Alemania

Lateinamerika. El bandonéon regresa de visita a casa

Juan Carlos Tellechea

martes, 17 de abril de 2018
Gelsenkirchen, lunes, 9 de abril de 2018. Musiktheater im Revier Gelsenkirchen. Lateinamerika. Aaron Copland (1900-1990), El Salón México. Astor Piazzolla (1921-1992), Concierto para bandoneón y orquesta. George Gershwin (1898-1937), Cuban Overture. Arturo Márquez (1950), Danzón número 2. Alberto Ginastera (1916-1983), Suite de Estancia. Solista Daniel Binelli (bandoneón). Neue Philharmonie Westfalen. Director Rasmus Baumann. Octavo concierto sinfónico de la temporada de la orquesta. 100% del aforo.
Daniel Binelli © 2010 by D. Binelli

El anhelado arribo de la primavera por estos pagos ha sido recibido con un concierto sinfónico íntegramente consagrado a la música iberoamericana y su influjo, con la participación del célebre bandoneonista y compositor argentino Daniel Binelli, estruendosamente ovacionado y aplaudido en el Musiktheater im Revier, de Gelsenkirschen (Cuenca del Ruhr).

La orquesta Neue Philharmonie Westfalen y su director principal, Rasmus Baumann, desgranaron sobre el escenario durante dos horas famosas obras de Alberto Ginastera, Astor Piazzolla, Aaron Copland y George Gershwin muy poco interpretadas en el centro de Europa.

Lateinamerika se tituló este 8º Concierto Sinfónico del colectivo musical que tuvo lugar en la tarde del 9 de abril de 2018 en Gelsenkirchen y que se repetiría los dos días siguientes en otras ciudades (Recklinghausen y Kamen) de esta región industrial y minera.

Fue muy emocionante mi reencuentro aquí con Binelli, a quien no veía desde hacía 29 años (Colonia 1989, integrando el Sexteto Nuevo Tango de Piazzolla, el último recital de Astor que presencié antes de su fallecimiento). El Concierto para bandoneón y orquesta fue ejecutado con una vitalidad y un refinamiento que embelesaron al millar de espectadores que colmaba las instalaciones del teatro.

Dicho sea de paso, el bandoneón goza de gran cariño en la Cuenca del Ruhr. El instrumento fue algo así como el piano de los obreros de las minas de carbón. Con la extinción paulatina de este oficio, las orquestas de bandoneones de los mineros también han ido desapareciendo. Queda todavía una en la ciudad de Essen, a una hora de viaje en automóvil de Krefeld (Baja Renania), donde un comerciante de instrumentos musicales, Heinrich Band, desarrolló en 1848 el bandoneón a partir de una concertina (acordeón con botonera) construida en Chemnitz/Sajonia (al este de Alemania) y al que le puso la marca de Band Union. Así nació el fuelle (o fueye, en el lenguaje tanguero) que un día a finales del siglo XIX llegaría al Río de la Plata y se convertiría para siempre en el alma de este género musical.

El bandonéon del eximio solista argentino Daniel Binelli, un Alfred Arnold (doble AA) de la década de 1930, construido en Carlsfeld/Eibenstock, Montes Metálicos/Sajonia, de sonoridad hasta ahora insuperada, prodigaba una exorbitante magia en los pasajes más agitados (Allegro marcato, y Presto), y sublimaba melancólicos quejidos en los momentos más reflexivos y ensimismados (Moderato), punzando hondamente el alma.

La orquesta apoyaba los matices, alternadamente tersos y recios, que pronunciaba Binelli en su instrumento con gran entrega y virtuosismo, sobre todo las cuerdas (pizzicatos y chicharras incluidos), la percusión, las maderas y el piano, bajo la diestra y equilibrada batuta de Baumann. El hechizo fue tan extraordinario que el público prorrumpió en efusivos aplausos para premiar apresuradamente la ejecución ya al término del primer movimiento sin esperar hasta el final.

La pieza refleja la vida de Piazzolla, comentaba Binelli, al que admiraba desde su adolescencia, en una breve entrevista que mantuvimos durante el intervalo, concluida la primera parte del recital. Al comienzo desenfrenada, y hasta un poco desconfiada, después muy lírica, poética y romántica, y por último encendida por el fuego que marca su muerte, su inmolación, con apenas 71 años el 4 de julio de 1992 en Buenos Aires, dos años después de sufrir un derrame cerebral en París y cuatro después de una intervención quirúrgica por baipás en Argentina. Cada vez que toco el Concierto siento que estoy recorriendo intensamente su biografía, afirma el bandoneonista y compositor nacido en Quilmes, provincia de Buenos Aires (20 de mayo de 1946) y radicado desde hace décadas en Nueva York.

Binelli, quien comenzó a estudiar bandoneón a los 9 años, se destacó desde su más tierna juventud por su gran calidad como solista a capella e hizo de nuevo gala de ello aquí a través de expresivas y complejas variaciones con arreglos propios de El choclo, de Angel Villoldo (1861-1919), una de las composiciones más representativas del tango del Novecientos, que entregó a la platea en los bises. Prolífico creador de numerosas obras, entre ellas Preludio y candombe de inspiración afro-rioplatense, Binelli compuso por encargo de la Neue Philharmonie Westfalen y estrenó en 2015 Encounters! doble concierto para bandoneón, violonchelo y orquesta sinfónica.

Tras integrar célebres orquestas típicas (Osvaldo Pugliese, Hugo Baralis, Atiliio Stampone, Quintento de la Guardia Nueva) junto con otros conocidos bandoneonistas como Rodolfo Mederos y Juan José Mosalini, Binelli forma ahora dúo con su esposa, la magnífica pianista uruguaya Polly Ferman, con quien emprenderá próximamente una serie de conciertos de música iberoamericana en México y en junio en Montevideo. El matrimonio, según nos confió el músico argentino, planea mudarse a España (Valencia) en un futuro no muy lejano. ¡Enhorabuena!!!

El concierto comenzó con Salón México (1936), de Aaron Copland, una obra muy poco tocada en Europa e inspirada en una visita que realizara el compositor estadounidense en 1932 al país mesoamericano, guiado por su destacado colega mexicano Carlos Chávez (1899-1978), quien estrenó la pieza en 1937. En una de aquellas incursiones Copland visitó una sala de baile y club nocturno del que quedó prendado por su peculiar atmósfera y que dió alas a su fantasía.

El vigoroso y rítmico estribillo se basa en El palo verde, pero también se nota el influjo de otras piezas muy populares que escuchó de los mariachis y charros en aquella oportunidad como La Jesusita, El mosco y El malacate. Baumann logró un extraordinario equilibrio entre las maderas, las cuerdas y los vientos en la exquisita pieza que evoca con pinceladas muy sutiles corridos, mañanitas, valsecitos y el ritmo del abrumador y sincopado huapango.

De Arturo Márquez nos llegó el Danzón número 2, también apenas conocido en este continente y sólo gracias últimamente a la labor de difusión de Gustavo Dudamel al frente de la Orquesta Juvenil Simón Bolívar, de Venezuela, durante sus intensas giras por estos lares. Márquez, nacido y formado en México, así como en París y en Los Ángeles (California) es también un buen ejemplo de la inspiración recíproca de Iberoamérica, Europa y Estados Unidos en su obra musical.

El Danzón número 2 se fundamenta en el influjo africano en Cuba y en Veracruz. La percusión cobra aquí un destacado papel y sobre todo las claves, los dos palitos de madera muy dura que marcan ese bellísimo son de los ritmos afrocubanos, pero también el bongó, del oriente de Cuba, la más valiosa síntesis en la evolución de los tambores gemelos, lograda por su rica música. A esta altura del recital, hasta las cuerdas y el director sobre el podio bailaban contagiados por el ardor y el frenesí caribeños.

El exaltado estado de ánimo venía ya precedido por la Cuban Overture (1932) de George Gershwin que había abierto la segunda parte del concierto. Vientos y maderas principalmente (excelentes intervenciones solísticas de la clarinetista Kerstin Grötsch y de la flautista Annett Wedmann), pero también las cuerdas y la percusión (el güiro, las maracas) habian elevado al éxtasis a los músicos que simplemente se dejaron llevar por el espíritu que levitaba sobre los atriles y el escenario; el ánima que había capturado a Gershwin aquel año a su llegada a la mayor de las Antillas, donde fue de inmediato acogido por habaneras, rumbas y sones popularisimos de la isla.

El cierre de este homenaje a la música Iberoamericana estuvo a cargo de Alberto Ginastera y su emblemática Estancia, obra de la que soñaba el compositor argentino que llegaría por sí misma a la eternidad y se convertiría en punta de lanza para abrir la senda a sus hermanas: Variaciones concertantes, Concierto para arpa, y sus piezas para piano, también escasamente interpretadas en Europa o al menos no tan frecuentemente presentes en los programas de conciertos como merecerían estar.

El ritmo vertiginoso del primer movimiento (Los trabajadores agrícolas), evocando en algunas pasajes a la chacarera, mueve con gran sensibilidad la fresca brisa de la Danza del trigo, da vigor y fuerza a Los peones de hacienda, y anticipa ya el torrente arrollador de la Danza final (Malambo) y su fuego inextinguible. Fue una enriquecedora y memorable velada de la Neue Philharmonie Westfalen, dirigida por Rasmus Baumann, un muy activo renovador de su repertorio.

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