España - Cataluña

Una raza en extinción

Jorge Binaghi

martes, 13 de febrero de 2018
Barcelona, viernes, 2 de febrero de 2018. Palau de la Música. Recital de Piotr Beczala, tenor, acompañado por Sarah Tysman (piano). Canciones y lieder de Donaudy, Wolf-Ferrari, Respighi, Tosti, Moniuszko, Karlowicz, Dvorak, y arias de Verdi, Puccini, Bizet y J. Strauss

Ha vuelto el tenor polaco al ciclo ‘Grandes voces’ del Palau. Cambió acompañante y en el programa sólo repitió un Karlowicz que había hecho el año pasado como bis, y entre los bises un aria de Puccini y otra de Bizet. Hacía mucho (incluso entre cantantes italianos) que nadie se ‘atrevía’ a dedicar toda una parte del programa a autores italianos. En algunos de ellos, como en el hecho de haber terminado su recital con un aria de Verdi, Beczala parece reanudar con la costumbre de algunos grandes tenores del pasado (Gigli, Schipa) y otros más recientes (los conciertos de Kraus y la última parte de la carrera de Gedda).

Evidentemente se ha convertido en un favorito del público de aquí (con toda razón y merecimiento), pero al parecer, aunque lo aplauden mucho (también con razón), sólo enloquecen cuando lo escuchan cantar ópera. Podría significar que es superior como cantante operístico o que entre su público son muchos más los operómanos que los cultores de la canción de cámara en sus diversas manifestaciones (me temo que esta sea la razón y que eso sea hoy así no sólo en Barcelona, y que quienes cultivan con fervor el lied, siempre minoritarios, hoy sean una raza en extinción o especie que debería ser protegida, como algunos animales de los que quedan pocos ejemplares. Claro que hay excepciones en países germanófonos y al menos en Londres y otros centros de las islas británicas. Justamente Beczala va a debutar en la próxima temporada del Wigmore Hall, como ya lo ha hecho en Salzburgo y otras prestigiosas sedes del mundo del lied).

Seguramente es un tenor que dedica principalmente su actividad a la ópera y cuya incursión en la música de cámara es mucho más reciente. Pero de ahí el interés de sus incursiones en la literatura liederística de su país (Moniuszko, Karlowicz) o eslava (Dvorak), y también que junto a algunas melodías inmortalizadas por algunos de los antes mencionados (fundamentalmente Tosti, de los que cantó las célebres ‘L’ultima canzone’ e ‘Ideale’, pero también la no muy conocida ‘Chi sei tu che mi parli), se escucharan piezas mucho menos comunes (las cuatro de Wolf-Ferrari; de Donaudy, el famoso ‘O del mio amato ben’ fue precedido por ‘Vaghissima sembianza’ y ‘Freschi luoghi, prati aulenti’). Y si en Respighi trajo involuntariamente el recuerdo de Victoria de los Ángeles (con sus impagables ‘Stornellatrice’ y ‘Nebbie’, que él, por supuesto, cantó a su manera, como corresponde), también agregó ‘Lagrime’, ‘Scherzp’, ‘Nevicata’ y ‘Pioggia’.

Hay que decir que en esta primera parte tuvo las partituras en el atril lo que seguramente hizo que estuviera más concentrado en la ejecución musical (la dicción fue, como siempre, intachable). Pero lo que más me llamó la atención (en ‘Ideale’, por ejemplo, pero también en otros momentos) es que los pianísimos o no eran tan impalpables como otras veces o si lo eran implicaban un esfuerzo y/o una pérdida incipiente de esmalte. ¿Cansancio, nuevo repertorio abordado? Ciertamente la voz se ha ensanchado en el centro y oscurecido, sobre todo en el grave, mientras el agudo pleno luce radiante, pero llamó la atención que en su arrebatadora versión del aria de la flor de Don José, que había cantado en Viena recientemente en su debut en el papel, no repitiera como otras veces -tampoco lo hizo en Viena- el famoso agudo filado.

Con todo, en la segunda parte se lo vio más relajado, sin partitura, jugando de ‘local’. Sus dos Moniuszko y  sus cuatro Karlowicz fueron sensacionales (y aquí las medias voces y los piani resultaron mucho más persuasivos y ‘como antes’), mientras los cuatro números de los ‘Zigeunerlieder’ de Dvorak (comprendida la famosa ‘Canciones que cantó mi madre’, donde también resonaron ecos de Victoria y de Gedda) fueron sobre todo de una vitalidad contagiosa.

¿Por qué terminó el programa con ‘Celeste Aida’? Habría que preguntárselo a él. Probablemente porque tenía ganas, porque quiso seguir aquellos modelos (recuerdo cuando Gedda incluía un aria de Oberto de Verdi o ‘Amor ti vieta’ de Fedora para disgusto de los puristas, o una de Gounod y otra de Chaicovsky, y total beneplácito del respetable), o porque tal vez -tal vez- esté tratando de complacer a Nello Santi que más de una vez le ha sugerido cantar algunos de los títulos populares de Verdi que aún no ha cantado. Fue una versión deslumbrante, arrebatada y arrebatadora (con recitativo incluido), de nuevo con el final ‘tradicional’ y no con el famoso ‘pp’ tan difícil de conseguir y hacer sonar como corresponde.

Y allí se destapó la caja de los truenos. Público de pie, ovaciones, gritos de ‘bravo’ que más parecían aullidos y que tuvieron como compensación las dos arias de Cavaradossi en Tosca, la citada aria de Bizet, su versión referencial de ‘Dein ist mein ganzes Herz’ de El país de las sonrisas de Lehár, y otro lied de Dvorak. Nunca son habituales aquí tantos bises, pero tampoco la cola a la salida para firmar discos y programas. Sin duda Beczala se lo merece, como se lo merecía antes, entre otras cosas porque precisamente ese día su país de origen (ahora también tiene la nacionalidad suiza) había sido noticia por algo muy negativo, como viene sucediendo una y otra vez. Y entonces viene pero qué muy bien recordar que también hay polacos que hacen música para alentar a un mundo desanimado hoy, como los hubo para diagnosticar ese desánimo (Bauman). A mí me importa mucho más eso que los sin duda magníficos y brillantes agudos de este gran cantante.

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