DVD - Reseñas

Diamantes de sangre

Raúl González Arévalo
jueves, 26 de abril de 2018
Paul Hindemith: Cardillac, ópera en tres actos (1926) sobre libreto de Ferdinand Lion a partir del cuento de E.T.A. Hofmann. Alan Held (Cardillac), Angela Denoke (la hija), Christopher Ventris (el oficial), Hannah Esther Minutillo (la dama), Charles Workman (el caballero), Roland Bracht (el comerciante de oro), Stephen Gadd (mariscal Provost). Coro y Orquesta de la Opéra National de Paris. Kent Nagano, director. André Engel, director de escena. Nicky Rieti, escenografía. Chantal de la Coste Messelière, vestuario. André Diot, iluminación. Subtítulos en francés, inglés, alemán, español, italiano. Formato audio: PCM Stereo, Dolby Digital 5.1, DTS 5.1. Formato vídeo: NTSC 16:9. Grabado en la Ópera de la Bastilla de París (Francia) en octubre de 2010. Un DVD de 91+57 minutos de duración. BelAir Classiques BAC 023. Distribución en España: Música Directa.
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En muy pocas ocasiones me ha ocurrido que al descubrir un DVD de una obra prácticamente desconocida me he quedado pegado a la pantalla. Me pasó con El caso Makropulos de Janáček en la grabación encabezada por la inmensa Anja Silja y dirigida por Andrew Davis (NVC Arts 1989), en el que el logro artístico colectivo superaba con creces las limitaciones individuales. Es lo que me inspira de nuevo este Cardillac que ahora reedita BelAir Classiques.

Hindemith, comencemos por ahí, nunca será un autor del gran repertorio, y posiblemente ni siquiera de culto, a menos que uno se interese por la música de la época de Vanguardias, desde la Entartete Musik, la música degenerada, con nombres destacados como Schreker, Braunfels, Korngold, Krenek, Ullmann y Weill a la cabeza, hasta el Modernismo de Schoenberg, Berg o precisamente Hindemith. Lo que no quita que si uno quiere explorar los límites del repertorio tiene la obligación de conocerla.

Lo cierto es que la mayoría de los compositores citados conocen en general pocas grabaciones, pero singularmente referenciales con cierta frecuencia. Para muestra precisamente esta Cardillac, que ya tenía una versión referencial dirigida por Keilberth y encabezada por un impagable Fisher-Dieskau (DG 1968). No conozco el DVD con Sawallisch en el foso, pero me resulta complicado pensar que pueda superar la propuesta de Nagano en París. El angloamericano de origen japonés es siempre una garantía en el repertorio lírico del siglo XX, de Strauss a Poulenc pasando por Busoni, Prokofiev, Honneger o Messiaen. A pesar de poseer estilos diferenciados y personalísimos, Nagano tiene la habilidad de encontrar las claves para una lectura transparente, siempre plagado de un dramatismo tenso. En esta ocasión, como es habitual en él, exhibe una visión incisiva, sin miedo al contraste, incluso a la violencia, la que surge de la propia música y a la que se entrega totalmente, casi con ebriedad, el Coro y la Orquesta de la Opéra National de Paris. Para muestra, la esquizofrénica escena final.

Como ocurre tantas veces, esta obra se sustenta principalmente por su protagonista. Si falla, no importa el buen trabajo que hagan los demás, no se mantiene a flote. Por fortuna, Alan Held es un gran protagonista. De modo inteligente, se aleja de la visión de Fisher-Dieskau, siempre insuperable en las inflexiones, los matices y los juegos en torno a la palabra para, sin descuidar el acento, aprovechar la mayor contundencia de su instrumento. Es más, la recreación en sus cualidades vocales tiene una relación directa con el narcisismo de su personaje, con el que logra una paradoja difícil de alcanzar: poner de manifiesto su vulnerabilidad –la obsesión por sus joyas– sin que despierte en el espectador la menor empatía. No en vano es un verdugo silencioso e implacable, que asesina a los propietarios de sus joyas para recuperarlas, desde una frialdad psicopática –otra muestra, el desapego con su hija–. Al lector de best-sellers modernos recordará al protagonista de El perfume de Paul Süskind en la peculiar relación con la belleza a la que aspira y la necesidad de poseer lo que crea.

En el extremo opuesto se sitúan los personajes femeninos. Angela Denoke está sencillamente perfecta, musical y dramáticamente, es una “hija” creíble en la pureza del timbre y el lirismo del canto. Por su parte, la “dama” de Hannah Minutillo resulta sensual en su composición, nada vulgar, sabe aprovechar su momento estelar.

Los demás papeles masculinos cierran un elenco muy notable. Charles Workman es un “caballero” creíble en su papel de seductor de la dama, no parece incomodarle una línea vocal que no es precisamente fácil. Al otro tenor, Christopher Ventris, las costuras del “oficial” se le quedan pequeñas en la seguridad y exhibición de medios. Los dos bajos tienen cometidos más limitados, pero resultan adecuados.

Sin duda una parte importante de la impresión dramática tan positiva tiene que ver con la identificación con la propuesta de André Engel, que traslada la acción desde el siglo XVIII original –aquí las similitudes con El perfume habrían sido incluso mayores– hasta la época de la composición, la década de 1920. Todos los elementos presentan una gran coherencia en este sentido, de la escenografía de inspiración modernista –el hotel, el taller– al vestuario. A diferencia de otras ocasiones, en las que las transposiciones chirrían por forzadas, esta vez hay que conceder que funciona muy bien, en general los detalles no resultan superfluos y la profundidad de las ideas se ve acentuada con una dirección de imagen que no teme planos arriesgados (picados, aéreos) y poco usuales en los vídeos de ópera. La dirección de actores es muy buena y probablemente espolea las capacidades individuales, confabulándose para ofrecer retratos psicológicos y vocales prácticamente redondos.

Para rematar, los amantes del making-of pueden disfrutar del documental Discovering an opera: Cardillac, en el que Gerard Mortier, André Engel y Nicky Rieti hablan sobre la ópera mientras se intercalan fragmentos de los detalles que comentan durante una hora. No se puede pedir más.

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