España - Castilla y León

Introspección y voltaje

Samuel González Casado

miércoles, 7 de marzo de 2018
Valladolid, viernes, 2 de marzo de 2018. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Vasily Petrenko, director. Truls Mørk, violonchelo. Prokófiev: Sinfonía concertante para violonchelo y orquesta en mi menor, op. 125. Nicolái Rimski-Kórsakov: Sheherezade, op. 35. Ocupación: 95 %
Truls Mørk © Johs Boe

Como ya es tradición, Vasily Petrenko ha dirigido un concierto a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León dentro del abono de temporada, esta vez acompañado nada menos que del violonchelista noruego Truls Mørk. El anuncio de esta visita hacía presagiar justo lo que hubo: unas cotas musicales altísimas y un cuasilleno en la sala de un público entusiasta que no quiso perderse a estos dos grandes artistas, los cuales mostraron su respeto por el recientemente fallecido director emérito Jesús López Cobos. El minuto de silencio, con una luz muy tenue en todo el escenario excepto en el podio, emocionó a los que hemos vivido momentos musicales inolvidables gracias a este director.

La Sinfonía concertante para violonchelo de Prokófiev es una obra que puede resultar árida en las primeras escuchas, ya que tanto sus materiales como sus desarrollos son prolijos. Sin embargo, protagonizada de esta manera veo imposible no disfrutar, porque Truls Mørk es un verdadero coloso de su instrumento, y tiene interiorizado este dificilísimo concierto de tal manera que logra que todo lo que hace mantenga la atención desde una fluidez continua.

Con Mørk ocurre algo parecido a Vilde Frang en violín: es difícil hablar de “fraseo”, porque cualquier aspecto de la actuación está integrada en la propia escritura, y conceptualmente todo se muestra tan interiorizado que la música parece surgir, no ser interpretada. En este sentido, es imposible no mencionar los pasajes cantables del chelo en esta obra, en los que Mørk aúna rigor, introspección y poesía; o las cadencias, repletas de sutilezas, y también de una tensión tan musicalmente codificada que se convierte en un auténtico plato para degustadores. Escuchar algo así es un privilegio raro y exquisito.

Petrenko respetó reverencialmente al solista, lo que es de agradecer, aunque no hubiera estado de más un trabajo orquestal algo más exhaustivo, al menos respecto al color, porque esta parte da unas posibilidades —tampoco muchísimas, es cierto— que solo se aprovecharon en momentos puntuales; excelente conclusión, por ejemplo. En cualquier caso, la orquesta sonó equilibrada, y a veces intencionada, lo que contribuyó a realzar la impagable labor del chelista.

La versión de Sheherezade de Vasily Petrenko es una especie de reverso luminoso de la que solía mostrar Svetlánov, ya que aquel hace que la obra transcurra rápida, y en general adopta un concepto que pasa por añadir tensión desde un exuberante abigarramiento, al contrario de la conocida monumentalidad granítica de Svetlánov, que sin embargo le permitía añadir contrastes muy marcados respecto a los tempi. Las posibilidades que otorgan ambas visiones —perfectamente rusas— son muy distintas, y el reto en la de Petrenko está en conseguir resultar lo suficientemente claro en los detalles a velocidades a veces endiabladas (último movimiento) y sobre todo marcar continuos puntos de inflexión que permitan ir añadiendo más leña al fuego.

La jugada alcanzó cotas sobresalientes. La orquesta sonó como suele sonar con Petrenko, y en su equilibrio se encuentra la verdadera clave de todo lo demás. La trepidante sucesión de episodios, perfectamente hilados, delatan la inteligencia de este director a la hora de adoptar unos criterios que se adecuan perfectamente a las circunstancias, entre las que se incluye su propio pensamiento, pero no solo. Sí es cierto que hubo menos espacio para la sorpresa, y también resulta inesperada la total falta de complejos para el cliché romántico respecto al fraseo de la cuerda en el segundo movimiento, que le quedó muy lustroso pero que no me termino de creer mucho viniendo de Petrenko, habitualmente caracterizado por un estilo más punzante, e incluso irónico.

Las intervenciones de las familias orquestales fueron intachables (excelente protagonismo de las maderas en la mayoría de la obra), y soportaron el alto voltaje del último movimiento, francamente agotador. El concertino Gjorgi Dimcevski cuajó una actuación convincente por el lado técnico, y debe resaltarse también la buena labor del primer chelo Màrius Diaz. Al final, lo esperado: ovación atronadora, e incluso una exaltada frase desde el público antes de que el director bajara los brazos. Misión cumplida.

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