España - Andalucía

Clasicismo de trazo grueso

José Amador Morales

lunes, 14 de mayo de 2018
Sevilla, viernes, 27 de abril de 2018. Teatro de la Maestranza. Berna Perles, soprano. Tatiana Postnikova, piano. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Junichi Hirokami, director musical. Ludwig van Beethoven: Egmont, obertura op.84; Ah, pérfido!... Per pietà, non dirmi addio, escena y aria de concierto op. 65. Wolfgang Amadeus Mozart: Ch’io mi scordi te?... Non temer, amato bene, escena y aria de concierto K. 505; Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550.
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El duodécimo concierto de abono de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla trajo a los atriles obras de Mozart y Beethoven, tanto género sinfónico como arias de concierto de cada uno de ambos genios de la composición musical. Como director invitado para la ocasión, Junichi Hirokami ofreció una inicial obertura Egmont de trazo grueso, bien “cargado” e intenso por parte de la cuerda” y ejecución rotunda. No obstante, el director japonés se mantuvo en un discreto y segundo plano (por lo demás acertado, visto lo que vino después) en sendas arias de concierto.

Berna Perles, a quien el mes pasado vimos como Fiordiligi en el malagueño Teatro Cervantes, posee una voz lírica dotada de importante elasticidad y cierta anchura en el centro que le permitió salir airosa en sendas arias de concierto, a despecho de un timbre un punto impersonal y una zona grave no siempre consistente. Si en Ch’io mi scordi te? sorteó con aseo los comprometidos cambios de registro, en el beethoveniano Ah pérfido!, sin duda más afín a su talante expresivo, logró ir más allá con una versión extraordinaria en intensidad y solidez. Tatiana Postnikova, pianista solista de la orquesta sevillana, destacó por méritos propios en la página mozartiana, con un fraseo a un tiempo incisivo y cantabile de gran calado idiomático. Con semejantes virtudes, la pianista también acompañó a Perles en un fantástico y contundente “Non mi dir” del Don Giovanni que la soprano malagueña regaló a la audiencia, toda una declaración de intenciones sobre el escenario del coliseo operístico sevillano.

No tuvo mucha chicha interpretativa la Sinfonía nº40 de Mozart que remataba el concierto, por más que la mimoquimia de Hirokami en el podio intentara reflejar lo contrario. La rotundidad de la pieza beethoveniana que abría el programa devino aquí en un fraseo de brocha gorda: su versión resultó algo así como una foto fija sonora que terminó saturando por reiterativa y efectista, reflejando una evidente escasez de ideas musicales de entidad a lo largo de sus cuatro movimientos.

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