Entrevistas

Karl-Heinz Steffens: las audiencias de los últimos doscientos años han tenido pelo gris

Irene García Cañedo

viernes, 23 de marzo de 2018
Karl-Heinz Steffens © 2018 by Irene García Cañedo

Entrar en el Hotel Wenstin Palace de Madrid es una experiencia en sí misma. Por un lado su situación, en el centro del llamado “triángulo del arte”, a unos pasos de los Museos Reina Sofía, Thyssen y el Prado. Por otro, la megafonía del interior del hall, que aporta una deliciosa banda sonora a nuestra llegada. ¿Qué mejor que una melodía interpretada por un cuarteto de cuerda para comenzar una entrevista con el prestigioso director de orquesta alemán Karl-Heinz Steffens? El encargado llama por teléfono a la habitación del Maestro y este contesta: “¡Aún faltan dos minutos!”. Su puntualidad es exquisita, y a las tres en punto aparece en el hall del edificio, donde habíamos quedado. Me saluda y me pide que le acompañe a uno de los múltiples y lujosos salones de la primera planta. Sugiere que nos apartemos un poco para que la entrevista sea más tranquila, pero el hilo musical de la megafonía nos persigue allá donde vamos. Kar-Heinz menciona que está cansado y que necesita beber y comer algo, pues acaba de hacer su entrada en el hotel y los últimos días están siendo frenéticos. El director alemán ha puesto su batuta al servicio de la Orquesta Philarmonia de Londres, y se encuentran inmersos en una gira de conciertos por España. Tras actuar en Girona y Barcelona, el turno le ha tocado por fin a Madrid, donde actuarán esta tarde.

Karl-Heinz Steffens creció en Tréveris, una pequeña ciudad alemana, y en la banda de su pueblo, con el clarinete, tuvo su primer contacto con la música.

Cuando tenía 13 o 14 años algo cambió dentro de mí, no sé el qué — se ríe al recordarlo—, pero entonces supe que quería ser músico.

.Cuando este sueño se hizo realidad fue toda una sorpresa, y Steffens lo cuenta con un semblante más serio:

Nadie se hubiera esperado que ese niño pequeño, que pertenecía a la banda de ese pequeño pueblo, pudiera llegar tan lejos.

Ir al conservatorio ya fue un éxito y, mientras me expresa lo orgulloso que se sintió cuando le nombraron primer clarinetista del Teatro Estatal de Kassel, el camarero nos interrumpe para dejarnos sobre la mesa su agua con gas y un platito de frutos secos.

Cuando ya comenzaba a crearse un nombre como clarinetista, la Filarmónica de Berlín le llamó para pedirle que formase parte de su orquesta, pero por motivos personales tuvo que denegar la petición. Unos años más tarde, cuando él se encontraba en Múnich, volvieron a llamarle, y él no pudo rechazar su oferta.

Por supuesto, ser miembro de esta formación era y es el sueño de todo instrumentista, al menos en Alemania,

añade el maestro con una sonrisa. Según su modo de ver, si un joven se dedica a la música "debe sentir que su deber es adquirir más responsabilidad”. Quien quiera ser músico debe tener una voz interna que le inste a trabajar y trabajar y trabajar. Karl-Heinz menciona:

Los mejores músicos que conozco son los que realmente trabajan duro, muy duro. Nunca paran.

Este trabajo sin descanso que es necesario para tocar en las mejores de orquestas de Europa tiene sus partes negativas. Steffens habla de que el primer sentimiento que te embarga cuando formas parte de la Filarmónica de Berlín es el orgullo de haber superado en la competición a muchos otros fantásticos músicos.

Pero después llega la constante sensación de presión por todo aquello que se espera de ti —confiesa el maestro—. Algunos pueden lidiar con ella y otros tienen problemas.

Conocidos de Steffens han llegado a tener problemas con esta responsabilidad, repercutiendo negativamente en aspectos psicológicos y físicos del músico. Lo compara a ser campeón olímpico durante muchos años seguidos, con la diferencia de que los y las deportistas dejan su trabajo cuando cumplen 30 años, el músico tiene que continuar. Y luego entra la vida, que trae dicha pero también problemas.

Combinar la vida, llena de cosas buenas y malas, con tu trabajo en la orquesta y dando siempre la mejor calidad, es un desafío pero es posible.

La pregunta que más gracia le hace es esa que está cansado de repetir:

Cada día desde hace diez años alguien me pregunta por qué dejé mi puesto de primer clarinete en la Filarmónica de Berlín para aprender a dirigir.

Mientras Karl-Heinz piensa cómo responder, finge resignación de manera cómica al tomar un anacardo:

Siempre estuve interesado en conocer la partitura completa —empieza—. Cuando era estudiante leía y guardaba bajo mi escritorio partituras de Wagner, Brahms…

Ríe recordándolo. Para él tocar el clarinete era algo maravilloso, pero siempre buscó algo más, una responsabilidad que fuera más allá de la propia línea de su instrumento.

"Me interesaba la interpretación y entendimiento de la obra completa”, hasta el punto de que se le hizo obvio que llegaría el día en que dijese: “Suficiente, necesito ser director”.

Para entrar en el mundo de la dirección de orquesta se necesita un conocimiento de los aspectos básicos de la música, sin los cuales sería imposible analizar una pieza.

Dirigir es como bailar ballet a través de la música. Es organizar la forma de una pieza de arte musical de acuerdo con lo que está escrito en la partitura,

opina el maestro Steffens. A su juicio, el dirigir debe ser educado:

Una pieza como la Eroica, de Beethoven, que interpretaremos esta noche, combina ideas literarias, musicales… ¡incluso ciencia! Porque está pensada matemáticamente.

Entender todo esto es mucho trabajo, pero esa es la vida de un músico: “El trabajo es nuestra vida”.

La educación de la que habla el Maestro no puede venir sola, y a Karl-Heinz lo que más le ayudó a llegar a ser alguien fue la gente que confió en él:

Daniel Barenboim me vio dirigir cuando yo no era nadie. Quiero decir, ya era solista en la Filarmónica de Berlín, pero él me abrió puertas.

Como director, solo se aprende haciendo y, como dice Steffens, no es posible sentarse en la habitación a dirigir al espejo.

Yo necesitaba gente que confiase en mí, y hubo instituciones y orquestas a las que gusté y quisieron darme la oportunidad de ofrecer otro concierto, otro programa… Querían ver de qué era capaz.

Dirigir una orquesta por primera vez es, como lo define Karl-Heinz, una aventura:

Cada orquesta crea una química entre los integrantes y su director. Básicamente los primeros cinco minutos lo deciden todo. Es algo que no puedes predecir, a veces empieza bien y después de cinco minutos alzas la mirada al cielo y juras que nunca va a funcionar.

Enfrentarse a una nueva orquesta consiste en intentar comprender cómo funciona su química, si los elementos se están juntando bien, si entienden o no el lenguaje verbal y corporal del director.

Dirigir una orquesta escandinava, por ejemplo, es dirigir a personas muy distantes, apenas sonríen. Me siento irritado, porque no puedo entender las emociones en sus caras. A los españoles se os ven muy bien las emociones en el rostro —se ríe señalándome, haciéndome reír también—. Sucede lo mismo en Japón, no ves nada. Haces una broma y todo el mundo está serio —compone una mueca impasible para ejemplificar—. ¿Les ha gustado? ¿La odian? ¿Piensan que soy idiota?

Se vuelve a reír y niega con la cabeza, como si se rindiera. Sin lugar a dudas, la mentalidad de cada país influye mucho en sus orquestas, pero Steffens, ante todo, intenta tener una relación amigable, personal y cercana con los músicos a los que dirige.

Para terminar nuestra entrevista, le pregunto sobre las polémicas nuevas generaciones, las que heredarán el legado musical y de las que tantas veces se dice que no saben apreciar la música clásica.

Como dije ayer en otra conversación —empieza el maestro—, las audiencias de los últimos doscientos años han tenido pelo gris. Solo las personas que han llegado a la mitad de su vida empiezan a interesarse por la música clásica, por el arte clásico.

Quizás el problema esté en la total digitalización de la música, pues hace a las personas conscientes de que todo está preparado con anterioridad.

Sabemos que todo lo que escuchamos, lo que escuchamos ahora —señala a nuestro alrededor, refiriéndose a esa melodía preparada para amenizar la velada de los clientes del hotel—, ha pasado por más de cien filtros.

Me pide que piense en los niños, en un cumpleaños lleno de niños pequeños, gritando y riendo todo el tiempo:

Si se te ocurriese en medio de la fiesta reproducir algo de música clásica o encender la radio, los niños continuarían gritando como si nada. Pero si sacases un instrumento, un clarinete, una flauta o un violín, y tocases dos notas, los niños pararían inmediatamente para escuchar.

La música en directo, la música real, provoca un efecto fisiológico totalmente diferente. Quizás los jóvenes desconecten la mente cuando entren en el hall del Winston Palace y el hilo de música de ascensor taladre sus oídos, pero desde luego, asistir a un concierto de la Philarmonia de Londres dirigida por el Maestro Karl-Heinz Steffens es una experiencia que vale la pena disfrutar.

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