Alemania

Este no es mi primo, que me lo han cambiado

Juan Carlos Tellechea

martes, 27 de febrero de 2018
Gelsenkirchen, viernes, 9 de febrero de 2018. Sala de cámara del Musiktheater im Revier, de Gelsenkirchen (cuenca del Ruhr). Der Vetter aus Dingsda (El primo de por allá), opereta en tres actos de Eduard Künneke, con libreto de Hermann Haller y Fritz Oliven (seudónimo: Rideamus), inspirado en una comedia de Max Kempner-Hochstädt. Régie Rahel Thiel. Decorados y figurines Elisabeth Vogetseder. Dramaturgia Gabriele Wiesmüller. Iluminación Patrick Fuchs. Reparto: Anke Sieloff (Julia de Weert), Christa Platzer (su amiga Hannchen), Joachim Gabriel Maaß (Josef Kuhbrodt, su tío), Gudrun Schade (Wimpel, su mujer), Urban Malmberg (Egon Wildenhagen), Cornel Frey (un extraño), Tobian Glagau (otro extraño), Ingo Schiller (Hans), Sebastian Schiller (Karl). Orquesta de salón: Ralf Perlowski (violín), Katrin Geelvink (violonchelo), Tim Kieselhofer (clarinete), Atsuhiko Iwabuchi (contrabajo), Karl Övermann (percusión). Dirección Thomas Rimes. 100% del aforo.
Der Vetter aus Dingsda © Pedro Malinowski

Quise ver una buena versión de la opereta berlinesa Der Vetter aus Dingsda (El primo de por allá), un gran éxito del compositor Eduard Künneke (1885 – 1953) en la década de 1920 en la Alemania de la República de Weimar, y salí defraudado esta tarde del 9 de febrero de 2018 de la sala de cámara del Musiktheater im Revier, de Gelsenkirchen (https://musiktheater-im-revier.de/#!/de/), en el corazón de la Cuenca del Ruhr. Lamentablemente, la régie (Rahel Thiel) suprimió muchos diálogos humorísticos del original y la pieza resultó ser un desfile de célebres temas musicales de la época, como si estuviéramos presenciando un espectáculo revisteril, pero sin que se pudiera entender cabalmente por qué se entonaban tales canciones.

Por cierto, la atmósfera creada en la presentación me trajo de inmediato a la memoria al célebre musical de John Kander, Cabaret, estrenado en Broadway en 1966 y llevado al cine seis años más tarde por Bob Fosse, con Liza Minelli, Michael York y Joel Grey en los papeles principales. Estoy convencido de que la popular e inolvidable música de El primo de por allá tuvo que haber inspirado de alguna forma a Kander para sus temas. Entre otros, Der Onkel und die Tante...(El tío y la tía...) de Künneke y el Welcome de Kander se asemejan mucho en su forma rítmica. Por supuesto no hay en absoluto ningún plagio de por medio, pero sí parece evocar un calco de imágenes estilísticas.

De más está decir que esta opereta guarda mucha historia, tanto de si misma, como de su entorno, y si me permiten unos instantes de lectura les puedo contar algo de ella: fue estrenada en el Theater am Nollendorfplatz, de Berlín el 15 de abril de 1921. El teatro que se había llamado primeramente Neues Schauspielhaus y posee además una sala de conciertos de cámara, se dedicó siempre a ese género lírico liviano; fue construido entre 1905 y 1906, simultáneamente con la vía elevada del metro (la única estación de la capital alemana en la que paran cuatro líneas, desde la U1 a la U4). Después de la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945) la sala se llamó Metropol y en la década de 2000 se convirtió en el elegante restaurante Goya, con sala de baile. El local, tras arruinarse sus empresarios, se alquila hoy para eventos especiales.

El destacado director de teatros y dramaturgo Hermann Haller, quien regenteaba entonces el Theater am Nollendorferplatz, tras haber estado al frente de célebres coliseos en Hamburgo y Leipzig, así como del Olympia (sobre un terreno próximo a la Alexander Platz) y más tarde del Admiralpalast (en la Friedrichstraße), fue uno de los dos libretistas junto con Fritz Oliven (seudónimo: Rideamus). Künneke, Haller y Oliven se conocían personal y profesionalmente y eran vecinos de la misma y pintoresca calle Giesebrechtstraße, cerca del célebre bulevar Kurfürstedamm (en el distrito de Charlottenburgo).

Corrían los tiempos de la devastadora inflación que carcomía a la débil democracia alemana, tras la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918). Por ejemplo, un billete de tranvía (que circulaba entonces por el Ku'damm) pasaría a costar de 600 a 55.000 millones de Reichsmark en menos de dos años. La agitación racista y antisemita de los nazis ya surtía entonces sus efectos cancerígenos sobre la empobrecida población y una década más tarde, en 1933 Adolf Hitler ascendería al poder, llevando finalmente al desastre al país y perpetrando uno de los genocidios más abominables de la historia. Por su origen judío, Haller y Oliven tuvieron que huir del nazismo. Haller se exilió en Londres, donde falleció en 1943, y Oliven en Brasil, donde en 1951 llegó a publicar una autobiografía titulada Rideamus, antes de morir cinco años más tarde en Porto Alegre.

Este no fue el caso de Künneke, quien ya sea por oportunismo, por cobardía o por compulsión, como fue el caso de muchos artistas en aquellas dramáticas circunstancias, solicitó rápidamente en 1933 su afiliación al Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP), la que le fue denegada un año después por estar emparentado (por casamiento) con personas no arias. Sin embargo, el compositor pudo sobrevivir, trabajando para el régimen hitleriano, con un permiso especial del influyente, temido y siniestro ministro de Propaganda Joseph Goebbels, componiendo marchas, operetas y música para peliculas cinematográficas.

Resulta realmente penoso reconocer que un músico de tanto talento, nacido en la ciudad hanseática (sic) de Emmerich, a orillas del Rhin (Baja Renania) y formado en Berlín, donde trabajó como director de orquesta, entre otros, con el famoso Max Reinhardt en el Deutsches Theater, continuara y terminara así, de forma tan indigna su brillante carrera. Algunas de las canciones de Der Vetter aus Dingsda siguen siendo todavía hoy éxitos populares. Hay que ver con qué maestría pasa Künneke del foxtrot, al cuplé, a la polca, al vals, a la habanera y al tango recorriendo un muy entretenido espectro. 

Hasta nuestros días el precioso y ajetreado barrio en torno a la plaza Nollendorf (en el distrito de Schöneberg) es uno de los bastiones históricos de la vida gay de la capital alemana y punto central del monumental Christopher Street Day Parade (que este año será el próximo sábado 28 de julio) . Las dos novelas en las que se inspiró Cabaret (Mr. Norris Changes Trains, de 1935, y Goodbye to Berlin, de 1939) fueron escritas por el británico-estadounidense Christopher Isherwood, uno de los primeros exponentes literarios del movimiento de homosexuales y lesbianas, quien residió allí en la casa de pensión de la señora Meta Thurau (Lina Schröder en sus libros), en la Nollendorfstraße al número 17, en los momentos inmediatamente previos al comienzo de la nefasta era genocida nacionalsocialista.

El Kit Kat Club de la película, en el que Sally Bowles era la estrella, es pura ficción, como es sabido. Pero a dos calles de distancia funcionaba en la época el cabaré El Dorado, frecuentado por gays, con pista de baile y espectáculos de travestidos, al que acudía a menudo también la entonces desconocida actriz teatral Marlene Dietrich, vecina de Schöneberg, a la sazón de 28 años, quien ya había comenzado su carrera en el cine mudo de la dorada década de 1920 y se aprestaba a alcanzar el estrellato con El ángel azul, de Josef von Sternberg, en 1930.

Este mundillo era realmente pequeño. Isherwood había venido a Berlín siguiendo a su mentor y amigo, el escritor británico nacionalizado estadounidense Wystan Hugh Auden (Premio Pulitzer de 1948), con quien convivió durante nueve meses. Auden, conocido por sus posiciones de izquierda (admiraba a Karl Marx y a Sigmund Freud) se casó en 1935 con Erika Mann, la hija del escritor Thomas Mann, para facilitarle el pasaporte británico, ya que los nazis le habían quitado la nacionalidad alemana. Isherwood, quien había trabado amistad con Klaus Mann, hermano de Erika (ambos mantenían relaciones bisexuales y compartían amantes), intercedió para que se celebrara este matrimonio por conveniencia. Ella y Auden nunca vivieron juntos, pero mantuvieron una amistad de por vida y técnicamente permanecieron siendo marido y mujer hasta el fallecimiento de Erika en 1969 en Zúrich.

Pero, volviendo a nuestra opereta de marras, Rahel Thiel (Leipzig, 1990), quien ya puso en 2016 en este mismo Musiktheater im Revier, de Gelsenkirchen, The Turn of the Screw, de Benjamin Britten, a todas luces no deseaba llevar a escena una versión historicista de la pieza. Lastimosamente se equivocó al amputarle una parte de los diálogos cómicos y mordaces a la disparatada e inverosímil trama, sin aportarle nuevas, creativas y luminosas ideas, por lo que perdió así mucha fuerza, aburrió y se convirtió en una pieza casi irreconocible, a no ser por su famosa música. Ésta sí, agradablemente ejecutada por la orquesta de salón bajo la cuidada dirección del australiano (nacido en el remoto archipiélago de las Fiyi) Thomas Rimes, quien, dicho sea al margen, por su exótico origen bien podría haber sido el tan aguardado primo de por allá. La formación le presta equívocamente ese carácter de revista o de teatro de variedades, sin llegar a serlo. mientras la régie traiciona así la intención del compositor y sus libretistas al llevar grotescamente a la opereta al borde de  la extravaganza y del burlesque.

La acción se desarrolla en un lugar completamente diferente al argumento original: un hogar de ancianos que por momentos se parece más a un manicomio. Hans y Karl, los sirvientes de los Kuhbrodt, se transforman aquí en dos enfermeros que suministran tabletas y bebidas alcohólicas a sus pacientes toxicómanos y drogadictos.

 

En la historia primaria de Künneke, Haller y Oliven, Julia de Weert (aquí Anke Sieloff, con muy buena voz) es la rica heredera del palacio de su familia y está harta de la tutela de sus tíos, Josef Kuhbrodt (Joachim Gabriel Maaß) y Wilhelmine (Gudrum Schade), ambos muy bien en sus respectivos papeles. Junto con su amiga Hannchen (la chispeante Christa Platzer) anhela alcanzar la mayoría de edad y el regreso de su primo Roderich, quien hace siete años (Thiel, hace más absurda aún la absurdidad, llevando el período de espera a 70 años) se fue de viaje por allá (Dingsda) a Batavia/Java. Antes de que partiera, ella le había jurado amor eterno y él le había obsequiado un anillo.

Los tíos tenían otros planes para su sobrina y querían que un sobrino de ellos, August Kuhbrodt, conquistara el corazón de Julia y se hiciera con su dinero. El mismo propósito abrigaba un segundo tutor de la joven, un tal von Wildenhagen, quien aspiraba a que fuera su hijo Egon (Urban Malmberg) quien se quedara con la fortuna. Pero, aparecen dos extraños (Cornel Frey y Tobias Glagau, también con muy buenas voces) en el palacio (aquí el geriátrico/psiquiátrico) y las cosas se enredan por completo al hacerse pasar uno de ellos por Roderich, y el otro, el verdadero primo que regresa de Batavia, finje ser el sobrino de Josef, ocultando su identidad. Al final Julia se queda con el falso Roderich, a quien ama realmente, y Hannchen con el verdadero, del que también está enamorada, y a Egon lo mandan a Batavia.

El público aplaudió por deferencia, pero sin mucho entusiasmo, la versión de Thiel. Al fin y al cabo cantantes y músicos estuvieron bien y al menos pudo disfrutar de nuevo (y hasta acompañar en voz baja) las memorables melodías de Künneke, aunque fue verdaderamente angustioso e inexplicable, con tan buen material en las manos, que la régie no hubiera hecho bien sus deberes.

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