España - Cataluña

Lo pequeño también puede encantarnos

Jorge Binaghi

martes, 27 de febrero de 2018
Barcelona, sábado, 24 de febrero de 2018. Palau de la Música. Recital de Diana Damrau, Jonas Kaufmann y Helmut Deutsch. Italienisches Liederbuch de Wolf.
Diana Damrau y Jonas Kaufmann © 2018 by A. Bofill

Supongo que nadie discutirá que el primer verso de la primera canción de este ciclo (que nació en dos partes, separadas por la composición de la única ópera de su autor, El corregidor, y que él mismo consideraba su obra más lograda) da el tono exacto de lo que pretende y lo que consigue. Por si no fuera suficientemente claro, ahí estaba el gran Helmut Deutsch para poner las cosas en su sitio, con su introducción, su posludio (en toda la noche fueron memorables) y, en esta pieza, el toque de su piano en el wie klein del penúltimo verso.

No voy a analizar las 46 canciones una por una, pero creo que es importante decir todo lo anterior por el nivel que tuvo el ‘acompañante’ (me recordó a Moore en la grabación clásica con Schwarzkopf y Fischer-Dieskau), que por suerte le fue reconocido por sus colegas y que el público refrendó, y porque hubo varias personas entre el respetable que colmaba la gran sala que convendría que recordaran qué fueron a oír y ver (en muchos casos parece que más a lo segundo si alguna señora declaraba en la pausa ‘él está con barriguilla y me gusta menos’). Porque escuché cosas como ‘sin duda dos grandes divos, pero qué programa denso’ y, ‘espero que en el Liceu se luzca más’ formuladas por distintos tipos de edad y sexo (o ‘género’, eufemismo que detesto). En la última parecería que sólo cantaba el tenor (ya puestos, menos mal que no recordaran que habitualmente lo canta un barítono e hicieran la comparación obvia con un famoso colega) y en una ópera. ‘Lucimiento’ no parece palabra para un recital de cámara;’divos’, tampoco; ‘programa denso’ ignoro si se refiere a un solo autor o a la dificultad de la música (en ninguno de ambos supuestos justificado).

Alguien más, se ve que había ido por Damrau, se quejó: ‘ni una coloratura, ni un sobreagudo’. Y no, porque no los hay, no hacían falta, y mal hubieran hecho ‘luciéndose’ con notas no escritas que habrían, además, chocado de frente con la exposición de Deutsch. Me temo entonces que el lleno absoluto –una maravilla y una rareza, no sólo aquí, en un concierto de música de cámara vocal- no se haya debido mayoritariamente a quienes fueron a oír (y escuchar) la música, sino a dos divos a los que no hay que perderse (tenor y pianista a lo mejor recordaron a aquel señor que, sentado en el escenario del Liceu tras su versión de Winterreise reclamaba ‘ópera’). Para terminar este excurso hay que recordar con la Mariscala straussiana que ‘cada cosa a su tiempo’ (sólo que ella se lo dice a Oktavian, un adolescente de dieciséis años). ‘Sólo’ hubo dos celulares molestos y pocas toses en todo el transcurso del concierto. Y todo el tiempo muchos aplausos y varios ‘bravos’, pero no el delirio que muchos habrán esperado. Al final, ofrendas florales para los tres. Y vayamos a los dos divos.

Que lo son precisamente porque todo el tiempo hicieron lo que debían y como debían. Si acaso se puede decir que todos los movimientos y gestos –ideales para dos ‘animales de escena’ como ellos- resultaban demasiado ‘preparados’ y ‘típicos’ de los estilos de ambos (sobre todo cuando él hacía de huraño o impaciente y ella la traviesa y pícara). Pero quien haya visto a toda una Schwarzkopf podría decirme con justicia que pocos resultan tan sofisticados o amanerados como ella, así que simplemente dejemos constancia del hecho (que fue muy festejado, por cierto). El cambio en el orden de los números (algo que ya se ha hecho –por ejemplo en el concierto Prey-Coburn e incluso con un piano cada uno, cosa que tampoco fue única) tuvo aquí el mérito de construir una especie de ‘historia’ de un romance en todas sus fases de exaltación, malentendidos, pasión, desamor, peleas y paces, inquietud, calma, y… un final (se mantuvo en su sitio, número 46, el tan famoso –justamente- ‘Ich hab’in Penna’) irónico, frívolo, escéptico y probablemente realista en la visión de Wolf y muchos que no son él.

Si Kaufmann pareció, especialmente al principio de la segunda parte, un tanto resfriado (tosió de forma evidente aunque con mucha discreción), la voz mantiene sus cualidades, más oscura que nunca. Yo claramente lo prefiero en lied porque aquí no necesita de ciertos ‘trucos’ de emisión y si alguna media voz sonó destimbrada y sin apoyo, o si alguna nota salió áspera, fueron algo que normalmente puede suceder y no disminuye el valor de una prestación ni quiebra el interés. Su ‘vis’ cómica se vio requerida en el número 14 (‘Geselle, woll’n wir uns in Kutten hullen’) con excelente resultado, y frente a ello hubo un excelso ‘lied de reconciliación’ (núm.8, ‘Nun lass uns Frieden schliessen, liebtes Leben’) y el memorable 23 (‘Was für ein Lied soll dir gesungen werden) o su piano sobre ‘hold’en el n. 34 (‘Und steht Ihr früh am Morgen auf vom Bette), o en el emocionado y emotivo final del primer grupo de la segunda parte (n.33 ‘Sterb’ich, so hüllt in Blumen meine Glieder’). Lo que no obsta para que fuera igualmente acertado (tal vez demasiado en el gesto) su irónico comentario (n.5: ‘Selig ihr Blinden’) al arrebato femenino del n.32 (‘Was soll der Zorn, mein Schatz, der dich erhitz’), con el que pasamos a Damrau.

Si ella también fue capaz de una respiración interior, como en el comentado n.1, o en el 19 (‘Wir haben beide lange Zeit geschwiegen’), monumento al silencio, con la complicidad de un Deutsch excepcional y un etéreo pianísimo en el ‘Frieden’ del último verso, en la coquetería reinó soberana (n.21, ‘Man sagt mir, deine Mutter wolle es nicht’ con una acentuación fenomenal en ‘Lieb’), como en la selección de sus chales: verde en la primera parte (para ir a la par con su ‘Gesegnet sei das Grün und wer es trägt’, n.39), negro al principio de la segunda, que para ella comenzaba justamente en el citado 19; rojo para el segundo grupo, el de las ironías, burlas y abandono, que comenzó con el n.15 (Mein liebster ist so klein’) y termina, precisamente, en el 46 final, ‘Ich hab’in Penna’, con la enumeración de todos sus amantes.

Ante las flores y aplausos hubo dos bises, dos dúos. Sabía que el primero era Schumann, pero no su nombre; no identifiqué el segundo aunque apunté palabras de ambos para buscarlos con calma. Tuve una suerte increíble. Sílvia Pujalte, que es toda una autoridad en la materia, presente en la sala y que ya ha colaborado alguna vez con esta publicación y esperemos que lo haga con mayor frecuencia, me dio los datos exactos: Unterm Fenster, de Schumann , y Gruss, de Mendelssohn. Gracias, Silvia. Y más a los tres intérpretes

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