España - Andalucía

Zarzuela 2.0: renovarse o morir

Raúl González Arévalo

jueves, 12 de abril de 2018
Sevilla, miércoles, 4 de abril de 2018. Ruperto Chapí: La Revoltosa, sainete lírico en un acto (1898) con libreto de José López Silva y Carlos Fernández Shaw. Versión libre de Guillem Clua. Ana María Marco (Mari Pepa), Alberto Frías (Felipe), María José Garrido (Soledad), Cielo Ferrández (Encarna), Nuria Pérez (Gorgonia), Joselu López (Cándido), Pascua Laborda (Tiberio), Javier Ariano (Atenedoro), Felipe Fosrastieri (Señor Candelas), Natán Segado (Nacho), Paula Sánchez, María Arévalo, Cristina Teijeiro y Lara Sagastizábal (chicas), José Luis Fernández (Pitos), Antonio Buendía (Un chico). Jorge Díaz e Iria Rodríguez (violines), Adrián Arechavala (viola), Laura Algueró (violonchelo), Carmen Terol (flauta), Roberto Fernández (percusión), Laura Rodríguez (piano), Raquel de la Cruz (contrabajo). David Rodríguez, dirección musical. José Luis Arellano, dirección de escena. Guillem Cua, adaptación del texto. Javier López de Guereña, adaptación musical. Silvia de Marta, escenografía y vestuario. Juanjo Llorens, iluminación. Álvaro Luna, videoescena. Producción: Teatro de la Zarzuela. Proyectos Educativos. Proyecto Zarza.
La Revoltosa según Clua © Teatro de La Zarzuela

Aunque ya lo avisaba La verbena de la Paloma (“hoy las ciencias adelantan, que es una barbaridad”), es difícil imaginar algo más alejado de la zarzuela que las redes y la tecnología. Sin embargo, Facebook, Twitter, Whatsapp e Instagram son algunas de las claves con las que Guillem Clua y el Proyecto Zarza han buscado acercar el género chico a los más jóvenes. Sacrilegio para unos, supervivencia para otros, según lo vea cada cual. La verdad es que la lírica es uno de los campos artísticos donde más se resiste la tradición, mal entendida. Sin hacer campaña del progreso por el progreso, no es menos cierto que las producciones modernas son recibidas (casi) siempre con sospecha, toleradas unas veces, vituperadas algunas más, con razón y sin razón, por el mero hecho de no atenerse escrupulosamente a una tradición que, de inmovilista, se convierte en rancia.

Sin embargo, no debería ser nada escandaloso. Las adaptaciones son recibidas como algo normal en otros campos, desde el teatro hasta el cine, empezando por las películas de la factoría Disney y siguiendo por las que toman como punto de partida una obra literaria, clásica o no: no creo que muchos se lamentaran porque la película Troya se tomaba numerosas licencias respecto a La Ilíada de Homero, y a buen seguro acercó la Guerra de Troya a muchos jóvenes e incluso despertó curiosidad por saber más de Héctor, Paris, Elena, Príamo, Agamenón, Áyax, Casandra y tantos más.

En el mundo de la lírica se toleran mejor los cambios en las obras barrocas que en las románticas del siglo XIX. En un género fruto de un contexto social, político, cultural y económico concreto y en constante movimiento resulta inevitable que las tramas resulten anticuadas al público más joven, que encuentra prácticamente imposible identificarse con ellas. Así, es difícil, por no decir casi imposible, que se dé un acercamiento espontáneo. La zarzuela es de naturaleza costumbrista por definición. Pero las costumbres “populares” que reflejaba, aunque sea una obviedad decirlo, han cambiado mucho. Sin embargo, como todo espectáculo teatral, la regeneración del público es imprescindible para que no muera. Renovarse o morir. Y desde la renovación tal vez sea posible el conocimiento y el regreso a la tradición. O no.

Es una realidad que el público de lírica, ópera y zarzuela, no es un público joven. Basta acudir a cualquier función regular de cualquier teatro de Occidente. Muchas son las razones, pero quiero destacar particularmente dos que considero importantes, las económicas (es caro asistir) y las culturales (no resulta atractivo). En este contexto, el Teatro de la Zarzuela ideó el Proyecto Zarza con un objetivo claro: acercar el género al público más joven para renovarlo. Una clave fundamental ha sido que los títulos que se ofrecieran estuvieran hechos por y para jóvenes. Además, ha salido de la casa madre y realiza giras que incluyen funciones para familias y para centros educativos, como precisamente la que llegó a Sevilla y se ofreció en el Teatro de la Maestranza, en una reposición de un título cuya adaptación se preparó en 2016. Los cambios no afectan solo al texto y la escenografía, también son musicales. Así que el espectador y el crítico “clásicos” tienen que cambiar la clave de lectura con la que se acercan al espectáculo. Otra cosa sería una pérdida de tiempo y, en mi caso, una redacción inútil. Aviso para navegantes: absténganse los puritanos. Aunque, en mi opinión, la propuesta funciona, y muy bien.

Para rematar la operación, al final de la función los intérpretes se sientan en el proscenio y establecen un diálogo con el público presente, que fue tan interesante como la propia adaptación: no solo no es habitual compartir una función de zarzuela con un teatro lleno de adolescentes de secundaria, menor aún es la posibilidad de conocer cómo la reciben, sus inquietudes, sus críticas y sus propuestas. Y fue evidente que lograron sorprender a los protagonistas, a pesar de no ser la primera función que hacían.

Si hay algo que cambia más lentamente que el contexto son las relaciones personales porque el ser humano es el mismo en esencia, aunque alteren los códigos de comunicación. La corrala en la que se desarrolla La Revoltosa es un espacio de convivencia en el que se relacionan los personajes y discurre la trama. Ahora el punto de encuentro es el botellón y, paralelamente, las redes, en las que suben fotografías, ponen comentarios y “me gusta” que terminan por conformar una realidad virtual, que sin embargo tiene consecuencias reales. Una vez más, el teatro como la vida misma.

Yendo un paso más lejos, la adaptación del texto aprovecha para analizar las relaciones de pareja entre los más jóvenes. En un momento en el que todos los estudios confirman un avance del machismo en las edades más tempranas, con indicios preocupantes de control del hombre sobre la mujer en unos niveles que se creían superados, sin duda fue otra de las claves que lograron enganchar a los chavales presentes. Que, sin embargo, y aun aprobando el giro, tampoco dudaron en reclamar cambios más profundos para que el mensaje de libertad personal de las mujeres hubiera sido más rotundo. De la misma manera que también reivindicaron una mayor diversidad en la sexualidad y las relaciones personales con la inclusión de parejas homosexuales y personajes transgénero. Fantástico.

No me olvido de la producción: la adaptación instrumental para conjunto de cámara con ocho músicos fue suficiente para hacer reconocible lo esencial de la música de Chapí. La interpretación fue absolutamente correcta y llena de ritmo. Además, la interacción de los músicos con los actores les daba un protagonista inusual. Queda la duda de cómo habría sonado la música si se hubieran incluido instrumentos modernos (guitarra eléctrica, órgano, batería), como también reclamaron los chavales del público en el debate. A buen seguro se habría acercado más al musical, en consonancia con la puesta en escena.

Respecto a los actores-cantantes, como ellos mismos explicaron, tenían procedencias diversas (artes escénicas, conservatorio) pero con una amplia formación que les permitía desenvolverse con soltura en la actuación, el canto y el baile. Destacaron en particular los dos protagonistas, Ana Cristina Marco y Alberto Frías, los más completos y quienes tenían los papeles más comprometidos, los demás resultaban más cercanos al musical, aunque estuvieran muy adecuados en sus cometidos en esta adaptación.

Por último, no quiero terminar esta reseña sin una reivindicación: No a la fusión del Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela.

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