España - Cataluña

En buena forma

Jorge Binaghi

viernes, 13 de abril de 2018
Barcelona, domingo, 8 de abril de 2018. Gran Teatre del Liceu. Attila (La Fenice, Venecia, 17 de marzo de 1846), libreto de Temistocle Solera, y música de G. Verdi. Versión de concierto. Intérpretes: Ildar Abdrazakov (Attila), Vasily Ladyuk (Ezio), Anna Pirozzi (Odabella), Josep Bros (Foresto), Josep Fadó (Uldino) e Ivo Stanchev (León I). Coro (preparado por Conxita García) y orquesta del Teatro. Dirección de orquesta: Speranza Scappucci.
Ladyuk y Abdrazakov © A Bofill, 2018

Cuando se comprueba que, en efecto, la última reposición de la juvenil ópera verdiana fue aquí en 1984 y yo estuve presente en una de las representaciones, se tiene la medida de muchas cosas: del paso del tiempo (intérpretes retirados o fallecidos, por ejemplo; yo no tenía aún cuarenta años), de la relativa injusticia que supone haber reiterado en ese lapso títulos populares del mismo autor, seguramente más importantes pero no siempre bien servidos. Con estas dos funciones en forma de concierto el número total de representaciones en el Liceu alcanza la nada exagerada cifra de 28. Y si aquella versión -escénica- fue buena sobre todo por Nesterenko y Dimitrova, ésta resultó mejor por el conjunto. De modo que aunque alguien haya dicho, despectivamente, que se trata de ‘cabaletta en un prólogo y tres actos’ no parece que sea tan así. Y la diferencia está en hacer la ópera con elementos válidos aunque sea difícil reunir cuatro primeras espadas. 

Y, aunque de entrada no lo parezca, también la dirección hace la diferencia. Scappucci debutaba en el Teatro. La había visto como buena rossiniana en Pésaro (Il turco in Italia). La he encontrado como muy buena verdiana ahora. Creo que ha crecido artísticamente: marcó muy bien las transiciones dinámicas, nunca cubrió innecesariamente las voces, estuvo muy alerta (la vacilación en el ataque del coro inicial es una cosa humana, y luego la labor de una de las columnas de todo teatro lírico fue relevante, como la de la orquesta que no sólo suena ahora bien sino que con Scappucci pareció sentirse segura y muy a gusto). Si se enfatizó cuando hizo falta el elemento marcial (es una historia de ejércitos enemigos y de población nativa rebelde) también estuvo presente la cuota lírica (la introducción del cuadro segundo del prólogo con el amanecer en la laguna que luego será Venecia es un fragmento maravilloso y sonó, como debe ser, poético); a lo mejor puede faltar aún mayor ‘slancio’ en las arrebatadoras frases que son marca de la casa Verdi (pienso en el preludio, que, como otros pasajes, hace pensar en el futuro y muy próximo Macbeth), pero creo que el Liceu se apuntaría un tanto en la dirección de óperas italianas si recurriera a ella más que a probados caballeros todo lo eficaces que se quiera pero rutinarios y que para colmo repiten títulos sin agregar nada nuevo. 

La puesta en escena de 1984 era ya entonces una antigualla de esas que pueden justificar luego las tropelías que solemos ver, así que mucho mejor en concierto, donde la música sola se encargó de poner la cuota de drama. Y los aplausos del público, durante la representación y al final de la misma, parecen confirmarlo (si en vez del raro Attila hubiéramos tenido Nabucco la sala habría estado repleta). 

Claro que sin cantantes adecuados toda la operación habría sido un fracaso. No todos estuvieron al mismo nivel, pero sí fueron todos honestos y dieron lo mejor que podían ofrecer (las distinciones inevitables habrá que hacerlas, pero teniendo este ‘detalle’ siempre en cuenta). Por empezar, hay que alabar el buen hacer de un elemento ‘estable’ como Fadó, al que tal vez habría que haber dado más espacio e importancia en temporadas anteriores. O la interesante voz del bajo búlgaro Stanchev en el breve pero significativo papel del Papa, con el que se presentó en el Liceu. 

Debutaba también una soprano cuyo nombre suena, mucho y bien, desde hace unos años. Pirozzi hizo honor a su fama: voz caudalosa, bonita y homogénea (tal vez con un punto menos de fuerza en el registro grave), capaz de agilidades, y con un buen legato (un pequeñísimo desfallecimiento de la respiración al promediar la terrorífica segunda aria de Odabella, resuelto con apabullante serenidad y excelente técnica, es más que comprensible). Tal vez no sea una actriz memorable -no lo pareció- ni tenga un porte impactante, o abra mucho la boca cuando llegan los dos y otras notas espeluznantes, pero cuando se piensa en lo que escribió Verdi para ella (empezando por su aria de entrada con su correspondiente cabaletta) el resultado fue óptimo. 

Regresaba tras larga ausencia Adbrazakov. No lo hemos tenido nunca en una producción escénica (es su tercer título en concierto, y su segundo Verdi), pero si hubo alguien que construyó su personaje fue él. La voz es bellísima y pareja aunque el volumen no sea de los que voltean una sala; la solidez de la emisión y el uso imaginativo de la media voz en su momento crucial (la escena del sueño, con su recitativo, aria y cabaletta) me dejaron más impresionado que agudos y graves que distribuyó del principio al fin (el centro puede que sea un punto más delgado) y mereció la larga ovación que saludó ese momento de auténtico teatro (la más larga durante la función junto con la entrada de Odabella). Hubo otro momento para mí inolvidable en el concertante final del primer acto, con la culminación en la poderosa y bellísima frase digna del mejor Verdi ‘Spirti fermate, qui l’uom s’arretra, dinanzi ai  numi prostrasi il re’. 

Ladyuk regresaba por primera vez con un papel importante, ese extraño Ezio, cuyas ambigüedades Verdi habría sin duda explotado mejor en otro momento de su carrera. La voz es muy importante, pero aún hay problemas que resolver: graves engolados y poco sonoros (naturalmente), una entonación no siempre perfecta (sobre todo en notas sostenidas), una ‘r’ que rompe los oídos, el empeño en exhibir todo el tiempo el poderío de la voz (el timbre es bueno), y, en otro plano, un fraseo absolutamente convencional que deja pasar sin efecto momentos musicalmente sobresalientes en su dúo con el protagonista, el ‘cantabile’ del aria y su participación en el terceto final (lo mejor, y no es extraño, fue su gran cabaletta del segundo acto).  

Bros fue Foresto. Es un cantante musical y muy querido por el público que lo aplaudió con calor. Por supuesto merecido. Pero su voz, por más que ahora intente adecuarla a títulos con más peso vocal que el del repertorio belcantista con el que alcanzó justa fama (fundamentalmente donizettiano, pero con alguna afortunada incursión en Bellini), no es la que aquí se requiere. Casi blanca, de no mucho caudal aunque bien emitida (de otro modo hubiera sido imposible oírlo en los concertantes o dúos y tríos), y con algún esfuerzo en las notas sostenidas (todos se empeñaron en hacer durar lo más posible los agudos finales de sus intervenciones solistas). Pese a la dificultad de su aria de entrada me pareció el momento que resolvió mejor. 

Si el Liceu espera otros treinticuatro años para la próxima reposición obviamente no seré yo quien haga la reseña. Si este, como parece, es mi último Attila aquí (y tal vez en todas partes -es mi séptima vez en vivo; desde 1966 no parece demasiado), me despido de él con gratitud y encontrándolo hasta en mejor forma que hace cincuenta y dos años. 

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