Alemania

Libertad, control, pérdida del control

Juan Carlos Tellechea

lunes, 2 de abril de 2018
Düsseldorf., viernes, 9 de marzo de 2018. Ópera de Düsseldorf. Deutsche Oper am Rhein/Düsseldorf Duisburgo. Petrushka, ballet-burlesque en cuatro cuadros (versión revisada de 1947), con música de Igor Stravinski y libreto de Ígor Stravinski (1882 – 1971) y Aleksandr Benois, estrenado el 13 de junio de 1911 en el Théâtre du Chatelet, de París. // L'Enfant et Les Sortilèges (El niño y los sortilegios; una fantasía lírica en dos partes, 1925) de Maurice Ravel (1875 - 1937), con libreto de Colette (seudónimo de Sidonie-Gabrielle Claudine Colette), estrenada el 21 de marzo de 1925 en el Théâtre de Monte-Carlo. En francés con sobretítulos en alemán. Régie, Suzanne Andrade y Esme Appleton. Dibujos animados, Paul Barritt. Concepción, grupo de teatro 1927 (Suzanne Andrade, Esme Appleton y Paul Barritt). Escenografía, 1927 y Pia Leong. Vestuario, 1927 y Katrin Kath. Iluminación, Diego Leetz. Dramaturgia, Ulrich Lenz. Preparación escénica, Tobias Ribitzki. Intérpretes de Petrushka: Tiago Alexandre Fonseca (Petrushka); Paulina Räsänen (Ptitschka, la acróbata); Slava Volkov (Patap, el forzudo). Intérpretes de L'Enfant et les Sortilèges: Kimberley Boettger-Soller (el niño); Marta Márquez (la madre, la taza, la libélula); Romana Noack (la silla, la lechuza); Elena Sancho Pereg (el sol, la princesa); Iryna Vakula (el gato blanco, la ardilla); Dimitra Kotidou (el ruiseñor); Monika Rydz (una pastorcilla, el murciélago); Maria Boiko (un pastor); Torben Jürgens (la mecedora, el árbol); Dmitri Vargin (el padre tiempo, el gato negro); Cornel Frey (Dr. Mathe, la tetera, la rana); Sara Blasco Gutiérrez (el niño, doble). Coro de la Deutsche Oper am Rhein y de la Akademie für Chor und Musiktheater an der Johanneskirche, preparado por Christoph Kurig. Coro infantil, preparado por Justine Wanat. Comparsas de la Deutsche Oper am Rhein. Piano (en Petrushka) Rada Pogodaeva. Orquesta Düsseldorfer Symphoniker. Director invitado Marc Piollet. Una coproducción con la Komische Oper Berlin. 100% del aforo.
Petrushka/L'enfant et les sortileges © Deutsche Oper am Rhein

El grupo teatral británico 1927 (año de comienzo de la transición del cine mudo al cine sonoro) ha realizado una nueva doble producción, en su peculiarísimo estilo de combinar teatro, canto, acrobacias circenses, pantomima, ópera, cine mudo, dibujos animados, técnicas multimediales y música sinfónica, que con toda seguridad habrá de recorrer el mundo, como ocurriera con su singular versión de La flauta mágica. de Wolfgang Amadé Mozart, hace un lustro atrás (presenciada por casi 350.000 espectadores en 240 funciones en casi todo el globo, entre Europa, Estados Unidos y Asia).

Se trata del ballet-burlesque en cuatro cuadros Petrushka, de Igor Stravinski (escrita originalmente como pieza musical y en 1911 adaptada para los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev, con coreografía de Michel Fokine y el bailarín Vaslav Nijinsky en el papel protagonista), y de L'Enfant et les Sortilèges; Fantaisie Lyrique en deux partes (El niño y los sortilegios; fantasía lírica en dos partes), ópera en un acto de Maurice Ravel, reinterpretados en una excelente puesta de Suzanne Andrade y Esme Appleton, con dibujos animados de Paul Barritt (el trío encabeza el grupo 1927), con dirección musical de Marc Piollet que acaba de ser estrenada por la Deutsche Oper am Rhein, en la Ópera de Düsseldorf, en cooperación con la Komische Oper, de Berlín.

Impresiona sobremanera la excelente precisión que alcanza la interpretación de la música coordinada con las vertiginosas imágenes que mudan y giran ante nuestros ojos. Tras las dos horas que dura la función a uno le parece haber emergido de un estado onírico del que no hubiera querido despertar jamás o de la lectura de un cuento de hadas del que habría preferido que no llegara nunca a su fin.

Los superlativos que elijamos son pocos y se quedan cortos para elogiar esta puesta extraordinaria, sobresaliente que mantiene la tensión y la magia desde el primero hasta el último instante de la representación, a tal punto que los 120 minutos de duración pasan como si hubieran transcurrido a lo sumo 20 o 30 en total. El colorido sonido de la orquesta Düsseldorfer Symphoniker, excelentemente dirigida por Piollet, emana desde el foso para fusionarse sobre el escenario con la incontenible acción de actores, cantantes, coros y dibujos animados, como en un libro infantil con ilustraciones.

No es con bailarines de ballet, sino con acróbatas que el grupo 1927 da vida a Petrushka, la marioneta de la feria anual de la plaza del Almirantazgo de San Petersburgo, cuya historia es descrita en una sorprendente combinación de dibujos animados y artistas al estilo del Cirque du Soleil. La figura del mago o del charlatán del teatro de variedades, bocina en mano, invita al público a entrar a ese multicolor universo con una amalgama de equilibrismo, acrobacias aéreas y payasadas, de la mano del portugués Tiago Fonseca (Petrushka), la finlandesa Pauliina Räsänen (la acróbata) y el ruso Slava Volkov (el forzudo). Los dibujos evocan las pinturas de la vanguardia rusa (suprematismo, de Kasimir Malévich, el constructivismo, de Aleksandr Ródchenko y El Lissitzky, entre otros) de comienzos del siglo XX.

En L'Enfant et les Sortilèges destacan fantásticamente el niño de la mezzosoprano Kimberley Boettger-Soller, la madre (taza y libélula) de la mezzosoprano puertorriqueña Marta Márquez, la silla (lechuza) de la soprano Romana Noack, y el sol (princesa) de la soprano española Elena Sancho Pereg, con numerosos otros miembros de la Deutsche Oper am Rhein, su coro y comparsas, así como el coro infantil de la Akademie für Chor und Musiktheater an der Johanneskirche, de Düsseldorf.

Tras el gran éxito alcanzado con La flauta mágica llovían al grupo 1927 desde todos los rincones del planeta ofrecimientos para hacer nuevas producciones. Sin embargo, Andrade, Appleton y Barritt los rechazaron a todos sin excepción, hasta que el australiano Barrie Kosky (director de la Komische Oper Berlin) les presentó una interesante oferta. Muy inteligentemente, Kosky no les confió esta vez una obra taquillera y de repertorio, sino una combinación estética que se desenvuelve en otras esferas. Así fue como nació este paquete doble de Petrushka/L'Enfant et les Sortilèges. 1927 traza aquí con éxito una sólida línea de separación entre su quehacer y los trillados cartoons estadounidenses.

Koskie procuraba calmar de esta forma a quienes criticaban La flauta mágica a guisa de película cinematográfica y, de paso, sin tener que preocuparse más por explicar los fundamentos psicológicos de la a menudo confusa acción de los personajes de Mozart, cosa que no ocurre en absoluto con este binomio. Por un lado, se cuenta aquí la historia de los muñecos de una feria que adquieren fantásticamente alma humana, y por el otro, la de un niño que muy enfadado por haber sido puesto en penitencia protesta contra su madre y devasta su habitación, pero los muebles, juguetes y animales se vengan de él.

El inusitado acoplamiento entre Petrushka y L'Enfant et les sortilèges va de la libertad, el control y de la pérdida de control en ambas piezas. Stravinski y Ravel serían, en tal sentido, hermanos espirituales en el tratamiento del asunto. Petrushka trata de liberarse del omnipotente control del marionetista. El niño, por su parte, pierde el control sobre sí mismo.

Libertad absoluta solo se da paradójicamente al comienzo, cuando el chico puede bailar a sus anchas como dibujo animado sobre la pantalla o cuando de ira le crecen dos cuernos como a un diablillo. A lo largo de la obra es dable reconocer que no puede haber libertad absoluta, cuando se asumen tanto la responsabilidad por los actos cometidos como las consecuencias resultantes.

No hay que estar necesariamente de acuerdo con la convicción del grupo 1927 de que para disfrutar de la poesía del lenguaje visual no es relevante que los actores sientan emociones, sino que muestren al público esos sentimientos bajo la forma de gestos claros y simbólicos. Barritt se orienta en Petrushka hacia el constructivismo ruso con sus dibujos animados. El cintelante inicio del ballet de 30 minutos de duración muestra sobre la pantalla pájaros volando como saetas. La música de Stravinski tuvo que haber sido estudiada y oída necesariamente con una minuciosidad acalambrante por el trío para plasmar esos impulsos sonoros en imágenes rebosantes de fantasía, chispa y humor negro.

Los visitantes del parque de atracciones se sienten fascinados por el colorido y son animados a ingresar a él: ¡Entren!!! ¡Entren!!! ¡Entren!!! reza el texto en caracteres cirílicos rusos reproducido sobre la pantalla, como si estuviéramos viendo un filme de cine mudo. En blanco y negro se ve la carcel en que son encerrados los muñecos por el mago. Räsänen (la acróbata) y Volkov (el forzudo) ofrecen números de equilibrismo impresionantes. El papel de Tiago Alexandre Fonseca (Petrushka), muy ágil y suelto, es el de un payaso triste que suspira más por alcanzar la libertad que por recibir amor. Hay muchos efectos subliminales en todo esto. El fallido intento de fuga del sistema represor que finalmente lleva al clown al suicidio, puede interpretarse asimismo como una parábola sobre el régimen de la extinta Unión Soviética.

La ambivalencia de la marioneta sin alma que es despertada por arte de magia, como un autómata, había impactado a los espectadores en 1911 en medio de las innovaciones industriales que presenciaban entonces. Aquí el sismógrafo está atento a otra revolución, la de la era digital; y la contraposición entre el hombre y la máquina se funde ahora bajo una forma artística que surte gran efecto. Las figuras son de origen muy diverso, técnica y estéticamente hablando. Barritt recorta algunas con tijeras, como es el caso de la inmensa rata que se le aproxima amenazadoramente a Petrushka. En otros casos, las oscuras manos del mago, como si fueran las de un dios, cogen desde el margen superior del escenario a los bailarines para hechizarlos.

Miles de secuencias fueron editadas con un complicado programa de computadora para completar la cinta que parpadea ante nuestras retinas, mientras Piollet desenrrolla la partitura con la orquesta Düsseldorfer Symphoniker de forma firme, inexorable, exacta, con enorme virtuosismo, sin palabras, pero con una expresividad asombrosa. Logra así una interpretación muy clara, de nítidos contornos en esta mezcla de sonidos populares y vanguardistas.

Jazz y tango, impresionismo y abstracción vienen a nuestros oídos y pupilas con las modernas tonalidades que compuso Ravel entre 1917 y 1925 para la ópera en un acto El niño y los sortilegios; una fantasía lírica en dos partes, con libreto de la novelista, periodista, guionista, libretista y artista de teatro de variedades, revistas y cabaré Sidonie-Gabrielle Colette (1873–1954), estrenada el 21 de marzo de 1925 en el Théâtre de Monte-Carlo. Dicho sea al margen, Colette alcanzó enorme fama internacional con su novela Gigi (1944), llevada a la pantalla grande por Vincente Minelli en 1958, con Leslie Caron, Maurice Chevalier, Louis Jourdan y Jacques Bergerac, entre otros.

En L'Enfant et les Sortilèges intervienen cantantes, aunque sus voces se escuchan mayormente en off, por lo que se incrementa la confusión sobre los personajes que actúan sobre el escenario y los que lo hacen virtualmente en la pantalla. La figura del niño va por partida doble con la soprano Boettgner-Soller y con la bailarina española Sara Blasco Gutiérrez. En esta versión el niño es un gordo antipático, vestido con uniforme de boy scout, pataleador y despiadado con muebles (entre ellos un reloj cucú), libros, árboles y animales (tira de la cola sin compasión a un gato y quiere cortársela a una ardilla) al punto de que éstos se vengarán con una serie maratónica de hechos alucinantes, de pesadilla, como lo veremos en el transcurso de la acción.

Primero el chico casi se ahoga en té hirviendo; después el sol (radiante, con su estupenda coloratura Elena Sancho Pereg) incendia las bucólicas escenas pastorales del empapelado de su cuarto; más tarde se le aparecen gatos gigantescos, mientras las sillas vuelan por el aire; y finalmente el Dr. Mathe (un personaje monstruoso con la cabeza de color verde) lo atormenta con complicados deberes de aritmética.

Si bien el lenguaje de símbolos es fascinante y convincente a lo largo de la obra, la moral de la historia no llega realmente a la platea, queda insoluble incluso en las caricaturas; esto es, que el niño logra por fin comprender cómo los actos y sus consecuencias están conectados entre sí, al verse cara a cara con las circunstancias que ponen en peligro su vida. Sea como fuere el ejército de ardillas, murciélagos y ruiseñores que se forma para ajustar cuentas con él resulta gracioso, muy ocurrente.

Más severa es, en cambio, la conducta de la madre (Marta Márquez de negro riguroso), llamada por el niño en su situación de emergencia. Ella aparece y ahuyenta a los fantasmas, pero rehusa abrazar a su hijo, una muestra de cariño que éste necesita en estos momentos urgentemente, por más que el cartel al cierre reconozca que, pese a todo lo ocurrido, él es bueno, él es obediente. Aplausos y ovaciones incontenibles del público, de pie, durante prolongados minutos cerraron esta magnífica velada en la Ópera de Düsseldorf.

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