Estados Unidos

La paja y el acero: Wienawski y Shostakovich

José A. Tapia Granados

lunes, 26 de febrero de 2018
Filadelfia, domingo, 18 de febrero de 2018. Auditorio Verizon, Kimmel Center. Henryk Wienakski, Concierto para violín y orquesta No. 2 en Re menor, Op. 22; Dmitri Shostakovich, Sinfonía No. 7 en Do mayor, Op. 60, Leningrado. Joshua Bell, violín. Orquesta de Filadelfia, dirigida por Yannick Nézet-Séguin.

El 29 de julio de 1942 Arnold Schoenberg comentó a varias personas reunidas informalmente en su residencia californiana que había oído la recién estrenada Sinfonía Leningrado de Shostakovich por la radio y que en su opinión la obra no era nada del otro mundo. Decía Schoenberg que la sinfonía, que dura más de una hora, tenía material musical quizá para menos de 12 minutos. Bertolt Brecht, que estaba presente, anotó esta opinión de Schoenberg en su diario.

Nikolai Malko, que había dirigido en la Unión Soviética el estreno de la Primera Sinfonía de Shostakovich y que pocos años después se había establecido en EEUU, declaró en el Chicago Times en agosto de 1942 que la nueva sinfonía de Shostakovich se estaba convirtiendo en una notable arenga para elevar el espíritu de lucha en un momento en que eso era muy necesario. No hay que olvidar que en aquel verano del 42 las potencias del Eje estaban ganando la guerra. Según Malko, la sinfonía tenía un notable desarrollo dinámico en los dos movimientos extremos y combinaba muy originalmente lo lírico y lo irónico en el segundo movimiento, pero era demasiado larga y de peor calidad que la Primera o la Sexta de Shostakovich. El compositor y crítico Virgil Thomson fue más drástico. A su juicio la sinfonía estaba escrita para los cortos de entendimiento, los duros de oído y los que son incapaces de mantener la atención.

En los doce meses siguientes a su estreno soviético la sinfonía fue interpretada en los países de occidente docenas de veces; la BBC la diseminó en el Imperio Británico, Carlos Chávez la tocó en México DF; en EEUU fue interpretada más de sesenta veces bajo la dirección de las batutas más afamadas: Toscanini, Koussevitsky, Stokowsky, Mitropoulos, Ormandy, Monteux, Rodzinski... En una ocasión el concierto en el que se interpretó la sinfonía se inició con la interpretación del Star-Spangled Banner, el himno de EEUU, y La Internacional, en aquel entonces el himno soviético. La Sinfonía Leningrado se convirtió en un símbolo, un símbolo poderoso de la lucha contra la Alemania hitleriana.

Bartók compuso su Concierto para Orquesta en esa época, enfermo y en circunstancias económicas apretadas en su exilio norteamericano. En el cuarto movimiento del concierto, "Intermezzo Interotto", hay una cita obvia del famoso tema de la invasión de la Sinfonía Leningrado. Pero como este tema cita a su vez la opereta La viuda alegre de Franz Lehár, quienes notaron la cita en el concierto del Bartok no podían estar seguros de a quien estaba citando Bartók, ¿a Shostakovich de segunda mano?, ¿a Franz Lehár de primera? ¿O quizá no había cita alguna y se trataba de una mera apariencia? Hoy podemos estar seguros de que Bartók estaba citando la sinfonía del músico ruso, porque se lo dijo a su hijo Peter, pidiéndole que nunca lo revelara. Pero tras la muerte del compositor en 1945, Peter Bartók no se sintió obligado a respetar la voluntad de su padre y aclaró que lo que el Concierto para orquesta cita es precisamente la Sinfonía Leningrado. Una vez que lo sabemos, no hace falta mucha imaginación ni mucha formación musical para intuir que Bartok, un compositor de vanguardia que se había negado a denominar “sinfonía” a ninguna de sus obras, exilado en EEUU pasando apuros económicos y con una aprobación tan escasa en el público como amplia en la crítica, estaba en su Concierto para orquesta haciendo burla de Shostakovich. Un Shostakovich que desde la 5ª Sinfonía se mostraba extremadamente apegado a la tradición sinfónica y tonal del siglo XIX. Un Shostakovich que tras el fiasco de Lady Macbeth de Mtsenks a mediados de los años treinta gozaba de amplia popularidad y apoyo gubernamental y había vuelto al centro de la fama en el mundo cultural soviético. En todo eso Shostakovich, que a menudo hallaba la frialdad o el desprecio abierto de la vanguardia musical, estaba en los antípodas de Bartók. No es de extrañar que Bartók se mofara por lo bajo. En el estilo de Bartók no entraba la grandilocuencia.

La Sinfonía Leningrado se convirtió en los años finales de la segunda guerra mundial en la sinfonía quizá más famosa del siglo XX. Hasta final del siglo XX la obra se mantuvo en el repertorio como una de las sinfonías más populares de Shostakovich, a menudo denostada por la crítica especializada pero crecientemente desplazada en cuanto a interpretaciones por otras obras del músico ruso.

La interpretación que aquí se reseña, de Yannick Nézet-Séguin con la Orquesta de Filadelfia, tuvo la recepción habitual del público, que casi llenaba del todo el auditorio Verizon del Kimmel Center. El teatro se vino abajo tras la terminación gloriosa de la sinfonía, cuyo final es uno de los más exultantes de todo el género sinfónico. El director tuvo que salir a saludar varias veces y los aplausos y bravos se mantuvieron varios minutos.

Mi concepto de la obra se basa en registros a mi entender excelentes de Yevgueni Svetlanov y Yevgueni Mravinski, el mucho menos admirable de Bernard Haitink, una estupenda versión en vivo de la Orquesta Mariinski dirigida por Valeri Gergiev y otras audiciones en vivo y en lata de las que no recuerdo detalles. La versión de Nézet-Séguin tradujo perfectamente la tensión emocional de la sinfonía y técnicamente fue casi perfecta. En un momento del tercer movimiento en el que la madera lleva el papel dominante, me pareció que quedaba indebidamente ahogada por las cuerdas. Y quizá en algún pasaje hubiera sido deseable un ritmo algo más rápido, pareció como si Yannick se solazara un punto en exceso en los momentos de estatismo, yendo hacia la grandilocuencia en perjuicio del concepto general. Pero esto son solo pegas de pasada y de poca monta. La Orquesta de Filadelfia con un centenar largo de miembros sobre el escenario siguió con perfección la batuta de Nézet-Séguin y en la interpretación destacaron la precisión de la madera y las cuerdas, la potencia exacta de la percusión (excelente la labor de la xilofonista) y el poder de los metales, en total veintiuno en el escenario.

Los setenta minutos que dura esta sinfonía no resisten demasiado bien la comparación con obras de similares dimensiones, por ejemplo, la 5ª, la 6ª, la 9ª o la 10ª de Mahler, todas ellas catedrales sinfónicas en las que el austriaco hizo gala de una invención melódica y una capacidad para crear una arquitectura orquestal que prácticamente no tienen parangón en la historia de la música. En los cuatro movimientos de la Leningrado los episodios de tensión y clímax mantenidos por la enorme masa instrumental se entrelazan a mi juicio con mucha pericia con pasajes en los que pocos instrumentos, a menudo de la madera, crean una atmósfera de nocturno o de melancolía ominosa. Pero a pesar de sus logros, Shostakovich no era Mahler y probablemente la Leningrado está en otra liga sinfónica, quizá con la Sinfonía Gótica de Havergal Brian. Claro que todo esto es cierto para quien lo escribe, son juicios de valor y es obvio que son posibles otras opiniones. No faltarán quienes como Schoenberg, Virgil Thompson (cuya música me parece anodina) y quizá como Bartók mantengan que la Leningrado es realmente un ladrillo sinfónico largo y simplón, casi “música de película”, como diría un amigo mío. La crítica artística es en un grado muy alto pura subjetividad disfrazada con pretensiones de verdad objetiva. Es por ello que puedo decir que en mi opinión el poder emocional de esta sinfonía a mi juicio contrastó notablemente con la primera parte de este matinal dominical en el que Joshua Bell interpretó con la Orquesta de Filadelfia el Concierto No. 2 para violín y orquesta de Wienawski. La habilidad técnica de Bell es indiscutible. Lástima sin embargo que el concierto de Wienawski sea una obra insulsa y banal. O que así me lo parezca a mí, porque el público lo disfrutó bastante y si Nézet-Séguin lo programa, Joshua Bell lo toca y se mantiene en el repertorio —aunque no demasiado, yo creo que lo oí por primera vez en esta ocasión— será porque ese concierto es considerado una obra digna de consideración y de interpretación.

En conclusión y haciendo burla de una vieja gloria literaria del realismo estalinista, podría decirse que este concierto fue de paja y acero. Una ocasión más de entender que la vieja, oxidada y entrañable Filadelfia —con su orquesta, su Kimmel Center, su Academy of Music y su Instituto Curtis— es un peso pesado en lo que hace a cultura musical.
 

Fuentes

Brecht, Bertolt. Diario de trabajo: Tomo II, 1942-44. Ed. a cargo de W. Hecht, trad. de Nélida Mendilaharzu de Machain. Buenos Aires, Nueva Visión, 1977. Anotación del 29-VII-1942, pág. 160.

Gibbs, Christopher H. “The Phenomenon of the Seventh”: A Documentary Essay on Shostakovich’s “War” Symphony. En: Fay, Laurel E, compiladora, Shostakovich and his world. Princeton, NJ, Princeton University Press, 2004.

Day, Timothy. Notas a la grabación de las sinfonías 7ª y 12ª. de Shostakovich con la orquesta del Royal Concertgebow y la Filarmónica de Londres. London CD 417392.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.