Alemania

Mitsuko Uchida, el espíritu del aire

Juan Carlos Tellechea

lunes, 7 de mayo de 2018
Mühlheim an der Ruhr,, jueves, 26 de abril de 2018. Stadthalle Mühlheim a. d. Ruhr. Dame Mitsuko Uchida (piano). Franz Schubert, Sonata número 9 en si mayor, opus 147, D 575; Sonata número 16 en la menor, opus 42, D 845; Sonata número 17 en re mayor, opus 53, D 850. Theatersaal. Klavier-Festival Ruhr 2018. Asistencia: 100% del aforo
Mitsuko Uchida © 2018 by Mark Wohlrab

El muy esperado concierto de la pianista británica de origen japonés Dame Mitsuko Uchida en el Klavier-Festival Ruhr 2018 (Festival de piano de la Cuenca del Ruhr) fue todo un gran acontecimiento esta tarde del jueves 26 de abril que concluyó entre aclamaciones de pie del millar de espectadores presentes en el teatro principal de la ciudad siderúrgica de Mühlheim an der Ruhr.

Hacía un par de años que no la veía. El próximo 20 de diciembre cumple 70; discreta como siempre (hasta en el buen vestir) está un poco más cargada de hombros y usa gafas para ver de cerca; no para leer una partitura, porque no es el caso en esta oportunidad, pero sí para distinguir más nítidamente las teclas. Pero si usted cree que Uchida es déjà-vu, ante tanto pianista joven que anda por ahí impuesto por el mercadeo y los sellos grabadores, se equivoca de cabo a rabo. Ella es muy capaz todavía de ponerle a usted el mundo patas arriba en un santiamén y lo hace con gran placer, como veremos más adelante.

El programa con sonatas de Franz Schubert que ha elegido para esta velada está excelsamente compaginado. La Sonata número 9 en si mayor, la 16 en la menor, y la 17 en re mayor, por este orden, pasan entre sí como anillo al dedo (nunca más oportuno el dicho). En realidad, Uchida prefiere no centrarse demasiado tiempo en un compositor, porque es de la opinión de que lo transforma a uno incluso físicamente.

Las pausas entre los movimientos de cada obra son de apenas un segundo, excepto en la última parte del recital con la Sonata Gasteiner, en la que hizo un alto de unas décimas más prolongado entre el Allegro vivace y el segundo movimiento (Con moto) para estirar por fin brazos y dedos. La digitación sigue siendo sobresaliente, gracias a la muy buena técnica que posee, y con ella logra olvidar los dolores de espalda y de hombros que acusa desde hace tiempo por la postura antiergonómica a la que se ve forzada sobre la banqueta. Se sienta sobre ella todavía como la sobresaliente alumna de 12 años de Richard Hauser que fue en la Wiener Hochschule für Musik allá por 1961.

Pese al tiempo transcurrido, sigue siendo la chica enérgica, decidida y sin vacilaciones de siempre, aunque, por cierto, no tan impetuosa como antes. Y continúa haciendo reverencias con su torso hasta tocar casi el suelo con su cabeza (un legado de la clásica y estricta escuela diplomática nipona de sus padres) ante los estruendosos aplausos que recibe de la platea.

Uchida (Atami/Shizuoka/Japón, 1948) nos sumerge en un universo zen de meditación con sus interpretaciones de las sonatas de Schubert. La diosa de la misericordia (Kon Kannon), cuyo templo domina su ciudad natal, la acompaña desde que vino a este mundo. No es que ella rece ante el teclado antes de la ejecución como lo hacen otros. No. Ella se zambulle con todo vigor en una cascada de notas desde el primer instante en que toma posición ante el colosal instrumento (un Steinway D); e inicia una larga lucha sin tregua contra el ruidoso mundo que nos rodea (toses incluidas). Es sabido que las composiciones musicales son como los niños, nunca se sabe cómo se van a comportar. No hay nada de malo o bueno en ello; lo único que cuenta es que la música sea vivida realmente de forma sincera, y así ocurrió esta tarde.

Con Schubert, de cuyas sonatas ha elegido una serie de 12 para concentrarse en esta temporada de conciertos por Europa y Estados Unidos, le ocurre a Uchida algo muy singular. Ella, amante por demás de las artes plásticas, aunque contraria a coleccionar obras, y asidua visitante de museos especializados, cree ver un lazo de unión entre el compositor austríaco, el escultor alemán Tilman Riemenschneider (1460–1531), del gótico tardío, y el pintor postimpresionista neerlandés Vincent van Gogh (1853–1890): sus almas eran inocentes y transparentes, afirma en una reciente entrevista. Schubert es el ser humano más puro de la historia de la música. Haya hecho lo que haya hecho, su alma estaba inmaculada. Y es así como comprende Uchida su obra; más allá del virtuosismo que exhibe en su interpretación, quiere lograr siempre un perfecto equilibrio entre la precisión y la espontaneidad con pureza en el toque y riqueza de matices en los fraseos.

Su ejecución, durante la que filosofa, medita y digita tonalidades muy íntimas, es un constante ir y venir entre el aquí y ahora...y el más allá. En fracciones de segundo logra una tensión tan elevada en la sala que deja al público hipnotizado, absorto y los ruidos se apagan como por hechizo. El espíritu del aire entra con ella silencioso...shhhhhhhhhhhhhhh...y domina pacíficamente a la platea con las imágenes que genera. El duende se nos hace más patente aún en esos profundos contrastes que logra entre sus fortissimos y sus frágiles pianissimos casi inaudibles; rayos y centellas iluminan cada rincón de las exquisitas partituras schubertianas que ella atesora celosamente en su mente. Los silencios se convierten en música y los retardos incrementan aún más, si cabe, el dramatismo y la fascinación.

La Sonata número 9 en si mayor, compuesta en 1817, reúne ideas heterogéneas desde el Allegro ma non troppo que la pianista sabe poner muy bien en el orden debido ante la audiencia. El himno del Andante lo lleva al clímax de la resonancia; el Scherzo. Allegretto suena fluido y saltarín, y el Allegro giusto redondea al cabo la obra que parece estar en la búsqueda permanente del tono adecuado (por momentos me parecía escuchar en algunos compases, y muy sublimada, la melodía de un Fiakerlied vienés).

Escrita ocho años después, la Sonata número 16 en la menor está sin duda, y desde las primeras notas, en otro plano de lo magistral. El Moderato, sosegado aunque enérgico, contrasta con el movimiento final de la sonata anterior; sus manos levitan sobre el teclado, hasta que todo se termina inevitablemente con golpes firmes y secos. En el Andante, poco mosso Uchida nos invita a degustar cada una de las cinco variaciones libres del tema, y aquí es el piano el que vívido parece buscar sus dedos y no a la inversa. Un instante después pasa con gran soltura y vitalidad al Scherzo. Allegro vivace – Trio. Un poco più lento, reforzando las estructuras armónicas legadas por Schubert en el pentagrama y cinceladas a fuego en su mente; y por ende al Rondo. Allegro vivace que por algunos momentos quiere salirse de los carriles, pero al final se mantiene en ellos y va decreciendo paulatinamente hasta el final.

La Gastainer es a todas luces la sonata más extrovertida de todas y la que demanda más energía desde sus clarinadas y torbellino iniciales. Pero en las manos de Uchida y con el exacto movimiento de los pedales la pieza es algo más que el bramido de una tempestad. La fantasía del compositor cobra aquí en exuberancia: desde el desbordante Allegro vivace inicial; transitando por el reflexivo Con moto, y el Scherzo.Allegro vivace con esa carga tan positiva que lleva consigo; hasta concluir con el Rondo.Allegro moderato, de tonalidades pastel, muy saltarín y veloz que ella domina esplendorosamente y con el que nos convoca a un aquelarre junto al piano para que la música nos irradie de lleno y de forma directa en la conjura de esta memorable velada sin bises.

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