Alemania

Hans Heiling, el canto del cisne de la Cuenca del Ruhr

Juan Carlos Tellechea
martes, 27 de marzo de 2018
Hans Heiling © Derecho público Hans Heiling © Derecho público
Essen, sábado, 24 de febrero de 2018. Aalto Theater Essen. Hans Heiling, ópera romántica en tres actos y un prólogo de Heinrich Marschner con libreto de Eduard Devrient, estrenada el 24 de mayo de 1833 en la Hofoper (hoy Staatsoper Unter den Linden), de Berlín. Adaptación de los textos a la jerga de la Cuenca del Ruhr por Hans-Günter Papirnik. Régie, Andreas Baesler. Escenografía, Harald B. Thor. Vestuario, Gabriele Heimann. Iluminación, Stefan Bolliger. Dramaturgia, Christian Schröder. Intérpretes: la reina de los espíritus de la Tierra, Rebecca Teem; Hans Heiling, su hijo, Heiko Trinsinger; Anna, su novia, Jessica Muirhead; Gertrude, su madre, Bettina Ranch; Konrad, Jeffrey Dowd; Stephan, su amigo, Karel Martin Ludvik; Niklas, su amigo, Hans-Günter Papirnik. Coro Opernchor des Aalto-Theaters, preparado por Jens Bingert. Comparsas del Aalto-Theater. Orquesta Consolidation, de mineros de la Cuenca del Ruhr. Orquesta Essener Philharmoniker. Director Frank Beermann. 100% del aforo.
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Andreas Baesler (Cuxhaven, 1960) es un director escénico que no le teme a los grandes desafíos en su carrera. En el Aalto Theater de Essen ha puesto esta vez con gran éxito Hans Heiling, de Heinrich Marschner (1795–1861), una ópera muy poco representada en estos años, ambientándola en la Cuenca del Ruhr. Baesler conoce muy bien la región y su entorno desde su época de estudiante; se formó en la Universidad de Münster y en la Escuela de Bellas Artes Folkwang, de Essen.

Por supuesto, Marschner jamás había pensado en este centro carbonífero y siderúrgico cuando compuso su obra entre 1831 y 1832; tampoco su libretista, Eduard Devrient, aún cuando su época se encontraba en medio de la Revolución Industrial y poco después aparecerían los primeros trabajos de Karl Marx y Friedrich Engels sobre el capitalismo y la clase obrera.

Marschner y Devrient más bien querían inmortalizar la popular leyenda bohemia sobre la imponente formación rocosa de Hans Heiling y la procesión nupcial petrificada que se erige sobre el río Eger (Montes Metálicos), al oeste de Karlovy Vary, glorificada por el poeta Theodor Körner en su obra Las rocas de Hans Heiling (1811) y recopilada por los hermanos Grimm en sus cuentos de hadas. El compositor se había inspirado para su música durante una temporada que pasó en el balneario de aguas termales de esa histórica ciudad en 1823.

La saga habla del rey de los espíritus de la Tierra que se enamora de una mujer mortal y quiere casarse con ella. Pero, por su estupidez la sirena que le dió vida y que subyuga a ese afluente del Elba lo castiga, convirtiéndolo en una roca. (…) Así que ahora Hans Heiling debe estar lleno de remordimientos amargos/ Como una imagen de piedra adorna la orilla./ Tanto mejor: te mantienes fiel a tus antepasados, (...), dice una elocuente copla de Eduard Dietrich, publicada en un libro sobre relatos y poesías en el reino de las leyendas de ese enigmático lugar.

Baesler, quien ha dirigido más de 150 óperas y piezas teatrales en Frankfurt, Nuremberg, Innsbruck, Estrasburgo, Toulouse, Nancy, La Habana y Toronto, entre otros muchos coliseos, y es profesor de la Escuela Universitaria de Música y Artes Dramática de Mannheim, así como director del Instituto de Teatro Musical de esa ciudad, cree ver paralelos entre el mito de Hans Heiling y la siniestra biografía de Alfried Krupp von Bohlen und Halbach (1907–1967), el industrial alemán cuya empresa familiar suministró armas y materiales bélicos estratégicos al régimen nazi de Adolf Hitler (193 –1945) y a la Wehrmacht, y que explotó en sus fábricas a trabajadores esclavos.

Alfried Krupp, quien después de la Segunda Guerra Mundial (1939–1945) fue condenado por crímenes de lesa humanidad, había heredado de su dominante madre, Bertha, el imperio siderúrgico y se convertiría en el último miembro de la dinastía en dirigirlo personalmente. Desde su fallecimiento el control del grupo quedó en manos de una fundación con fines filantrópicos que lleva su nombre.

Bertha, a su vez, había heredado la compañía en 1902, con 16 años, después de que su padre, Friedrich Alfred Krupp, se suicidara tras un sonadísimo escándalo por orgías homosexuales con adolescentes en la isla italiana de Capri, donde pasaba habitualmente sus vacaciones invernales. Casada en 1906 con el diplomático Gustav von Bohlen und Halbach, obtuvo una concesión especial del entonces emperador Guillermo II para que la familia pudiera continuar utilizando el nombre de los Krupp.

Alfried Krupp von Bohlen und Halbach se casó en 1937, pero el matrimonio se separó en 1941 por presiones de su padre y sobre todo de su madre. El entonces ex-diplomático Gustav Krupp von Bohlen und Halbach quería cambiar la sucesión que se apoyaba en la regulación testamentaria del abuelo, según la cual no sería entonces Alfried el heredero, sino un hermano menor de éste. Alfried acató entonces la voluntad familiar y aceptó divorciarse.

Esta decisión perturbó de por vida las relaciones de Alfried Krupp con Arndt, el hijo de ese matrimonio, nacido en 1938. Arndt se distanció de la familia por influencia de su madre, quien había sido expulsada de la casa solariega de los Krupp, la Villa Hügel, de Essen, y se sentía defraudada por la conducta del clan. Más tarde Arndt, quien con las abundantes compensaciones financieras que recibía de la familia llevaba una lujosa y disipada vida de playboy homosexual, fue considerado por su padre y otras personas allegadas como poco idóneo para dirigir la empresa. Arndt murió en 1986, a los 48 de edad, de un maligno tumor canceroso bucal.

La puesta de Baesler identifica inequívocamente a Alfried Krupp con Hans Heiling y puede ser interpretada además como el canto del cisne de la explotación carbonífera en la Cuenca del Ruhr (cuyo fin, reclamado desde hace decenios por los movimientos ecologistas, ha sido postergado en reiteradas oportunidades por razones sociales y de oportunidad política).

El desgarrado personaje de Hans/Alfried (impresionantemente interpretado por el barítono Heiko Trinsinger) gobierna el imperio junto con su madre (magnífica la soprano estadounidense Rebecca Teem con su intensa voz), la reina de los espíritus de la Tierra/Bertha, desde un anexo a la Villa Hügel (escenografía exactamente lograda por Harald B. Thor). Su domicilio evoca al bungaló de los Krupp, edificado por Alfried dentro del parque que rodea la citada mansión para huir de ella. Ambos personajes sufren por las compulsiones de sus respectivas estirpes.

Detrás del escritorio se ve reproducido en penumbras sobre la pared un estrato carbonífero sobre el que circulan sobre una cinta transportadora los mineros (el coro Opernchor del Aalto Theater, sobresalientemente preparado por Jens Bingert) con sus cascos y lámparas encendidas. Muchos de los sitios que el regisseur y el escenógrafo reconstruyen resultan muy conocidos por el público de aquí; verbigracia el antiguo Große Blumenhof (hoy Grugapark) de Essen que la platea recibe con un discreto aaaahhhh, nostálgico en medio de la ejecución.

Gertrude, la madre (la mezzosoprano Bettina Ranch) de Anna (la soprano estadounidense Jessica Muirhead), la joven de la cual está enamorado Hans (la mujer de Alfried se llamaba Anneliese), vive en una modesta vivienda de trabajadores, equipada (la cocina es a carbón) y decorada como en la década de 1960 (vestuario Gabriele Helmann). La madre de Anne cree ver en Hans und buen partido para su hija, pero para ella resulta inconcebible e inquietante ennoviarse con un hombre así.

El 4 de diciembre, día de Santa Bárbara, patrona de los mineros, se celebra una fiesta en su honor en el lavadero de carbón de la mina (que para los lugareños recuerda al de la vieja Zollverein de esta misma ciudad). Allí Anna conoce a Konrad, un joven minero, y baila con él contra la voluntad de Hans Heiling, quien duda entonces de sus sentimientos. Sin embargo, Anne está dispuesta a casarse con Heiling.

En la parte final del festejo, cuando ingresa en escena la nostálgica orquesta de mineros Consolidation, estallan en las imágenes proyectadas sobre una pantalla de fondo las cargas explosivas que derrumbarán definitivamente el complejo industrial. El instante es muy triste y conmovedor; se percibe el peso que recorre la atmósfera de la sala. En la utilería se utilizan los artefactos originales de las minas. Los Kumpel (compañeros) hablan el dialecto de la Cuenca del Ruhr (adaptación de Hans-Günter Papirnik) y cantan una balada que fue reescrita en su jerga para darle colorido local. Todo esto tiene su encanto y es coherente, se corresponde muy bien con los diálogos escritos por el libretista, aunque el tema no sea la insuperable oposición entre los espiritus y los seres humanos, abordado por Marschner, sino el antagonismo entre la gran burguesia del capital, dueña de los medios de producción, y la clase trabajadora que depende de ellos para sobrevivir.

Durante el camino de regreso a casa, se le aparece a Anna la madre de Hans, la reina de los espíritus de la Tierra, quien le revela la verdadera identidad de Heiling. Konrad encuentra a Anna completamente trastornada en la calle y la acompaña hasta su domicilio. En la vivienda la chica le implora a su madre que no la fuerce a casarse con Hans Heiling.

Cuando Konrad solicita su mano se presenta sorpresivamente Hans, quien lo acuchilla y huye. Desesperado ruega a los espíritus que lo devuelvan a las entrañas de la Tierra, pero estos se burlan de él y le declaran finiquitado su poder. Además le comunican que Konrad ha sobrevivido al ataque y que en los próximos días celebrará su boda con Anna. Furioso Hans Heiling quiere vengarse de Anna y de Konrad, pero la reina de los espíritus de la Tierra le ordena que abandone sus planes y se lo lleva (de una oreja) de regreso a las profundidas del planeta, desde donde ella no hubiera querido jamás que se fuera. Cualquier similitud con algún caso de psicoterapia que conozca el lector no es pura casualidad.

Hay una conjunción de varios acontecimientos que justifica esta escenificación en este momento y lugar: las conmemoraciones del 150º aniversario de la publicación de El Capital, obra cumbre de Marx, e1 140º aniversario del Manifiesto del Partido Comunista (Marx y Engels), el bicentenario del nacimiento de Marx en Tréveris, y de Engels (en 2020) en Wuppertal (próxima a la cuenca del Ruhr) y el cierre el próximo 21 de diciembre de la última mina de carbón en actividad de Alemania, la Prosper Haniel con su planta de coque, en Bottrop (tras la clausura de la Auguste Victoria, en Marl/Haltern an See, el 18 de diciembre de 2015). Estos ceses constituyen un hito en el destino de esta región, cuya identidad se ha definido nítidamente desde el siglo XIX a través de la producción de carbón y de la industria pesada.

La versión de Baesler mantiene con gran brillo la tensión hasta el final; dirige a los intérpretes con suma precisión y sin caer en accionismos; no hay ni un momento de languidez. Ocurren tantas cosas sobre el escenario y tan rápidamente que la excelente música de Marschner pasa un poco a segundo plano. Ésta me trae más reminiscencias de Felix Mendelssohn Bartholdy, de Gioachino Rossini y hasta de Jacques Offenbach, antes que de Richard Wagner, de quien Marschner es considerado por la musicología un antecesor y lazo de unión con Carl Maria von Weber. Creo que se trata de una postura injusta, porque Marschner tiene méritos musicales propios.

Eduard Devrient había ofrecido en 1827 el argumento a Mendelssohn-Bartholdy, pero éste lo rechazó, debido a una supuesta proximidad a El cazador furtivo, de Weber. Cuatro años más tarde Devrient le pasó el texto, en principio, de forma anónima a Marschner, quien lo aprobó de inmediato con gran entusiasmo (la idea para la música ya la tenía desde 1923) y estrenó la ópera con el mismo libretista (y barítono) en el papel de Hans Heiling el 24 de mayo de 1833 en la Hofoper (hoy Staatsoper Unter den Linden) de Berlín.

La bellísima obertura, después del prólogo, es degradada a la categoría de banda sonora para proyectar un filme sobre la industria carbonífera en sus diferentes etapas, desde que era considerada una fuente de energía razonable y de gran porvenir hasta que se llega a la irremediable convicción de que debe prescindirse de ella por el daño que causa a la salud y al medio ambiente.

El compositor le concedió a la figura de Anna las más bellas melodías y Jessica Muirhead sabe apreciarlas con una frescura y un brillo estupendos. El aria del segundo acto, Wie war so tiefer Friede mir im Herzen, nos la entrega con una consagración que embelesa a la platea. Todo el elenco tuvo un destacado desempeño. Bettina Ranch, en su aria Des Nachts wohl auf der Heide muestra gran calidez en su registro e histrionismo y destila un intenso amor maternal por su hija. La voz de Jeffrey Dowd sonaba algo debil, encarnando a Konrad (pretendiente y novio de Anna, con la cual se casa) y no parecía demasiado cómodo en el papel.

Frank Beermann dirige con gran celo y puntillosidad a la orquesta Essener Philharmoniker y extrae con mucha fluidez de la partitura coloridas tonalidades, así como un dramatismo que emociona visiblemente al público. En algunos pasajes de su estructura la música recuerda efectivamente a El cazador furtivo. De pie, un millar de espectadores que colmaban las instalaciones del moderno Aalto Theater de Essen aplaudieron merecidamente durante prolongados minutos la representación. Me animo a predecir que la obra pasará a formar parte del repertorio permanente de este escenario.

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