España - Cataluña

¿Cuántos recuerdan hoy a Hans Hotter?

Jorge Binaghi

martes, 10 de abril de 2018
Barcelona, viernes, 6 de abril de 2018. Palau de la Música. Recital de Bryn Terfel, bajobarítono, acompañado por el Orfeó Català (Simon Halsey, director) y el Cor Jove de l’Orfeó Català (Esteve Nabona, director). Orquesta Gulbenkian. Director: Gareth Jones. Arias, coros, canciones y fragmentos orquestales de Verdi, Boito, Wagner, Mussorgski, Keen, Rodgers y Hammerstein y Bock. Bis: canción tradicional galesa
Bryn Terfel © 2018 by Palau de la Música

Con un programa tan variopinto y un protagonista tan pintoresco uno no sabe muy bien qué decir… No sabemos muy bien por qué ni quién decide que un artista es excesivo o por el contrario un genio a veces algo excéntrico. Con Terfel, sobre todo en concierto, del tipo que sea, yo me encuentro en un momento de un lado y en el siguiente del otro. Indudablemente conecta con el público, pero para eso hay varios modos y a mí nunca me ha parecido el mejor ponerse a charlar y ser (o hacerse) simpático. No me parece bien en un actor/actriz (¿o he de decir actora?), no me parece bien en un instrumentista (y hete aquí que la voz es, ante todo, un instrumento). Tratemos de describir y en lo posible evaluar las idas y vueltas de semejante panorama lírico.

Empezamos con una obertura de Nabucco bien ejecutada, pero totalmente falta de tensión dramática (la orquesta sonó siempre muy bien, las interpretaciones de Jones no superaban el oficio, y en Verdi la falta de nervio y de ‘pathos’ es mortal). Apareció luego el pletórico Terfel toalla en mano que utilizaría para poner aún más de relieve su abdomen en el monólogo del honor de Falstaff (que vino en segundo lugar, y del que dio una buena versión, con un sonoro agudo final, aunque sus explicaciones sobre personaje y título fueron absolutamente prescindibles). Pero empezó como el diablo de Boito en su primera aparición en Mefistofele: ‘Son lo spirito che nega’. Sin duda alguna fue diabólico en el sentido de los films mudos o del primer sonoro, pero sus exageraciones no lograron cubrir el hecho de que los graves son insuficientes (ninguno de los vociferados o gruñidos ‘no’ fue acertado), de que el timbre salía sucio(las dos primeras frases fueron un suplicio). Lo que hizo realmente bien, y lo explotó con creces, fue el dichoso silbido. Ignoro por qué no eligió ‘Ecco il mondo’, que vocalmente le sentaría más (aunque no le permitiría sacar a relucir su parte exhibicionista). Tras el mencionado ‘L’onore o ladri’ intervinieron nuevamente orquesta y ahora el coro. El ‘Va, pensiero’ de Nabucco fue bien cantado, pero, gracias a la dirección, carente de emoción por un fraseo académico y fuertemente escandido (de hecho , no se produjo el tumulto que suele cuando se interpreta esta página y eso que el público, numeroso, estaba muy dispuesto a demostrar su fervor). Peor le fue al coro de peregrinos de Tannhauser, donde la sección masculina no estuvo muy lucida que digamos. El final de la primera parte llegó con el final de La valquiria de Wagner, uno de los grandes momentos de Wotan, del que Terfel ha sido últimamente un intérprete de considerable estatura (por detrás de su excelente Hans Sachs en Meistersinger). La orquesta estuvo en su mejor momento y él cantó una espléndida invocación al dios del fuego, Loge por la firmeza del canto y el esplendor del agudo. En la despedida propiamente dicha, que fue buena, hubo algún baile en el texto (cantó todo sin partitura, lo que es de destacar como algo positivo y cada vez más raro), pero sobre todo hubo algunos momentos en que la voz no se mostró del todo controlada (‘lachende Lust’o sobre todo el difícil ‘Der Augen leuchtendes Paar’) y el fraseo de un momento tan estremecedor como ‘der freier als ich, der Gott!’ no superó lo convencional.

La segunda parte fue bien dispar en contenido aunque mucho mejor en resultado. Comenzó con el mejor momento operístico de la velada, la muerte de Boris Godunov, completa, con coro y solista –no identificada- para la parte de Fiodor el zarévich. Aunque tal vez no hubiera sido necesario que se arrodillara durante la parte final la expresividad y el canto fueron óptimos (y eso que la orquesta estuvo algo fuerte). Después vino la ‘obertura’ (en mi ignorancia yo pensaba que era un preludio) de La Traviata, absolutamente desangelado, seguido de un coro de los herreros de Il trovatore, que fue el mejor momento del coro y donde la orquesta estuvo mucho mejor. De esos dos autores y fragmentos tan contrastantes y no demasiado armoniosos entre sí pasamos a una canción compuesta por Marta Keen, ‘Homeward bound’ para barítono y coro, que fue muy buena aunque el valor musical intrínseco no haya estado a la altura de lo anterior. Llegados a este punto tuvimos derecho a la evocación de su lejana primera actuación en Peralada y por primera vez fuera de su país. De paso evocó a Carmen Mateu, a la que se dedicó el concierto ante su reciente desaparición, a Carreras, que lo había conocido en el momento de aquel famoso concurso de Cardiff (tuvo unas palabras –y me pareció lo único relevante y verdaderamente sentido- para su ‘rival’ de entonces, el también desaparecido Hvorostovski), contó una anécdota vivida con Paata Burchuladze en ese festival de Peralada y recordó que Juan Pons cantaba en travesti una ópera de Donizetti –o sea Viva la mama, pero el título no le vino a la memoria.

Reanudando la parte de música pasamos justamente al musical americano (en otros tiempos no tan lejanos se hubiera preferido que dejara estos fragmentos para los bises y siguiera con la ópera, pero ya sabemos hoy que todo es música y cuanto más cross-over más versatilidad) con la obertura de South Pacific, de Rodgers y Hammerstein, bien ejecutada. A mí me gusta muchísimo el género y este título es uno de mis preferidos, y su número más famoso ha sido piedra de toque para todo tipo de cantantes de ambos sexos. ‘Some enchanted evening’ tuvo aquí una muy buena versión, y mejor aún fue la que concluyó el programa, ‘If I were a rich man’, el notable solo del protagonista,Tevye, de The fiddler on the roof, de Bock. Terfel aquí estuvo realmente extraordinario porque además no sólo estuvo justificado cuanto gesto hizo, sino que empezó, como corresponde, un poco antes, con el ‘recitativo’. Una gozada que arrancó vítores, aunque no consiguieron más que un solo bis. El cantante fue claro: agradeció a orquesta y coro (y al director, con el cual había jugado en algún momento, ya que lo conoce desde los tiempos de ambos en Gales), lamentó no poder cantar con ellos el Te Deum de Tosca, que prometió para una próxima vez (‘no dejes para mañana….’), y se despidió con una canción galesa –no podía, correctamente, faltar de un recital suyo-que se escuchó también en el film El imperio del sol, ‘Suo Gan’. Se trata de una bonita canción de cuna. No sé si hacía falta que fingiera tener un niño en los brazos, acunarlo y hacerle monerías, y menos pasarlo al director que, cómicamente, lo dejó caer.

La crítica está terminada, pero desearía agregar algo aunque los destinatarios seguramente no lo leerán… Pese al habitual recordatorio sobre los teléfonos móviles muchos estuvieron grabando, fotografiando, consultando. La pareja que llegó a último momento, para mi desgracia, a los asientos 2 y 4 de la fila 16 de platea (en la segunda parte pude cambiarme de lugar) se destacó por los comentarios constantes de ella, que además se dedicaba a buscar los textos en su pantalla (es cierto que se acabaron los programas, pero no mirar ni una vez al artista aunque luego se lo aplauda no parece muy lógico, y menos el enfado porque se le solicita que acabe ya de molestar). Él, más comedido, hablaba menos, pero en un momento dado empezó a filmar la sala (en algún momento incluso el escenario, supongo que como un detalle decorativo más), que sabemos que es una maravilla, pero que se puede filmar o fotografiar en muchos otros momentos, como hace la mayoría (selfies incluídos); también respondió mejor cuando se le dice que ya está bien. ¿No sería mejor quedarse en casa o en un restaurante? Claro que no comprarían entradas, y eso hace falta, hoy más que nunca, pero no sé cuál es el placer que se obtiene y sí cuánto se fastidia al prójimo. Sigo expresando mi deseo de que los teatros (también los de prosa, y los cines) pongan sus salas a salvo de wifis y otras torturas modernas; ya sé que es algo irrealizable y que delata mi avanzada edad y poca flexibilidad, dos cosas un tanto molestas hoy en día, aunque menos que la memoria y las eventuales comparaciones. Después de todo, ¿cuántos recuerdan hoy a Hans Hotter?

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