España - Castilla y León

Acepto el reto, maestro

Samuel González Casado

miércoles, 11 de abril de 2018
Valladolid, viernes, 6 de abril de 2018. Auditorio del CCMD. Eric Silberger, violín; Arnau Tomàs (violonchelo); Varvara (piano). Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Alexander Polyniachko, director. Ludwig van Beethoven: Triple concierto para violín, violonchelo y piano en do mayor, op. 56. Shostakóvich: Sinfonía n.º 5 en re menor, op. 47. Ocupación: 95 %.
Alexander Polyanichko © 2018 by OSCyL

Hay ocasiones en que escribir críticas o reseñas es un ejercicio un poco absurdo. Publicar sobre un concierto de una orquesta y escenario habituales se convierte en un correlato cómodo cuando todo se inserta en unos determinados parámetros, que a veces rozan lo excelente y otras se mueven en una rutina que puede incluso llegar a ser placentera. El problema de escribir surge cuando la orquesta se reconoce, pero el escenario no. Algo cambia el espacio y la totalidad de lo que ocurre en él, porque existe una nueva relación entre sus elementos.

La OSCyL es una orquesta que a veces ofrece grandes versiones. Pero no ha sido habitual ese grado de compromiso con la interpretación de una obra. No se trata de que se haya tocado la Sinfonía n.º 5 de Shostakóvich con gran perfección técnica, claridad, concentración expresiva...; o gradaciones dinámicas impecables y a la vez imaginativas, significativas. Se trata de una transformación entre la relación de orquesta y director en la que la primera nunca dio la sensación de seguir al segundo. Por ejemplo, las maderas, en el Largo, crearon una asombrosa línea libre que también era la línea del director. Los contrabajos produjeron una plataforma tan sólida como delicada. Todo estaba imantado y orbitaba así. De otra manera, no hubiera sido posible transmitir, desde un marco tan puro musicalmente, semejantes dosis de tensión, embalada en una discreta forma conceptista en el que el sentimiento pugnaba por zafarse de la música y lo logró solo aparentemente en algunos tutti (por cierto: qué maestría la de Polyanichko para graduar los fortes). Si escribo que el espíritu de Mravinski paseó por la Sala Sinfónica del CCMD el aficionado tendrá una idea bastante aproximada de lo que allí se experimentó. Polyanichko lanzó un reto, y la orquesta aceptó, convertida en una causa. La suya.

Creo que, de la misma forma que es ilógico hablar de las propiedades organolépticas de un agua cuando se ha convertido en vapor, está fuera de lugar juzgar esta interpretación de la Sinfonía n.º 5 de Shostakóvich bajo los parámetros habituales, pese alguna pequeña descoordinación que no logró empañar nada. Claro, nada que ver con esa primera parte de bienintencionada rutina, con un Triple de Beethoven que contó con solistas en general eficientes pero con algunos momentos en los que es mejor pasar página, y un encantador segundo plano orquestal que ya fue dejando miguitas por el camino hacia ese recién descubierto ochomil: preciosa introducción orquestal, con pianos y dinámicas marca Polyanichko. Lo que vino después ha de considerarse muy seriamente para volver a contar con un director que ese viernes permitió tantos momentos de plenitud.

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