Bajo la alfombra de Enrique Granados

17] Ifigenia á Taurida

Xoán M. Carreira

viernes, 2 de marzo de 2018
Joan Maragall ca. 1900 © Free

La publicación en la revista Catalònia (1898) de la traducción al catalán de Joan Maragall (Barcelona, 10 de octubre de 1860-Barcelona, 20 de diciembre de 1911)  del drama Ifigenia á Taurida de Johann Wolfgang von Goethe y su posterior estreno -con música de Enrique Granados- en el Jardines del Laberinto de Barcelona el lunes 10 de octubre de 1898 están considerados como hechos seminales del florecimiento del moderno teatro catalán y están bien documentados y estudiados desde hace más de un siglo, como ya se ha comentado en diversas ocasiones en Bajo la alfombra de Enrique Granados, con especial atención en La hierba del amor, un extraño caso de cecilianismo donde resalto la relevancia de la reposición de Ifigenia á Taurida -con la participación de Granados como pianista-improvisador- el sábado 21 de febrero de 1914, ya fallecido Maragall, en el Teatre Auditorium de Barcelona. Entre ambas representaciones emblemáticas, Ifigenia se presentó también en el Teatro Lírico de Barcelona el 21 de enero de 1899. Así pues, Ifigenia à Taurida es la cuarta música incidental creada por Enrique Granados junto con Torrijos (Madrid: 1894), Miel de la Alcarria (Madrid: 1895) y Blancafort (Barcelona: 1899).

En 1912 se publicó un volumen con las traducciones de Goethe1 y con ocasión del centenario de la muerte de Maragall se celebró el Congreso Internacional Maragall textes i contextes que realizó una exhaustiva revisión y puesta al día de las investigaciones académicas sobre Maragall en general y sobre sus actividades teatrales y musicales en particular. En las actas de este congreso2 se puede consultar una información actualizada sobre las dos décadas de amistad entre Enrique Granados y Maragall, una relación que viene siendo ignorada sistemática y llamativamente por la bibliografía de referencia sobre Granados al grado de excluir Ifigenia á Taurida del catálogo del compositor, en contraste con la atención relativamente extensa prestada a la música teatral perdida (o nunca compuesta) de Granados. 

A modo de ejemplo, Clark3 omite cualquier alusión a la amistad entre Granados y Maragall, y Perandones se limita a afirmar que:

Según Fernández-Cid, Maragall tradujo Ifigenia in Tauride, y se presentó con ilustraciones musicales al piano por Granados.4

Efectivamente, tal y como advertía Fernández-Cid sesenta años antes en un lugar que Perandones olvida mencionar:

... Juan Maragall, de tan puros ideales que, aparte propias creaciones, traduce la Ifigenia in Tauride, presentada con ilustraciones musicales al piano por Granados...5

Cesar Calmell6 ha estudido detenidamente los precedentes, circunstancias y consecuentes de las representaciones de Ifigenia á Taurida, así como de la participación de Enrique Granados en un proyecto al que, muy probablemente, otorgó relevancia pues conservó cuidadosamente los materiales de sus ilustraciones musicales para la representación de 1914. Tras su muerte, su hijo Eduardo Granados compuso y estrenó a principios de 1919 una suite para gran orquesta a partir de dichos materiales, junto a los cuales se conserva desde hace muchos años en el Fondo Granados [M-Gra-1-M-Gra-8] de la Biblioteca de Catalunya, en una carpeta llamada "Fragmentos autógrafos para Efigenia" [M-Gra-6-BC]. La obra fue interpretada el 8 de enero de 1919 por la Orquesa Sinfónica de Valencia bajo la dirección de Eduardo Granados omo parte de un programa titulado Festival Granados, programa que se repuso en fechas próximas  por las orquestas locales de diversas ciudades españolas, siempre bajo la dirección del joven Eduardo Granados.

Su contenido son hojas sueltas con diversos tipos de papel, con anotaciones superpuestas a tinta y a lapiz, que podrían corresponderse con las sucesivas representaciones conocidas e incluso con alguna anotación de Eduardo Granados de cara a su orquestación. Contienen los apuntes melódicos y armónicos para todas las intervenciones improvisadas junto con comentarios literarios acerca del carácter y expresividad de los números. 

Acto I

- Preludio. Lento, serenamente. Final del preludio, lento

- Final, con el preludio del primer acto

Acto II

- Preludio

- Preludio. Allegro

- Vuelta a C en otro tono, terminando tema Efigenia

-  Tema de la muerte que queda en suspenso

- Salida de Efigenia

- Salida de Efigenia. Cuasi Allegretto. La improvisación en carácter dramático combinando con el tema de la muerte de Agamenón. 

- Tema de la victoria de Pílades

- Final, tema heroico

Acto III 

- Preludio

- Introducción, bien serenamente Andante

- Introducción (desesperación de Orestes acabando en seco) (telón arriba)

- Desesperación de Orestes. 

- Tema de Efigenia, poco Allegro. Desesperación de Orestes

- Momento de serenidad de Efigenia (tema de Efigenia)

- Desesperación de Orestes (reproduce el preludio)

- Final. Allegro molto empezando en pp desarrollado hasta el final

- Acto IV. Preludio. Grave, siguiendo serenamente grave y aún noble

- Acto IV. Improvisación. Tema entre dolorido y agradecido 

Acto IV

- El corazón de Efigenia

- Conmiseración y nobleza entrelazando tema de Efigenia

Acto V

- Llamada al Rey. Preludio

- Acordes de carácter épico

- Tema el Rey

La semejanza entre estos guiones para la improvisación recuerdan a la que será práctica común en los primeros tiempos del cine sonorizado externamente, lo que invita a pensar que los pioneros del piano cinematográfico habían aprendido su oficio en el foso teatral, improvisando la música incidental de dramas y comedias. Como es bien sabido, Granados era reconocido como gran improvisador en una época en la que la improvisación pianística era moneda de curso corriente. Si bien disponemos de algunos rollos de pianola y grabaciones fonográficas con improvisaciones de Granados, estos fragmentos autógrafos para Efigenia poseen un enorme valor por su rareza, pues no abundan los guiones del propio Granados para sus improvisaciones y la cuestión de la práctica improvisatoria de la música incidental ha sido escasamente tratada en la bibliografía académica. 

La recepción de Ifigenia à Taurida en la prensa

Goethe concibió su Ifigenia en Tauride (1787) como una parábola moral y política. Su agudo sentido del decoro ilustrado le hizo modificar algunos aspectos del drama original de Eurípides (414 a. C.). Si bien las circunstancias del afincamiento de Ifigenia en Croacia y la posterior llegada de Orestes y Pílades son semejantes a la tragedia original, en el drama de Goethe Toante, el rey de los tauros, dista mucho de ser el bárbaro creado por Eurípides, y la situación se resuelve de manera razonable como correspondía a las circunstancias de la Europa prerrevolucionaria y al protocolo inherente a una representación teatral en la que participaban príncipes y el propio Goethe.

Maragall, de un modo que no se puede considerar inocente, eligió el tema de Ifigenia en el país de los tauros con una manifiesta intención política apoyada por todos los implicados en la producción, como demuestra la elección del lugar, un jardín contemporáneo de Goethe, y el público asistente, de lo cual se hicieron eco los diarios y las revistas culturales barcelonesas. No resulta pues sorprendente que algunos comentaristas alemanes y anglosajones aludan a la Ifigenia à Taurida como un hito en la recepción y desarrollo ulterior del drama que Goethe concibió como destinado a un espacio privado: la corte y/o teatros privados. 

El semanario Luz publicó un monográfico sobre el estreno compuesto por un un breve artículo de Maragall sobre la Ifigenia de Goethe que remata con el clemente monólogo final del rey Thoas, un poema de Eduardo Marquina dedicado a Goethe, y un amplio reportaje de A. L. de Barán ilustrado con una reproducción del cartel de Miguel Utrillo para la representación, un dibujo del busto de Goethe, un retrato de Maragall y fotos de los jardines del marqués de Alfarrás y de Clotilde Domus, Ifigenia. Estas ilustraciones eran clichés de J. Pichot, "sacados expresamente para esta publicación", con advertencia de la prohibición de su reproducción. 

Arte nuevo. Ifigenia.

La representación del día 10 en el Laberinto, fue una serie de triunfos; no crean mis lectores (si los hay) que emplee esta palabra como exageración propia de un exuberante entusiasmo, ¡no!, con la mayor sangre fría, veo no sólo un triunfo, sino lo que es más, toda una serie de importantísimos triunfos. El primero, el que alcanzaron los organizadores sobre la suerte y la naturaleza, eludiendo los chubascos y cierzos propios de la melancólica estación que empieza; no quedó limitada la benevolencia de los dioses, a vestir con sus mejores galas el firmamento, antes bien, hicieron preparativos especiales, sacando de la celestial guardarropía aquel azul extra-extra, que velado por ardiente soplo primaveral, había ya desesperado los malos deseos de los filisteos, al representarse La Fada en Sitges. Si Napoleón para sus escenas de matadero tenía el Sol de Austerlitz, nosotros, es decir, mis amigos, tienen el Sol que más calienta y por esta sola fuerza va animándose el público, que al fin y al cabo, prefiere ponerse al lado de los que hacen algo, abandonando a los que contentísimamente reunidos en grisienta holganza, ni hacen, ni quisieran dejar hacer lo más mínimo. Pero la voluntad tiene mayor fuerza que todas las masas que pueda presentar la inercia y por esto lentamente pero con seguro y firme paso, va luciendo el arte nuevo en esta batida tierra nuestra, que encontrará en ello el mejor consuelo a la hipertrofia pseudo-utilitaria en que ha vivido dormitando largos años. Buenas o malas, ya tenemos exposiciones de Bellas Artes; una literatura joven fresca, que no ha robado sus quilates a los archivos del Parnaso Nacional no al depósito de clichés con que nos brinda una lengua sin dientes que la protejan; una música, nuestra, muy nuestra, cuyas armonías escucharán muy pronto, los países que nos han precedido en los caminos de los goces inteligentes; finalmente, agonizante la escena tradicional, empiezan a levantar su poderosa voz, obras recomendables, y para que nada falte a los que cultivan esperanzas bien fundadas, se improvisan y resultan, los actores capaces de interpretarlas dignamente. 

Holgaría soberanamente una crítica machacona de Ifigenia; porque los que asistieron a la representación si no tienen opinión propia, se la supongo, y no lograría convencerles con mis pedantismos o erudita digestión bibliográfica; en cuanto a los que no pudieron o no quisieron asistir a tan deliciosa sesión, suficientemente castigados están ya, unos porque tendrán que calumniar cosas que no han visto ni oído y otros porque tendrán que mentir diciendo ser de los escogidos; en cuanto a los indiferentes... ¡¡salud!!

Contando con la hermosa tela de fondo prestada por el mejor escenógrafo que pueda imaginarse, la clásica aristocracia de los jardines del Laberinto, era el principal elemento en la parte plástica de la representación. - No por su aspecto más o menos neogriego se escogieron estos jardines, ni por sus templetes ni opulentos cipreses grandiosamente henchidos por las savias de cien años; ni por la suntuosidad y demás numerosas cualidades que tan gran sabor artístico imprimen a la señorial heredad de los marqueses de Alfarrás. Suponemos sencillamente gran devoción artística a los iniciadores de la idea y debió bastarles el querer representar Ifigenia, como lo hizo Goethe al estrenarla en los jardines de Weimar. Mientras el gran genio alemán creaba allí su obra predilecta, en este rincón de Barcelona, asomaban los primeros verdores de un jardín trazado según el mejor gusto de la época, según el gusto que hubiesen motejado como modernista, los pobres de espíritu de entonces, si hubiesen sido tan graciosos como los que nos brinda a borbotones el desnivel actual.— Sea lo que fuere, bien cierto es que el cuadro era digno de las escenas a las que debía servir de marco, siendo justo alabar la parquedad que presidió el arreglo del real escenario, limitándose a acentuar con algunas flores, la aterciopelada masa de los cipreses, que en ancho hemiciclo abrazaban el espacio disponible; por entre las fibras de verde bronce, aparecían las notas rosas, blancas y amarillas de las flores, salpicando con puntos de risueño aspecto, la severa entonación y línea del místico bosque; una sencilla guirnalda entre la columnata, algunos trípodes rigorosamente exactos y las manchas desiguales de un tupido césped salpicado de florecillas concluían el discreto tocado de la escena.—Un anti-estético pabellón, exacerbaba adrede la atención de los espectadores, hacia la representación, velándoles la tentación de los amplios jardines vecinos y la hermosa llanura de Barcelona desde la cual mil chimeneas embadurnan los cielos con el incienso del trabajo. Así, sino lo falso, cuando menos lo convencional, estaba en lo que representaba la sala, y lo verdadero, lo real, lo tangible, veíase en la escena, formando contraste con los follajes de trapo y las artificiosas luces de los teatros.

La asistencia tan escogida (y aún más), como ha dicho la prensa diaria, constituyó otro de los triunfos, acudiendo en imprevista abundancia; pero el buen deseo de la mayoría, suplió las forzosas deficiencias de la instalación, salvando el insuperable escollo del nivel, que era el mismo dentro y fuera la escena, acudiendo con gran anticipación los más sedientos de arte y colocándose cerca el escenario, desde donde pudieron ver y oir, mejor que en el más cómodo teatro; pedir más, hubiese sido arruinar la naciente empresa o bastardear los jardines, puesto que se escogieron sencillamente por sus condiciones de escenario sin atender si servía o no para platea.

La lampistería estuvo soberbiamerne servida por la Compañía universal del viejo Helios, apagando las celestiales candilejas, a medida que la acción, de grandilocuente, trocábase en dulce y humana ternura; este efecto es indescriptible, pero bien exacto, ajustándose el final, al momento del crepúsculo, hora la más sugestiva, según saben todos los que son capaces de sentirlo de sentirlo.—Como la escena final es la culminante de la obra, por encerrar el triunfo de las razones que Goethe pone en juego para resolver la tesis el efecto fue de los que no pueden olvidarse repercutiendo con redoblada fuerza. Porque para entonces los espectadores estaban completamente identificados con aquella representación de una artística realidad pasmosa.

Quienes estuvieron identificados con la acción desde el comienzo, fueron los aficionados que se revelaron consumados artistas; en efecto; Gual, Pujol y Vilaregut, bien merecen aquel nombre, pues demostraron cuánta inclinación sienten hacia el arte que han escogido, circunstancia tan poco común entre los profesionales, pero que poseen en sumo grado la Srta. Domus y el Sr. Jimenez; por esto, si son dignísimos de alabanza los acertados esfuerzos de los tres primeros, conviene alentar con las más francas y sinceras felicitaciones a los dos modestos artistas catalanes que por su labor, buen deseo y feliz inspiración en la realización de sus papeles, se han colocado completamente, en primer lugar entre los actores catalanes. Jimenez dió a su Thoas todo el vigor herético del rey ercita, haciendo palpable la lucha de sus pasiones y creencias con los buenos impulsos del corazón y de la razón, que al fin dominan en la obra de Goethe, principal problema que resolvió este gran poeta, enmendando la partida á Eurípides, que daba término á la obra con la fuga astuta de los griegos y de Ifigenia. Al final, la encarnación de la gran figura, tomó toda la intensidad artistica apetecible, pintando con inspirado gesto, en que desolado desierto quedaba el corazón de Thoas, habiendo sido el propio causante de tanta aflicción, otorgar el permiso de partida a Ifigenia, a la misma Ifigenia que había dulcificado tan fuertemente el alma bárbara del déspota, gracias al amor destrozado para siempre en sus deseos e ilusiones. Para dejar traslucir este difícil estado de alma, hízolo de tal suerte el actor, que sin gestos de relumbrón, mas por la sola comprensión de la idea artística creada por Goethe, despojóse en un instante de su aspecto legendario, desapareciendo el héroe capaz de luchar con los mismos dioses, sustituyéndole el ser desolado, sufriendo las profundas penas que lloran y arrastran los hormbres más tenazmente agarrotados por la fatalidad.

Clotilde Domus, joven actriz cuya carrera artística cuenta apenas dos años, llenó la imagen de Ifigenia de la suavísima gracia que respiran todos los pensamientos que Goethe y su fiel intérprete Maragall, han puesto en boca del personaje, creciéndose hasta las más altas regiones de la tragedia, en el último acto, que encierra la tesis que se propuso Goethe.

En cuanto á los Sres. Pujol, Vilaregut y Grial, solo cabe decir que estuvieron á la altura de la obra, cabiendo por ello alentar especialmente á Gual, que como director del «Teatre íntim» ha logrado componer una pequena cohorte de actores capaces de representar bien, una obra buena. Por esto, nosotros que solo deseamos que salga nuestro país del estupor imbécil en que parece yace, le incitamos a que continúe y menudée tales éxitos, ya que puede contar con el aprecio altamente laudable de un público hasta hoy poco atento a las cosas del Arte escénico, arte que tanto puede regenerar la empobrecida sangre de un pueblo indiferente. 

Antes de concluir, conste, que tanto se lo deseamos a él, como a todos aquellos que sacudan las soñolientas musas de esta querida tierra, que no es tan prosaica como ha convenido presentarla hasta ahora. Y para que se vea que el buen público responderá a cuantos esfuerzos generosos se hagan en pro de la cultura, no queremos más prueba que el entusiasmo verdaderamente joven, ardiente y sentido que ha infiltrado la sola representación de Ifigenia, en el estilo crítico que según nuestro leal saber y entender, es el más discreto de todos cuantos pontifician en esta ciudad; influencia que deseamos mantenga luengos años.7

Menos entusiasta es la narración de R.P. el diario barcelonés La Vanguardia:

Cosas de teatros. "Ifigenia"

Enmedio de los hermosísimos jardines de El Laberinto, que el señor marqués de Alfarrás posee en Horta, levantóse un ligero entoldado, que visto desde lejos desentonaba con la lujuriante verdura sobre la cual destacábase... Empero, ya una vez en su interior, procuraba uno ponerse en situación, prescindiendo de la realidad inmediata, y en el caso de lograrlo ya podía tener por seguro pasar unos momentos de pura delectación estética: tenía enfrente un scenarium que en los teatros no verá jamás... el sol, el sol de verdad, batiendo sobre las columnas de un antiguo templete, y las columnas no eran de cartón, sino de piedra verdadera, macizas, y el bosque que rodeaba el templo era también un bosque de verdad, no era pintado... Todo esto debía dar por fuerza alientos de vida al drama grandioso que en aquel pequeño espacio iba a desarrollarse.

El noble empeño de los actores, sin embargo, corría el grave riesgo de fracasar... bastaba entrar en el recinto destinado al público para sentirlo así. Y es que no se contó con varios elementos que concurren siempre en todo éxito o en todo fracaso teatral, aunque modifiquen su valor y su fuerza un sinnúmero de circunstancias que no importa ahora señalar. Nos referimos al calor que se sentía dentro del entoldado durante los primeros actos, la demasiada aglomeración de gente, el cansancio de muchos, y en algunos tal vez la falta de esfuerzo para ponerse en situación y asimilarse su espíritu el hondo y humanísimo drama que se desarrollaba al pie de aquella ara sacrosanta... pues todo eso es preciso para sentir deleite ante una representación escénica tan singular. -En los teatros de verdad, la especial disposición que se da a los locales ayuda ya en mucho a este buscado efecto.

Hemos querido señalar la gran dificultad que debían vencer los intérpretes de Ifigenia, para levantar y ennoblecer más su empeño. Pero el lector curioso preguntará al fin: -¿Lograron vencerla? -Lográronlo... hasta donde posible era lograrlo, pues lograrlo por completo era imposible. Nada quita esto a lo interesante del ensayo... y aun más decimos: que el ensayo de ayer tarde habrá demostrado a todos que estas cosas, o se han de hacer ante un grupo de escogidos únicamente, o se han de hacer en un gran teatro, en un teatro de veras; pero nunca de manera que tenga la cosa algo de los dos caracteres: o ha de ser la sesión íntima de verdad, o ha de ser pública de verdad. Y téngase en cuenta que aquí redondamente afirmamos que los mismos actores que ayer tarde representaron Ifigenia, en un teatro de veras obtendrían un triunfo aun superior al de ayer.

Ya saben nuestros lectores que la obra representada es el grandioso drama de Goethe Ifigenia á Taurida, puesto por Maragall en tan hermosísimos versos catalanes que si no se hubiera acreditado antes, esto bastaría á su crédito de poeta. De los intérpretes de la obra no diremos de unos que se distinguieron más que otros, pues todos trabajaron con la misma buena voluntad, con el mismo amor. La Srta. Domus estaba encantadora en la purísima Ifigenia; y sí dijo siempre con entonado sentimiento, en algunos pasajes supo dar a la frase todo el debido calor; no hay duda que es una de las mejores actrices con que puede contar nuestro teatro. Giménez en el Rey dijo también su papel con arte exquisito, acertando siempre en la manera de imprimir al personaje la debida majestad. Pujol en Orestes dijo con mucho calor su parte, indicando algunas de las situaciones en que el personaje se encuentra con una verdad pasmosa, y lo mismo decimos de Gual, que interpretó el difícil papel de Pilades, y del señor Vilaregut en el suyo.

Lo que hemos indicado antes, repetimos ahora: que con no haberse logrado ayer tarde todo, absolutamente todo el efecto que sin duda buscábase, es no obstante interesantísimo el ensayo hecho por lo que puede enseñar a todo el mundo.

La concurrencia fue verdaderamente brillante. Estaba compuesta de artistas, literatos, acaudalados industriales y comerciantes, hombres de reputación en todas las profesiones científicas y literarias, y familias aristocráticas y distinguidas de Barcelona.

Que pasaron una tarde deliciosa cuantos fueron ayer a la hermosa finca del señor marqués de Alfarrás, nadie lo dudará: lo ameno y pintoresco del lugar, la esplendidez del sol, la hermosura de los panoramas que encantaban la vista, y sobre todo la buena compañía eran sobrados elementos para hacer olvidar por unas cortas horas las tribulaciones que son inseparables de esta vida.

En resumen así el traductor y los actores por su trabajo, como el señor marqués de Alfarrás por su amabilidad, merecen aplausos sinceros por la fiesta artística de ayer tarde.8

Observarán que los comentarios de prensa sobre la representación de Ifigenia en 1898 no aluden a la intervención de Granados. La música de fondo era entonces tan poco apreciada como lo es hoy en día y en esta ocasión Granados no era considerado como artista creador, pues la improvisación era considerada como una simple habilidad técnica que se suponía a cualquier pianista bien formado, como lo era Granados. En cambio los anuncios para la representación de 1914 sí destacan la intervención de Granados, en ese momento una de las principales figuras de la música barcelonesa. Lamentable resulta en cambio, desde la perspectiva del siglo XXI, que el desprecio a Ifigenia en Táuride siga siendo la opinión mainstream de los especialistas actuales sobre Granados, quienes parecen ignorar la importancia de esta obra. 

La suite orquestal de Ifigenia à Taurida

Aunque fue estrenada en 1919, la primera noticia sobre la Suite de Ifigenia à Taurida es de otoño de 1916 con ocasión de un concierto de la Orquesta Sinfónica de Madrid en el Palacio de Bellas Artes de Barcelona, organizado por el Orfeó Català en beneficio de los huérfanos de Enrique Granados. Enrique Fernández Arbós dirigió un programa Berlioz, Granados, Wagner en el cual se estrenó el Preludio del acto IV de Ifigenia à Taurida de Eduardo Granados, sobre los guiones para improvisación al piano de Enrique Granados. En esta ocasión se estrenaron las Tres danzas españolas de E. Granados-Juan Lamote de Grignon, a menudo datadas erróneament en 1933. Esta es la recensión de U. F. Zanni de dicho concierto:

La Orquesta Sinfónica de Madrid, mejor que atendiendo sus indicaciones, compenetrándose con los deseos del Orfeó Catalá, se puso de acuerdo con éste, y ambas corporaciones artísticas, dieron en el Palacio de Bellas Artes un festival, cuyos productos netos se destinan a engrosar la suscripción internacional abierta por el Orfeó a favor de los hijos del llorado maestro Enrique Granados.

El público respondió cumplidamente a los nobilísimos propósitos de los organizadores de la fiesta, y agotó todos los billetes. Así se rindió el debido homenaje a la memoria del inolvidable músico catalán, víctima inocente de la guerra, que le arrebató al arte cuando acababa de poner tan alto el nombre de España. 

Si el Palacio de Bellas Artes se llenó, ofreciendo brillantísimo aspecto por la cantidad y calidad de los concurrentes, y con ello el éxito de la taquilla fué grande, encargados de la ejecución del programa el Orfeó Cátala y la Sinfónica de Madrid, es ocioso consignar que el éxito artístico no fue menor.

La maravillosa orquesta que dirige Arbós tocó la primera parte de la fiesta, provocando tempestades de aplausos tres perdurables páginas do Wagner: el preludio y muerte de Isolda, del Tristán e Isolda; la marcha fúnebre de El ocaso de los dioses y la obertura de Tannhaüser.

La Sinfónica y el Orfeó, unidos, ejecutaron de modo superior a toda ponderación la Misa de Réquiem, de Berlioz, que llenaba la tercera par;e del programa, y que valió delirantes ovaciones a músicos, cantantes y a los maestros Arbós y Millet.

Entre una y otra parte, ó sea en el puesto de honor, la Corporación madrileña colocó a Enrique Granados con el intermedio de Goyescas y tres danzas —oriental, andaluza y aragonesa— instrumentadas por el maestro Lamote de Grignon. El público escuchó las obras con fervor y emoción, aplaudiéndolas sinceramente, lo mismo que a los insuperables intérpretes, que se vieron obligados a bisar el intermedio de Goyescas y la Danza aragonesa.

También ofreció la Orquesta Sinfónica una obra nueva de Eduardo Granados, hijo del muerto insigne: Preludio para el cuarto acto de Ifigenia en Táuride.

El tema de esta composición, muy inspirado y característico, lo escribió Enrique Granados para las improvisaciones que hizo cuando se representó Ifigenia en el teatro Auditorium.

Eduardo Granados le ha desarrollado demostrando grandes conocimientos orquestales, y su labor, promesa de otras más acabadas, mereció la cordial acogida que tuvo.

El festival no pudo, pues, tener mejores resultados, y de ellos nos congratulamos como españoles y como amantes del arte.9
 

Notas

1. Joan MARAGALL, "Obres completes. Traduccions de Gœthe" (Ifigenia a Taurida, Eridón i Amina, La Marguerideta de Les Disperses, Pensaments d'En Gœthe, Fragments del Faust), Barcelona: Gustavo Gili, 1912

2. Glòria CASALS y Meritxell TALAVERA (coords.), "Maragall: textos i contextos", Barcelona: Servei de Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona, 2012

3. Walter Aaron CLARK, “Enrique Granados. Poeta del piano”, Barcelona: Editorial de música Boileau, 2016

4. Miriam PERANDONES, "Correspondencia epistolar (1892-1916) de Enrique Granados", Barcelona: Editorial Boileau, 2016, p 498

5. Antonio FERNÁNDEZ-CID, "Granados", Madrid: Samarán ediciones, 1956, p 53

6. Cesar CALMELL, 'Joan Maragall i la música', en "Maragall: textos i contextos", pp 67-84

7. "Luz", Segunda época, 02 (Barcelona: 15 octubre 1898) pp 13-16

8. "La Vanguardia", martes, 11 octubre 1898, p 4

9. "Revista musical Hispano-Americana" (Barcelona, octubre de 1916), p 17

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