Alemania

La flauta casi mágica

Jesús Aguado

lunes, 16 de abril de 2018
Berlín, jueves, 5 de abril de 2018. Staatsoper Unter den Linden. Wolfgang Amadé Mozart, Die Zauberflöte. Libreto de Emanuel Schikaneder. August Everding, producción. Fred Berndt, escenografía (reconstrucción de la de Karl Friedrich Schinkel). Dorothée Uhrmacher, vestuario. Franz Peter David, iluminación. Wilhelm Schwinghammer, Sarastro. Peter Sonn, Tamino. Narine Yeghiyan, Pamina. Roman Trekel, Papageno. Serena Sáenz Molinero, Papagena. Sónia Grané, Königin Der Nacht. David Oštrek, Sprecher, Zweiter Priester. Florian Hoffmann, Monostatos. Adriane Queiroz, Erste Dame. Olivia Vermeulen, Zweite Dame. Anja Schlosser, Dritte Dame. Jun-Sang Han, Erster Geharnischter. Grigory Shkarupa, Zweiter Geharnischter. Linard Vrielink, Erster Priester. Aurelius Sängerknaben, Calw, Drei Knaben. Staatsopernchor. Raymond Hughes, director del coro. Staatskapelle Berlin. Dirección musical, Daniel Cohen.
Schinkel, Die Zauberflöte © Staatsoper unter den Linden, 2018

El gran atractivo de la representación de La Flauta Mágica en la Staasoper Unter den Linden de Berlín el pasado jueves, 5 de abril, era, sin duda, la producción de August Everding con escenografía de Fred Bernd, que reconstruye la creada en 1816 por Karl Friedrich Schinkel. Algunas de las imágenes más icónicas que todos asociamos con La Flauta Mágica, incluyendo el omnipresente cielo estrellado para la Reina de la Noche, pertenecen a esta escenografía. A los diseños originales se le añaden los medios técnicos propios de un teatro del siglo XXI (y en concreto de uno recién renovado como es el hermosísimo coliseo berlinés), con lo que el conjunto es de una belleza y un encanto realmente arrebatadores, con momentos inolvidables, como la primera entrada de la Reina de la Noche, todas las escenas con los animales danzarines, la prueba del agua; realmente cuesta encontrar un instante de la representación que no provocase una sonrisa de pura felicidad. No hubo (ni era lugar para que hubiera) profundas reinterpretaciones psicológicas o revisiones de los símbolos masónicos; la obra está tratada como lo que es en apariencia, un encantador cuento de hadas con malos malísimos, buenos buenísimos, y un príncipe y una princesa que acabarán comiendo perdices sin preocuparles que su dieta sea o no ecológica o sostenible. Desde ese punto de vista, pues, puramente escenográfico, la magia de la flauta se derramó a raudales sobre el hechizado auditorio. Pero una ópera, por maravillosa que sea su puesta en escena, no es solo eso. Una ópera es, obviamente, también música, y en ese apartado digamos que la magia no fue tan abundante ni omnipresente. 

De hecho, costó bastante encontrar algo de magia en la dirección musical de Daniel Cohen. De entrada, sus tempi tendieron a ser, en general, lentos, robándole bastante vivacidad a la partitura, pero además hubo evidentes problemas de concertación en muchos momentos. Es un tópico decir que la música de Mozart únicamente es fácil en apariencia y que en realidad requiere una precisión milimétrica para que resulte fluida y natural, pero es un tópico absolutamente cierto, y en la representación del jueves quedó meridianamente claro: en pocos momentos consiguió Cohen que aquello sonase al Mozart pulcro y exacto que todos queremos oír, y no porque fuese excesivamente arrebatado o romántico; realmente la impresión que dio fue de algo musicalmente descuidado y lejos del nivel que se espera en un teatro como Unter den Linden. Una pena, porque el sonido de la Staatskapelle Berlin fue hermoso y empastado, pero el conjunto resultó bastante decepcionante.

En lo vocal hubo un poco de todo. De entrada, se anunció que Peter Sonn, que encarnaba al príncipe Tamino, se encontraba resfriado, pese a lo cual iba a cantar, con lo que es evidente que no se le puede juzgar adecuadamente. Lo que se oyó fue un hermoso timbre, muy adecuado al papel y a otros similares de tenores mozartianos, pero evidentemente el constipado le pasó factura en volumen y fiato, por lo que habrá que esperar a una ocasión más propicia para comentar su voz. Narine Yeghiyan era Pamina, y vocalmente fue lo mejor de la noche, con un timbre hermoso y homogéneo, buena proyección y gran gusto para el canto mozartiano. El Papageno de Roman Trekel estuvo mejor en los conjuntos y en el dúo con Pamina que en sus arias a solo. El problema es que sus arias son de lo más conocido de la ópera, especialmente la primera, Der Vogelfänger bin ich ja, que resultó atropellada, dando la impresión de ir siempre por detrás de la orquesta y con un manejo del fiato que resultaba angustioso por momentos. Muy simpático como actor, salvó de esa manera una representación en la que en lo vocal tuvo momentos realmente poco lucidos. También decepcionó la Reina de la Noche de Sónia Grané, a la que faltó carácter, pero sobre todo precisión en sus coloraturas. Ya en su aria del primer acto, O zittre nicht, cuajó una faena bastante deslavazada, pero en la celebérrima Der Hölle Rache del segundo acto dejó algunas notas realmente desafinadas, e insisto, estamos hablando de Unter den Linden, no de un teatrito de provincias en el que esos “pequeños” defectos puedan ser disculpados. El público, arrebatado por la magia de la escenografía, se dedicó a aplaudir prácticamente cualquier cosa, y solo así se entiende la gran ovación y el braveo con que obsequió su segunda aria. 

Bastante mejor estuvo el Sarastro de Wilhelm Schwinghammer. Sin ser una voz prodigiosa, cumplió sobradamente con el papel y cantó con nobleza su aria O Isis und Osiris. También muy bien Florian Hoffmann como Monostatos; pese a que el rol no le permita un gran lucimiento mostró una hermosa voz de tenor, y espléndido David Oštrek en sus dos pequeños papeles como Orador y Segundo Sacerdote, con una fabulosa voz de bajo que hace desear escucharle en papeles de mayor envergadura. Adriane Queiroz, Olivia Vermeulen y Anja Schlosser eran las Tres Damas, y aunque vocalmente estuvieron muy bien, especialmente Adriane Queiroz, fueron de las más perjudicadas por los errores de concertación del director, sin que casi en ningún momento sus intervenciones consiguieran estar perfectamente cuadradas. Simpatiquísima y mucho más que correcta la barcelonesa Serena Sáenz Molinero en el breve papel de Papagena.

En resumen, una noche de deslumbrante magia escénica y una magia bastante más irregular en lo musical. 

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