España - Valencia

Tres eran tres los Britten de Les Arts

Rafael Díaz Gómez

viernes, 9 de marzo de 2018
Valencia, sábado, 10 de febrero de 2018. Palau de les Arts. Peter Grimes, ópera en un prólogo y tres actos, opus 33. Libreto de Montagu Slater a partir del poema The Borough de George Crabbe. Música de Benjamin Britten. Estreno: Londres, Sadler’s Wells Theatre, 7 de junio de 1945. Reparto: Gregory Kunde (Peter Grimes), Leah Partridge (Ellen Orford), Robert Bork (Balstrode), Dalia Schaechter (Auntie), Giorgia Rotolo (Sobrina 1), Marianna Mappa (Sobrina 2), Rosalind Plowright (Sedley), Andrew Greenan (Swallow), Charles Rice (Ned Keene), Ted Schmitz (Reverendo Adams), Richard Cox (Bob Boles), Lukas Jakobski (Hobson). Producción: Théâtre de la Monnaie (adquirida por el Palau de les Arts). Dirección de escena: Willy Decker. Escenografía y vestuario: John Macfarlane. Iluminación: Trui Malten. Coreografía: Athol Farmer. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director de coro: Francesc Perales. Dirección musical: Christopher Franklin.
Gregory Kunde © Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

Tercer Britten consecutivo en Les Arts y tercer pleno. Más rotundo en el escenario que en el aforo (cuantitativamente considerado). Valencia tiene la pretensión de ir del brazo de la modernidad. Vanidad de vanidades. En realidad, como el país entero, lucha contra (en el mejor de los casos) o se deja arrastrar por (actitud más común, si bien no más inocua: no te fíes de los mansos) una poderosa corriente de idiosincrasia decimonónica. Es la que lleva a considerar moderna, por su lenguaje musical, una obra de hace 70 años.

Así que además de repasar los conceptos de lo moderno, lo contemporáneo y lo imperecedero, bien haría el público valenciano después de las experiencias de El sueño de una noche de verano y de La vuelta de tuerca en rendirse a la evidencia del talento de Benjamin Britten. Y mejor haría el Palau de les Arts en seguir programando otras obras de su catálogo operístico.

Sin olvidarnos de Richard Strauss o de Janacek (demasiado olvidados por Les Arts), insistir en Britten es insistir en una fuerza pura, elemental y nutricia del teatro musical (del siglo XX y de todos los tiempos). Su refinamiento incisivo disecciona el drama y eviscera diferentes capas de significado. Dueño es cada cual de quedarse en la superficie (y no le faltará satisfacción) o de hundirse en los tejidos abiertos (la satisfacción se convertirá en gozo, aunque no se saldrá ni incólume ni indemne).

Por la calidad de su música, una ópera de Britten es excelente en cualquier formato, pero tiene tanta vocación escénica que demanda subirse a las tablas para acomodarse con más precisión a su naturaleza. Si lo hace con el acierto de Willy Decker en su puesta para el bruselense teatro de la Monnaie, a la que su cuarto de siglo de existencia no le ha envejecido en absoluto, el emparejamiento es perfecto.

La producción, ya paseada por otros teatros de nuestra península (y ahora en poder de Les Arts: cuestan tanto los portes del alquiler que es más rentable, después de ya explotada, venderla), es sobradamente conocida. Sumaria, pizarrosa, invernal, angulosa, atlántica, expresionista (con toques desde a lo James Ensor hasta a lo cinematográfico alemán), matizada de negro y gris, reventada de golpe en rojos, se inclina (peligrosamente para los actuantes) hacia el patio de butacas. De esta manera, acaso el público también forme parte de la marea que todo lo amenaza y lo destruye (para que todo siga igual). Porque lo que envuelve al escenario es mar (no sólo lo que se sugiere detrás del foro) y la isla de la caja escénica pronto deja de ser un lugar que la concurrencia mira desde fuera para convertirse en un espacio en el que se está. Fantástico el uso de la luz y contundente el manejo de los volúmenes corporales, bien como individuos, bien como masa.

Masa encarnada en un fantástico Cor de la Generalitat que probablemente se haya enfrentado al reto más complejo de su trabajo en el escenario de Les Arts. Implacable y apabullante, pero a la vez sutil, rico en planos, compacto, nítido, rotundo, arrebatador. Sobresaliente, en suma. Y bien atendido en general por Christopher Franklin, quien si acaso estuvo más por no perder la tensión (algo renqueante, eso sí, en la pasacaglia) que por escudriñar todos los rincones de la exquisitez tímbrica y volumétrica brindados por la partitura, pero que en definitiva también rindió a un gran nivel. Respondió con la solvencia habitual la orquesta, justamente reconocida, junto con el coro, por el público que aún quedaba en la sala poco después de la bajada del telón.

Gran trabajo también el del amplio elenco de solistas. Gregory Kunde, en su segundo acercamiento al personaje (el anterior fue en una versión de concierto en 2013, en Roma), por timbre y lirismo lima alguna de las asperezas del protagonista, pero tal pérdida de rudeza dramática no le sienta mal a este Grimes (todo lo contrario, abre la puerta a otras lecturas). No obstante, no es nunca en la actuación del veterano estadounidense un condesito. Su escena final, conmovedora, fue la culminación de una labor administrada con sabiduría de veterano y entrega de principiante.

Leah Partridge como Ellen Orford se complementó a la perfección en lo teatral con Kunde. Ciertas fisuras en lo más grave del registro fueron sobradamente compensadas por su musicalidad tan comunicativa. Excelente se mostró en su dúo con Balstrode. Éste, resuelto por Robert , se expresó con una línea de canto noble y uniforme color. En el resto de la nómina masculina se desenvolvieron muy competentemente Andrew Greenan como Swallow y Charles Rice como Ned Keene. Algo más destemplado, pero sin desentonar con el rol, fue el Bob Boles de Richard Cox. Cumplieron Ted Schmitz como Reverendo Adams y Lukas Jakobski, de impresionante presencia, como Hobson.

Por su parte, Dalia Schaechter fue una Auntie menos consistente que sus dos bien perfiladas sobrinas (Giorgia Rotolo y Marianna Mappa, actualmente en el Centre de Perfeccionament Plácido Domingo). Rosalind Plowright, otra fogueada figura del reparto, se llevó con todo tipo de recursos su Sedley a un terreno en el que le sacó gran partido al estado de una voz que frisa la setentena.

El público que se quedó a aplaudir lo hizo con ganas de resarcir lo que injustamente hurtaron ausencias. Esperemos que sirva de lección. Porque tres eran tres los Britten de Les Arts y los tres eran buenos. Muy buenos.

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