España - Cataluña

‘Hasta Platón ha expulsado a los poetas de la República’

Jorge Binaghi

martes, 13 de marzo de 2018
Barcelona, viernes, 9 de marzo de 2018. GranTeatre del Liceu. Andrea Chénier (Milán, 28 de marzo de 1896). Libreto de Luigi Illica, música de Umberto Giordano. Dirección escénica: David McVicar (repuesta por Marie Lambert). Escenografía: Robert Jones. Vestuario: Jenny Tiramani. Intérpretes: Jonas Kaufmann (Andrea Chénier), Sondra Radvanovsky (Maddalena di Coigny), Carlos Álvarez (Carlo Gérard), Francisco Vas (L’Incredibile), Yulia Mennibaeva (Bersi), Sandra Ferrándezo (Contessa di Coigny). Anna Tomowa-Sintow (Madelon), Fernando Radó (Roucher), Manel Esteve (Mathieu), Marc Sala (Abate) y otros. Coro (maestra: Conxita García) y orquesta del Teatre. Director: Pinchas Steinberg
Kaufmann como 'Andrea Chénier' © A. Bofill / Teatro del Liceu, 2018

Y finalmente llegó la hora….Debutó Kaufmann en ópera en España y en el Liceu. Clima de espera típico de las grandes ocasiones, entradas prácticamente agotadas, teatro a rebosar, expectación.

Volvía además, tras algo más de diez años, un título muy amado aquí, que parece estar resurgiendo con fuerza en los lugares en que se puede (o se cree) contar con al menos tres voces notables.

El espectáculo venía de Londres, donde lo había estrenado la estrella (como se sabe, el tenor no es amigo de demasiadas novedades ni ensayos), y como todo lo de McVicar resultó cada vez más convencional pero bien hecho, ‘de buen gusto’, ‘elegante’ (sobre todo escenografía y trajes; si la coreografía bastante grotesca de Andrew George lo fue deliberadamente o no, lo ignoro), con algunos momentos en la marcación de personajes (en especial los ‘secundarios’) que demuestran aún que el director tiene algunas ideas acertadas. Ayudó, no hizo daño, contribuyó al éxito, aunque no creo que pase a la historia (con un corte tradicional, que por otro lado no puede evitarse por el período que trata, me pareció mucho más convincente la puesta en escena de Martone para la Scala). Lo que más me interesó es el telón que cae al final del primer acto y se mantiene por el resto de la ópera, una bandera francesa chamuscada y manchada de sangre con un largo escrito en el original en que resalta la frase de Robespierre que he puesto como título de la reseña y me parece muy acertada (no entraremos ahora en un libreto eficaz, pero tendencioso y reaccionario sobre la revolución francesa, probablemente a tono con las simpatías políticas del compositor: que las revoluciones degeneran es un hecho, tanto como que hay otros hechos incuestionables que las vuelven necesarias y/o justificables).

Kaufmann está con su voz cada vez más oscura, no se libra en varios momentos de su peculiar tipo de engolamiento y su media voz no es siempre timbrada ni el grave limpio. Pero el agudo es firme, incluso cuando toma caminos arriesgados (‘firmamento’ en el ‘Improvviso’ hizo temer, pero salió airoso, como ocurrió en el segundo ataque con el peligroso ataque de ‘Ora soave’). Tiene indudable presencia, magnífico italiano, es buen actor (incluso cuando a comienzo del segundo acto lo obligan a parecer borracho por la desesperación). Sabe frasear y se hace oír aunque el volumen sea mediano (no siendo un amante de los cañones por ser tales me interesa más este tipo de cantante) y en ese sentido en el gran dúo del segundo acto haya corrido más de una vez el riesgo de quedar sobrepasado por los decibelios de su colega. Logró, sin embargo, a partir del tercer acto salir de su ‘reserva’ canora y luego de un muy buen ‘Sì fui soldato’ nos dio una lección en todo el cuarto acto, empezando por su versión de ‘Come un bel dì di maggio’ (un aria maravillosa y con todas sus medias tintas) y terminando por el gran dúo final donde sí consiguió establecer una real paridad con Radvanovsky. Que es una cantante favorita de gran parte del público del Liceu, cosa que entiendo sin compartir totalmente. No se discute su profesionalidad, su enorme volumen, su excelente extensión con un ocasional vibrato algo molesto (el grave suena a veces hueco y artificial y el agudo algo metálico). La calidad de su timbre es opinable,y su dicción realmente fue tal a partir del segundo acto. En el primero, además de no entenderse nada de lo que cantaba (bien) hizo un personaje más propio de la fiesta del inicio de Lo que el viento se llevó, absolutamente cursi y relamido. Tuvo una grandísima ovación en una ‘Mamma morta’ muy bien cantada (mucho mejor que en su recital anterior aquí) con no demasiada expresividad.

Aún mayor fue la que obtuvo, con insistentes pedidos de ‘bis’, tras su ‘Nemico della patria’, Carlos Álvarez que ya había cantado su Gérard (una de sus mejores creaciones, si no la mejor) hace once años aquí mismo y hace casi cuatro en Peralada. La voz sigue lozana, la técnica es segurísima y la más ortodoxa de todas las que se pudieron apreciar en la velada, se mueve bien, dice bien, se entiende cada palabra.

Lamenté más por eso que, en especial en el primer acto, Steinberg, que ya había dirigido aquí la última reposición, favoreciera un excesivo desborde orquestal que luego fue corrigiendo. El coro estuvo bien. Los comprimarios, tan importantes, fueron de lo discreto a lo suficiente e incluso notable: Radó (¿para cuándo un personaje más comprometido que este excelente Roucher), Vas (inmejorable Incroyable que empezó con poco volumen y lo corrigió de inmediato), Esteve Madrid (muy buen Mathieu) y Mennibaeva, rozagante Bersi (por cierto, ¿no era mulata? ¿O la corrección política también ha actuado en este caso?). La marcación de Ferrández en la Condesa fue tan odiosa y caricaturesca que poco pudo hacer con su canto correcto. Queda Madelon, siempre un ‘cameo’ apetitoso, en general para alguna gloria del canto en su etapa crepuscular. Mucha emoción en la gran Tomowa y mucha en el público que la aplaudió con agradecimiento, aunque siga siendo pese al paso del tiempo una soprano y no la mezzo o contralto que pide la parte (y como en el caso de los tenores que pasan a barítono –no a baritenores, que es diverso- la tesitura puede resultar más cómoda, a veces, pero el color no es nunca el que debe ser).

Al final, aclamaciones para todo el elenco y algunas flores lanzadas a Kaufmann por dos señoras o señoritas de un palco bajo.

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