendo durante toda la ejecución. ¿Y Benjamin Grosvenor? En mi primer encuentro con este pianista británico veinteañero, lo noté con paso algo tieso antes de saludar respetuoso, con una inclinación casi de noventa grados. “Típica timidez británica en su bonhomía y su recato”, pensé, “¡y de smoking, a las once de la mañana, con su pajarita negra contrastando con el colorido de las corbatas de la orquesta!” Con similar corrección observó el solista la introducción orquestal. Sólo que no lo hizo como Uchida, moviendo tronco y cabeza para seguir el compás, sino más bien como esos felinos inmóviles antes de lanzarse a una presa que en este caso fue atacada con impecable combinación de virtuosismo y sobriedad, comenzando por esos maravillosos comentarios rapsódicos, “como al pasar” que en esta obra el piano deja caer en su diálogo inicial con la orquesta. Particularmente intensa me pareció la forma en que el pianista, siempre inmóvil, observaba a la orquesta antes de pasar a esos momentos donde el cometario pianístico a la Mozart se transforma en confrontación beethoveniana. Es aquí donde el solista logró lo que correspondía, esto es, imponer a su instrumento como el héroe que interroga y ataca en busca de algo diferente. Los fugados de la primera cadenza fueron acentuados como una arrolladora afirmación de cierre. Y la maravillosa cadenza con diálogo de cuerdas del segundo movimiento fue una revelación, con un piano insistente en interrogar como penetrando con un bisturí. Grosvenor demostró aquí que ya con este concierto Mozart y Haydn habían quedado atrás para siempre, bien del otro lado de la Revolución Francesa. En sus comentarios, Eckle sugiere que después de haber explorado nuevos e inquietantes territorios con el diálogo cadenza, Beethoven vuelve a la seguridad mozartiana durante el rondó. Pero Roth no le hizo caso sino que por el contrario enfatizó la epifanía revolucionaria beethoveniana con ritmos y acentuaciones dignos del final de la Sinfonía Eroica. Y la Gürzenich lo siguió precipitándose a una apoteótica aceleración final.

Estos conciertos matutinos son particularmente apreciados por gente de edad avanzada, notables en su predominancia en este caso y particularmente afectada por catarros que explotan entre movimientos o al final de cada obra a veces con escandalosa lubricación. Y Franz-Xavier Roth no es de los más pacientes en este sentido. Cuando el Intermezzo interrotto del concierto para cuerdas de Bartok fue a su vez interrumpido por un brutal estornudo de pecho congestionado, el director se dio vuelta para fulminar a la sala con una mirada rayo láser. Y antes de comenzar el Finale, miró a la sala con una sonrisa agresiva mientras imitaba ruidosamente las toses que sólo entonces pararon para permitirle redondear una inspirada ejecución.

Como alternativa a la irritante y agresiva fragmentación que Solti imponía a la obra, Roth y la Gürzenich propusieron una interpretación expansiva, profundamente lírica por su énfasis en los cantábile, y nítida en la intervención de instrumentos solistas, algo particularmente notable en la diferenciación y falta de estridencia de los metales en el Giuoco delle copie, y la excelente afinación del piccolo y los oboes. Las danzas salieron con decantada espontaneidad y las parodias alcanzaron los límites de su expresionismo sin vulgaridad. Y el motto perpetuo final fue irresistible, con los solistas como dejándose llevar por el arrebato y la musicalidad de esta genial síntesis de pasado y porvenir del folklorismo y la música sinfónica. La decisión de Roth de interpretar el final original contribuyó a realzar el impacto de una conclusión que en 1943 quiso decir como Hamlet: “Y el resto es silencio.” Y sin estornudos gracias a Dios.

Como número fuera de programa, la Gürzenich agregó una danza eslava de Dvorak modélica por su calidez y exploración cromática.

La Gürzenich viaja a España por primera vez desde 2005. Madrid y Zaragoza son dos ciudades afortunadas por la posibilidad de volver apreciar a la orquesta que en 1904 estrenó la quinta de Mahler y que sigue siendo una de las mejores agrupaciones instrumentales europeas. 

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