Reino Unido

Carmen entre Zefirelli y Kosky

Agustín Blanco Bazán
viernes, 16 de febrero de 2018
Anna Goryachova © 2018 by Bill Cooper Anna Goryachova © 2018 by Bill Cooper
Londres, martes, 6 de febrero de 2018. Royal Opera House (ROH) en el Covent Garden. Carmen, ópera en tres actos con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy y música de George Bizet. Director de escena: Barrie Kosky. Escenografía y vestuario: Katrin Lea Tag. Iluminación: Joachim Klein. Coreografía: Otto Pichler. Dramaturgia: Zsolt Horpácsy. Carmen: Anna Goryachova. Don José: Francesco Meli. Escamillo: Kostas Smoriginas. Micaëla:Kristina Mkhitaryan. Zúñiga: David Soar. Frasquita: Jacquelyn Stucker. Mercédès: Aigul Akhmetshina. Le Dancaïre : Pierre Doyen. Le Remendado: Jean-Paul Fouchécourt. Moralès: Gyula Nagy. Coros y orquesta de la ROH bajo la dirección de Jakub Hrůša.
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“¡A esta Carmen no vuelvo más!”, me prometí el 9 de diciembre de 1978, a la salida del estreno en la Ópera de Viena de la producción de Franco Zefirelli, cuya función número 161 acaba de reseñar Jorge Binaghi para mundoclasico.com. Tampoco volvió más Carlos Kleiber, después de una dirección orquestal inolvidable pero con un reparto desigual. Magnífico el Don José de Plácido Domingo pero Elena Obraztsova cantaba la protagonista con la intensidad y pesadez de Azucena y al Escamillo de Juri Mazurok se le entendía poco. Buena la Micaela de Isobel Buchanan y, ¡que épocas!, diría Jorge, con Kurt Rydl como Zúñiga, y el inolvidable Heinz Zednik que si lo dejaban se los comía a todos con su Remendado. Pero ya en aquella época, el gran Zeffirelli comenzaba a naufragar en ese amaneramiento de sobreactuación apelmazada por clichés que caracterizaron sus últimas producciones. La publicidad anticipaba una España “africana” y “tórrida” en aquella Carmen Hollywood, así apodada por su agresivo tecnicolor, la aglomeración de extras y, ¡olé!, los años se me pasaron viendo españoladas no muy convincentes y a veces malísimas como la dirigida por Simon Rattle en Salzburgo hace algunos años. ¡Como zapateaban y castañeteaban allí las manolas a lo largo y lo ancho del mega escenario del Gran Teatro de los Festivales! Y a veces me ocurrieron cosas divertidas, por ejemplo, en una función de Londres donde en el último cuadro un corcel de esos que solo se ven en la Maestranza depositó una enorme montaña de estiércol, obligando a Plácido Domingo y Denise Graves a circunvalar constantemente la escena en su dúo final. Finalmente, llegó la Carmen de Calixto Bieito (versión original), la primera en que recuerdo haber visto una españolada convincente o, mas aún, trascendente en su exploración de calentura y sexualidad en un ambiente represivo. ¡Pena que la pacatería madrileña obligó a sacarinizarla el pasado otoño, luego de un debate vergonzoso!

En su producción de Barrie Kosky para Frankfurt prestada ahora al Covent Garden, esa donde el único decorado es una enorme grada, la españolada se reduce al ballet del inicio del cuarto acto y el traje de luces de Escamillo, del brazo de una Carmen ya consagrada a la muerte con su enorme vestido de luto, de cola desmesurada hasta el punto de cubrir toda la grada. Y también la larguísima soga con que Don José, manipula a una Carmen desde la cima termina jugando un convincente rol simbólico: tanto Don José al final del primer acto como Zúñiga en el segundo terminarán como cazadores cazados, enredándose en la misma soga con que pretenden atar a la protagonista, en esta producción una atractiva andrógina que parece evocar a Marlene Dietrich y la Lisa Minelli de Cabaret.

Y todo es en realidad un cabaret, como frecuentemente ocurre en las regies de Kosky, un regisseur que como nadie sabe empaquetar la tradición del mejor Muziktheater alemán en esa alternativa de comedia musical que empieza con Brecht y Weill y termina con Sondheim. En esta Carmen no hay melodía o ritmo que escape a una palpitante gesticulación de cada personaje. Y, como en cualquier comedia musical, los coros no solo cantan, sino que siempre bailan, en este caso con una mágica coreografía nítidamente perfilada sobre las gradas. Ésta es, sin duda una importante alternativa a las Carmen de fuego africano, banderas y calenturas ibéricas. Es una Carmen separada del público con un distanciamiento crítico cocinado en la mejor tradición de Brecht y Treatiakov. Lo que esta producción pretende, creo, es que en lugar de entregar nuestro subconsciente a gitanas, contrabandistas y toreros, los observemos racionalmente para sacar así conclusiones sobre como el arte teatral se justifica al redimir en escena las mismas pasiones que si no se canalizan artísticamente pueden llevarnos a la guerra, el crimen, la violencia o la revolución en la vida real. Una Carmen brechtianamente distanciada es pues un aporte importante a la interpretación de una obra cuya grandeza radica un poco en esa inaccesibilidad que, como la protagonista, resiste cualquier intento de dominarla con lugar comunes.

Mi confrontación inicial con la reciente crítica de Jorge Binaghi a la producción de Viena demuestra que la subjetividad de los críticos es, en obras como Carmen, mas palpable que en cualquier otra. Y es desde este punto de vista subjetivo que debo confesar que, así como salí espeluznado por la cursilería zeffirellesca, también este experimento de Kosky me devolvió a la calle con un sabor negativo. Con toda su maestría teatral y su aptitud para hacernos pensar y rumiar, o tal vez precisamente por ello, la propuesta de Kosky me cayó en algunos momentos como insoportablemente pretenciosa y aburrida.

Una de las causas fue la utilización de una voz en off que para machacarnos el relato de lo que ocurría en escena como alternativa a esos diálogos o recitativos que, sabemos, nunca salen bien, ya sea por el francés macarrónico de cantantes puestos a hablar los primeros o por la aparatosidad operística que ponen cuando deben cantar los segundos. Pero estos defectos forman parte de la vitalidad de la imperfección teatral y es un error reemplazarlos con la lectura de un libro, en este caso, una adaptación libre y a veces vulgar de Mérimée. O vamos a la ópera o leemos un libro, pero si de leer un libro se trata no necesitamos ir a ver Carmen. O si vamos a ver Carmen dejamos el libro en casa. Para peor, la lectura estuvo a cargo de una arrastrada voz gatuna, pretendidamente sensual: ¿la Bardot? ¿Jean Moreau mientras fuma un cigarrillo? ¿Françoise Sagan contándonos sobre la femme fatal, l’ amour y esos cerdos que son los hombres? Lo cierto es que la acción teatral quedó totalmente quebrada por estas intervenciones constantes y paródicas del eterno femenino estilo nouvelle vague.

Otro defecto fue la insistente repetición de la rutina de song and dance en los coros, como si se tratara de Hello Dolly! Por lo menos un coro podría haber sido acompañado por actuación en lugar de zapateos al compás de la música. Carmen no es un ballet y si se decide bailarlo todo mejor es pedir una versión a lo Roland Petit y Zizi Jeanmarie en lugar de una cantada. Y pasemos ahora al tema de los agregados.

En un sesudo ensayo del programa de mano, el musicólogo Michael Rot nos explica por qué no hay, o mas aún, no puede haber, una versión definitiva de Carmen. Tantos ha sido los agregados, supresiones y cambios, algunos de ellos autorizados por el propio Bizet, que Rot decidió consolidar todo el material y ofrecerlo para que cada regisseur se sirva de él a la carte. El menú servido por Kosky incluye unos atractivos cuplés de Morales luego de la escena entre Micaela y la soldadesca. También interfiere en la habanera con el aria inicialmente prevista para la entrada de Carmen. En este caso el intento de amalgamar un poco el afrocubanismo de la habanera con el aire de tarantela del aria olvidada sale mal. O una u otra. Pero, ¿que audiencia hubiera perdonado la supresión de la Habanera? He aquí una prueba más que esta obra no es para analizar a lo Brecht sino para vivirla sin distanciamientos o disquisiciones de que hubiera terminado o no haciendo Bizet si las circunstancias de ensayos y cantantes hubieran sido otras o si no se hubiera muerto poco después del estreno. Otros agregados incluyeron una extendida sección del coro masculino en retruque al coro de las cigarreras, un alargamiento del dúo entre José y Micaela y un extendido fragmento sinfónico al cierre de la obra alrededor de las últimas frases de José.

El reparto de cantantes incluyó una Carmen Dietrich Minelli maravillosamente fraseada y cantada por Anna Gorbachova, con una sensualidad auténtica, (no como la de la relatora en off) apoyada en un timbre de terciopelo, pero capaz de articular con aristas de acero. Gracias a ella, la escena de las cartas se convirtió en el momento cumbre de la función por un fatalismo y entrega subrayados por Kosky como para pasar del experimento de laboratorio a la inmediatez de un personaje que por una vez cruza la línea del proscenio para compartir sus miedos y frustraciones con el público. Francesco Meli cantó un José correcto pero monocromático y en el caso del Escamillo hubiera sido de esperar una mejor proyección de la voz robusta de Kostas Smoriginas. Bien impostada y sin esfuerzos de pasaje la Micaela de Kristina Mkhitaryan. Aigul Ahhmestshina, la excelente Carmen de la versión de Peter Brooks representada en el Wilton Hall de Londres por alumnos del programa educacional Jette Parker del Covent Garden, logró entrar a la escena de Kosky como una de esas Mercedes que permiten anticipar una voz joven en camino a una gran carrera.

Confieso que esperaba más de Jakub Hrůša, un director que en esta oportunidad pareció subordinarse a Kosky con tiempos desparejos, y a veces excesivamente lentos, por ejemplo en la Chanson Bohéme, como si el propósito fundamental de la dirección orquestal fuera cincelar una ocurrencia del regisseur. Y ocurrencias no faltaron, por ejemplo con ese final magnífico en que concluida la partitura Carmen se levanta, se encoge de hombros mirando al público y se va en busca de una nueva producción. ¿O una nueva reencarnación? Porque los mitos nunca mueren, sino que superan las propuestas de los directores de escena, en espera de su próxima oportunidad de abalanzarse sobre el público. La próxima vez espero volverla a ver en una versión de sainete como si fuera una Verbena o una Revoltosa que termina mal. En las grabaciones mi Carmen preferida es la de Cluytens al frente del elenco de la Opera Comique de los años cincuenta con Solange Michel, Martha Angelici, Raoul Jobin y Martin Dens. Por supuesto que Victoria o Bumbry eran excelsas, lo mismo que Baltsa, Troyanos o Garança. Pero en mi caso prefiero una Carmen imperfecta, y por ello mejor adecuada a esa inolvidable descripción que Don José hace en el libro de Mérimée: Carmen no tenía ni lindos ojos, ni linda nariz, ni linda boca, pero el todo era irresistible.

Finalmente: vale la pena ir a ver esta Carmen de Kosky, para poder hablar después con académicos y aficionados. Tal vez yo mismo vuelva a verla para corregir mi impresión inicial y enriquecer racionalmente en mi apreciación estética. Solo que agradecería si el regisseur me incluye un caballo defecando, por lo menos para darle a todo el asunto un poco más de vida. 

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