DVD - Reseñas

Demasiados señores para tan pocos criados

Raúl González Arévalo

martes, 13 de marzo de 2018
Wolfgang Amadè Mozart: Le nozze di Figaro, dramma giocoso en cuatro actos (1786). Carlos Álvarez (Conde Almaviva), Diana Damrau (Condesa Almaviva), Golda Schultz (Susanna), Markus Werba (Fígaro), Marianne Crebassa (Cherubino), Anna Maria Chiuri (Marcellina), Andrea Concetti (Bartolo/Antonio), Krešimir Špicer (Don Basilio/Don Curzio), Theresa Zisser (Barbarina). Coro y orquesta del Teatro alla Scala de Milán. Franz Welser-Möst, director. Frederic Wake-Walker, director de escena. Antony McDonald, escenografía y vestuario. Fabiana Piccioli, iluminación. Patrizia Carmine, dirección de vídeo. Subtítulos en francés, inglés, alemán, español, italiano, coreano, japonés. Formato vídeo: NTSC 16:9. Formato vídeo: PCM Stereo, DTS 5.1. 2 DVD de 214 minutos de duración. Grabado en el Teatro alla Scala de Milán (Italia) en 2016. CMajor 743108. Distribuidor en España: Música Directa.

Con más de una treintena de DVDs a disposición del melómano, cualquier nueva propuesta debe justificarse artísticamente para competir en un mercado que, a base de opciones, comienza a correr el mismo riesgo que sufrió el del disco: la saturación y el colapso. Bien es cierto que la producción audiovisual es más barata y asequible que las grabaciones en estudio. Pero siempre es complicado abrirse hueco y mantenerse, más cuanto mayor es la competencia.

Así pues, para ser prácticos, iré directo al grano: la nueva propuesta de la Scala grabada por CMajor merece la pena sobre todo por los intérpretes que encarnan a los señores. Con Carlos Álvarez a la cabeza. En Mozart el barítono malagueño se ha hecho un nombre sobre todo como Don Giovanni, pero también ha frecuentado (en menor medida) el Conte Almaviva, y más recientemente Figaro, aunque le sienta mejor el señor que el criado, como a todo barítono que no es bajo-barítono. Era justo que quedara grabado. En un estado vocal espléndido (apenas se puede reprochar unas agilidades algo pesadas al final de su aria, fruto de la frecuentación de un repertorio más gravoso), el personaje está muy rodado y plenamente interiorizado. Su composición, un tanto grandilocuente en la interpretación pero con la nobleza de acentos necesaria en el final, es lo más interesante de la producción.

Más dudas tenía con la Condesa de Damrau. Aunque no es la primera ligera cuya voz se hace más lírica y pasa de Susanna a Rosina, es una operación arriesgada. Mirella Freni solo la cantó una vez. Lucia Popp sí pasó con éxito de una a otra. A la inversa, grandes Condesas como Schwarzkopf o De los Ángeles siempre rechazaron cantar a la criada. No es solo una cuestión de tesitura y adecuación vocal. Es también una cuestión de carácter. En este sentido, no son personajes intercambiables como Donna Anna y Donna Elvira, dos aristócratas. Y cuando se ha sido una espléndida Susanna, el “ascenso social” es complicado. De hecho, viendo la entrada con “Porgi amor” y el resto del segundo acto, pensé que era demasiado “sirvienta” en la composición para tanta Condesa, un tanto petulante. Afortunadamente la soprano alemana mejora conforme avanza y culmina con un “Dove sono” estupendo: la alta escuela está siempre, como el dominio del estilo y la clase de la cantante, a la que probablemente le hace falta más rodaje, aunque no es seguro que alcance el mismo nivel memorable.

Marianne Crebassa está de moda. Ciertamente es una mezzo interesante, con un color adecuado para los papeles “en travesti” y canta muy bien, pero la intérprete no me parece un Cherubino particularmente interesante como personaje. Con todo, está mejor que la pareja de sirvientes, correcta pero nada más. El Figaro de Markus Werba se ve penalizado por una voz claramente baritonal, que no se diferencia particularmente en el timbre ni en los colores de la de Álvarez, y necesitaría más peso en los graves. Por su parte, Golda Schultz, que también ha cantado la Condesa, carece absolutamente del espíritu vivaracho que requiere Susanna, y se ve penalizada por el peor italiano de todo el reparto, con un perceptible deje anglosajón, lo que deriva en una composición superficial por cómo “dice” el texto.

El resto del reparto sorprende gratamente. Ciertamente cabía esperar mucho Andrea Concetti haciendo doblete como Bartolo y Antonio, por ello la sorpresa viene de Krešimir Špicer como Don Basilio y Don Curzio. Buenas la Barbarina Theresa Zisser y la Marcellina de Anna Maria Chiuri.

La Orquesta de la Scala hace lo que puede con la dirección mortecina y mortal de Franz Welser-Möst, el mayor lastre de la grabación. Los tiempos son tan lentos que parece competir con Karl Böhm, pero sin su genio. No es, en modo alguno, un director teatral, y en Mozart es imperdonable. Para muestra, las posibilidades que ofrecía René Jacobs.

 La puesta en escena tenía el difícil encargo de sustituir la mítica producción, ya clásica, de Giorgio Strehler. Tan difícil lo tenía que no lo supera. Frederic Wake-Walker era una apuesta razonable, pero su propuesta se queda en lo evidente, resultando demasiado superficial. No permite profundizar en el carácter de los personajes, ni en el drama de las situaciones. No molesta, pero no convence.

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