España - Galicia

El buen mal cuerpo

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 20 de abril de 2018
Paul Daniel © RFG Paul Daniel © RFG
Santiago de Compostela, jueves, 12 de abril de 2018. Auditorio de Galicia. Richard Strauss: Elektra, tragedia en un acto con libreto de Hugo von Hofmannsthal (escenas). María Ruiz (Electra), Ann-Marie Backlund (Crisotemis), Marta Infante (Clitemnestra), José Manuel Montero (Egisto), Richard Wiegold (Orestes). Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Asistencia: 90%.
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A Paul Daniel le gusta dar la campanada al menos una vez al año, programando algo que se salga del repertorio propio de la Real Filharmonía. Algo que se salga mucho. A veces acierta –como en el Tristán de hace un par de temporadas; y otras veces se estrella –como en la Tercera Sinfonía de Mahler del curso pasado-. Esta vez acertó, y la apuesta era muy arriesgada. No es que la Real Filharmonía no pueda poner en atriles nada de Strauss (salvando el Concierto para oboe, las Metamorfosis y poco más): es que la partitura de Elektra exige más del doble de la plantilla ordinaria de la orquesta compostelana, y nada menos que tres sopranos “heroicas” (válgame la comparación).

Tampoco están los tiempos presupuestarios para dispendios disparatados, y montar la ópera entera habría sido ruinoso, habida cuenta de que, además de a los veintipico refuerzos orquestales presentes en el escenario se hubiera debido contratar a casi una docena de cantantes comprimarios. De modo que Daniel se contentó con algo más de setenta músicos y restringió la función a las escenas clave de la obra que protagonizan los cinco personajes principales (que son prácticamente todas, porque la velada duró una hora y veinte minutos). Y no sólo se contentó él, sino que contentó al público y también a un servidor.

Porque desde la explosión del inicio hasta la del cierre hubo tensión, hubo emoción y, con pulso firme, hubo esa ominosidad insoportable que da sentido a la obra. Daniel tiene sobrada experiencia en el teatro y demostró que sabe de qué va la cosa, y la Real Filharmonía estuvo a la altura, sin desfallecer en esta pieza agotadora donde las haya. A pesar de que esta noche la orquesta estaba colocada íntegramente a ras de tarima, fue imposible evitar que el metal tapase a la cuerda en ciertos momentos, pero tampoco fue algo estrepitoso y el conjunto sonó casi siempre bien empastado. Y fue buena idea que, para atrapar la atención del respetable, tras aquella primera y tremenda tríada se narrase por megafonía -sobre fondo de timbal y contrabajos- los antecedentes de la acción.

El equipo de cantantes estuvo equilibrado. No conocía a la segoviana María Ruiz, pero ahora puedo decir que ha sido un placer conocerla: claro que no tiene voz para hacer la protagonista (eso está -¿estuvo?- reservado a muy pocas), pero su canto denota una muy buena educación –en el fraseo, y en la pronunciación del alemán- y una mejor inteligencia para administrar su instrumento en este papel inclemente, de manera que optó por interpretar una Electra más ensimismada que vehemente, y aún le quedaron fuerzas para hacer oír algunos bien clavados agudos a través de la orquesta. En mi opinión, el público fue injusto con ella y no le aplaudió lo que hubiera debido.

En cambio, sí ovacionó ruidosamente a la sueca Ann-Marie Backlund porque hizo una Crisotemis muy expresiva y porque su comparativamente mucho más breve intervención le permitió cantar siempre a pleno fuelle. Me gustó mucho la voz oscura de la leridana Marta Infante, sin embargo deslucida por una actuación que apenas dejó entrever el tormento de Clitemnestra. Tormento que comparte Egisto, aunque en este caso el madrileño José Manuel Montero lo tradujo con más histrionismo que tragedia, pero con voz bien proyectada. Y el galés Richard Wiegold tiene una voz amplia y profunda, pero tal vez demasiado bonita para cantar Orestes: resultaba difícil casar la elegancia de su canto con lo que se leía en los sobretítulos.

Con estos mimbres, no es de extrañar que el mejor momento de la noche fuera la parte fraternal de la escena entre Electra y Orestes, donde Ruiz y Wiegold celebraron la intimidad del reencuentro cantando cómodamente mientras la orquesta les abrazaba. Pero todos sabemos que ese momento dura poco, y que el objetivo –y el genio- de Strauss y Hofmannsthal es que salga uno de la función con la angustia dentro del cuerpo; y como ahí Daniel dio en el clavo, mi elogio principal va para él.  

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