Reino Unido

La ópera de la redención

Agustín Blanco Bazán

lunes, 5 de marzo de 2018
Londres, martes, 20 de febrero de 2018. Barbican Center. Jake Heggie’s, Dead Man Walking. Ópera sobre libreto de Terence McNally. Leonard Foglia director escénica. Joyce DiDonato, Sister Helen. Michael Mayes, Joseph De Rocher. Maria Zifchak, Ms Patrick De Rocher. Measha Brueggergosman, Sister Rose. Susan Bullock, Kitty Hart. Toni Marsol, Owen Hart. Susan Bickley, Jade Boucher. Mark LeBrocq, Howard Boucher. James Creswell, George Benton. Michael Bracegirdle, Father Grenville. Finchley Children's Music Group. BBC Singers. Singers from Guildhall School of Music and Drama. BBC Symphony Orchestra. Mark Wigglesworth, director musical.
Michael Mayes © 2018 by Mark Allan/Barbican

Una prueba de la insularidad operística británica es que Dead man walking, que abrió el milenio en San Francisco en el 2000, recién se estrenó en el Reino Unido este último 20 de febrero, y en una sala de conciertos como el Barbican, que no da más que para una versión semi-escénica. Y sólo por un día, aprovechándose del elenco que acababa de hacer una producción hecha y derecha de la obra en el Real de Madrid. Lo cual quiere decir que la “cosmopolita” Londres solo alcanzó a apreciar un esbozo de la producción número sesenta de la opera prima del prolífico Jake Heggie. “Ah! Pero seguro que las sesenta producciones incluyen todos los intentos provinciales en vaya uno a saber que teatro de los tantos que hay en los Estados Unidos”, me comentaron algunos. Pero no: Heggie dice que la producción de Madrid, ya comentada por Jorge Binaghi para Mundo Clásico fue la sexagésima puesta internacional.

Luego de la serie madrileña, el director de orquesta Mark Wigglesworth se reecontró en Londres con sus agrupaciones habituales, la orquesta sinfónica y los coros de la BBC. Ambos cuerpos actuaron como poseídos por el fervor evangélico de la obra y la aglomeración con los solistas, junto a la inteligente actuación de éstos en el proscenio, casi cayéndose sobre el público y con la orquesta y el coro atrás, acrecentó una sensación de inmediatez que pareció elevar la energía ya anticipada en una charla antes de la función con crítico Edward Seckerson Heggie y el regisseur Leonard Foglia. Casi no pude entrar a ella por el gentío haciendo cola. Cuando los organizadores gritaron “¡solo treinta más!” me sentí aliviado de encontrarme entre este número de colados a último momento.

Tal vez incidió en este entusiasmo proselitista no sólo el recuerdo de la famosa película que le valió el Oscar por mejor actriz a Susan Sarandon por su personificación de la hermana Helen Prejean, sino también la idea de encajar Dead man walking dentro de un ciclo de saludable motivación de arte y política denominado the Art of Change. Su propósito: “En un momento de seria incertidumbre a nivel nacional y global, nuestro ciclo 2018 explora como los artistas responden, reflexionan y potencialmente logran introducir cambios en el panorama social y político.” Aparte de la ópera de Heggie contra la pena de muerte, el ciclo incluye conciertos, películas, conferencias y exposiciones sobre la vanguardia artística como arma política, en temas como el anticolonialismo, el antirracismo y la liberación femenina, desde las Suffragettes hasta las mujeres del Islam. Por su parte, la BBC cargó las tintas contra pena de muerte en los Estados Unidos con un magnífico y terrible ciclo televisivo sobre los condenados en espera de su ejecución en los Estados Unidos de Norteamérica.

La charla de Seckerson comenzó con un video donde la verdadera hermana Prejean nos confió que su viaje personal en el camino del perdón, la empatía y la compasión es un viaje que todavía sigue, décadas después de asistir al criminal ejecutado en Luisiana con inyección letal luego del doble asesinato con que comienza la ópera. Es un viaje que la Prejean de la ópera canta en un aria que alcanza la exaltación de un oratorio: “This journey. This journey to Christ. This journey to my God. This journey to myself. To my Jesus. To this man. This journey to the truth. “I’m going to die,” he writes me. “I haven’t a chance.” Does he want me to help him to die? Is he afraid of death? What am I afraid of? Death, maybe. And what else? I want to know. This journey. This journey to Jesus. To my Christ.” Todo de acuerdo con ese “Viaje a la verdad” con que Jorge titula su crítica de la producción de Madrid.

Heggie contó que antes de comenzar a componer la obra, Prejean lo llamó por teléfono: “¿Es cierto que quiere hacer una ópera sobre mi libro y la película? ¡Pues claro que tenemos que hacer esa ópera! Y, por supuesto, ya sé que va a tener que cambiar mucho, pero lo único que le pido es que cuente una historia de redención.“ La monja también le pidió a Heggie que por favor no hiciera nada atonal “porque para que la música llegue al corazón lo que queremos son canciones y melodías.” Por ésto no tenía por qué preocuparse: Heggie se define a sí mismo como un compositor de canciones, con una vocalización sin acrobacias y cómodamente adaptada al registro de los cantantes. En una palabra: ningún chillido expresionista como los de las óperas de Adès o Benjamin, sino una inmediatez dramática pucciniana cantada al estilo de Britten o Janacek. Y, sobre todo un americanismo en el mejor sentido de la expresión, reminiscente de Carlisle Floyd o Samuel Barber. O de Gershwin, porque para incorporar la redención pedida por Prejean Heggie y su libretista Terrence McNally incluyeron un Spiritual que como un implacable leitmotiv define el viaje emprendido por la religiosa en busca de la verdad y la reconciliación. Al comienzo la hermana canta este himno, He will gather us around, con los niños del centro comunitario donde la sorprende el pedido de asistencia espiritual enviado por un condenado a muerte. Y vuelve a hacerlo sola y a capella al cierre de la obra, como respuesta a la nihilista escena de la ejecución. Como en Porgy and Bess la idea de un viaje tan incierto como la esperanza se convierte en la gran moraleja final de Dead man walking.

Y como en Madrid, el público compartió este viaje con un entusiasmo tan extremo como la intensidad de cada personaje. Según un crítico, la obra “nos agarró de la garganta sin soltarnos.” Otro pontificó con la seriedad de un farmacéutico que “la ópera no es el mejor género para este tipo de alegatos”, y fatalmente aludió a la superficialidad de la música, sin poder explicar demasiado bien esta pretensión de etiquetar esas emociones que en las buenas óperas transforman las objeciones de los críticos en irrelevantes.

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