España - Castilla y León

Rutina de lujo y una pequeña joya

Samuel González Casado

viernes, 22 de marzo de 2019
Valladolid, viernes, 2 de marzo de 2018. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Andrew Gourlay, director. Pinchas Zukerman, violín. Mendelssohn: Ruy Blas, obertura. Bruch: Concierto para violín n.º 1 en sol menor, op. 26. Beethoven: Sinfonía n.º 7 en la mayor, op. 92. Ocupación: 98 %
Pinchas Zukerman © by Cheryl Mazak

Programa muy popular el de este concierto de Temporada n.º 10, en el que un par de obras de gran repertorio se veían introducidas por otra menos popular pero estilísticamente afín. La versión de Ruy Blas, de Mendelssohn, sonó vigorosa y bien graduada, pero con la cuerda falta de empaste y en general sin mucho entusiasmo. Da la sensación de que esta obertura, no demasiado interpretada, puede dar bastante más de sí cuando se cree en ella con apasionamiento (me vienen a la cabeza Charles Münch y sus “marcas de la casa”; probablemente por lo que era capaz de hacer con una pieza como La consagración del hogar, hasta cierto punto también una especie de “hermana pobre”).

Siempre que visita en Centro Cultural Miguel Delibes, Pinchas Zukerman atrae a mucho público. En este caso, la obra era conocidísima y fácilmente digerible, lo que, unido a ese gran sonido de Zukerman, potente y redondo, a sus sólidos principios técnicos y a una orquesta que ahora sí sonó fantásticamente, aderezada por buena cantidad de interesantes detalles dinámicos, se logró una versión perfectamente disfrutable, que el público supo agradecer.

Sin embargo, la actitud de Zukerman en su interpretación de la obra se antoja bastante superficial: aunque en su discurso no dejó de haber matices, muchos de ellos eficaces, la mayoría permitían que la música se deslizara a velocidad de crucero sin llegar a crear una verdadera visión personal, y mucho menos entregada. Se notaron, además, ciertos trucos para sortear algunas agilidades, que no sonaron con el esplendor de otros tiempos. Hasta cierto punto, la interpretación de este concierto pareció algo rutinaria, como si Zukerman hubiera dado un paseo por campos conocidos y hubiera contemplado con poco interés una lejana silueta, aunque su calidad profesional le haya proporcionado unos prismáticos top.

Con la Sinfonía n.º 7 de Beethoven nos encontramos con un problema si esta obra se intenta interpretar con un sonido armado y cartesiano, que a Gourlay le funciona muy bien por ejemplo en su fabulosa Quinta: y es que aquí, en esta especie de apoteosis de la danza, la gravedad que insufla tocar a Beethoven como si fuera Beethoven hace que la obra “muera matando”. En mi opinión se trata de la sinfonía de este autor que más permite una visión imaginativa y, aunque el medio fonográfico tiene poco que ver con la música vivida, todos podemos tener presente la variedad de conceptos que ha admitido y admite (recuerdo una variadísima versión de Joseph Keilberth repleta de hallazgos asombrosos).

De la misma manera que la obra admite mucho, creo que también deja claro lo que no admite. Al primer movimiento le faltó vuelo, olvidarse de cualquier tipo de cadenas. El control de Gourlay aquí, su manera de balancear la cuerda grave, de formar conjunto vigoroso, apocó a trompas y maderas, con lo cual todo perdió parte de su gracia. Curiosamente, el estilo grave tampoco funcionó en el segundo movimiento, que requiere de otra flexibilidad: podemos dejar el drama castrense a otro tipo de obras maestras. A la música le faltó de nuevo elevarse, liberarse de una unidad estilística tan demandada en otras ocasiones y en teoría loable, pero que en este caso no funcionaba porque no permitía una expresión variada.

Las cosas empezaron a cambiar, y bastante, con el tercer movimiento, una parte de la sinfonía que me resulta bastante antipática, pero que aquí despertó mi interés porque todo empezó a sonar con cierta variedad cromática y una distinta concepción del brío, más ágil. Hubo algunos detalles preparatorios demasiado enfáticos que no terminaron de definir su finalidad, pero ya se empezó a barruntar la "pequeña joya" del título de esta crítica: el Allegro.

Fue un torbellino que sacrificó lo justo para poder mostrar lo que le es imprescindible: transparencia y arrojo. La entrega de toda la orquesta fue comparable a la sesión “shostakoviana” del concierto anterior, y desde luego es el mejor último movimiento de la Séptima que se ha escuchado en este recinto, porque pareció libre para definirse y reivindicarse, lo que se combinó con una puntillosa espectacularidad de entusiasmo muy comunicativo, contagioso.

Realmente, en toda la sinfonía Gourlay realizó un buen trabajo con la orquesta, y que su concepto en gran parte no funcionara no implica, en este caso, ningún tipo de descuido o dejadez. Está en la línea de los tempi que propugnan parte de las corrientes históricamente informadas y en ese sentido se admite la solidez de sus argumentos, aunque realmente la velocidad tiene que ver más con posibilidades que con calidad interpretativa. Otra cosa es que el resultado, casi siempre, dependa en gran medida de captar la personalidad concreta de la obra y poner los medios para que esta se exprese.

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