España - Cataluña

Una rareza en homenaje a Hvorovstovski

Jorge Binaghi

viernes, 11 de mayo de 2018
Barcelona, martes, 8 de mayo de 2018. Gran Teatre del Liceu. Demon (San Petersburgo, Teatro Mariinski, 25 de enero de 1875). Libreto de Pavel Alexandrovich Viskovatov basado en el poema homónimo de Lermontov y música de A.Rubinstein. Puesta en escena: Dmitri Berman. Escenografía y vestuario: Hartmut Schörghofer. Coreografía: Edward Smirnoff. Luces: Thomas C. Hasse. Intérpretes: Alexander Tsimbaliuk (Gudal, padre de Tamara), Asmik Grigorian (Tamara), Igor Morozov (Sinodal, prometido de Tamara), Egils Silins (Demonio), Roman Ialcic (Servidor de Sinodal), Larisa Kostiuk (Nodriza de Tamara), Antoni Comas (Mensajero), y Yuri Minenko (Ángel). Bailarines, coro (directora: Conxita García) y orquesta del Teatro. Dirección: Mijail Tatarnikov
Demon según Berman © A. Bofill / Teatro del Liceu, 2018

Estreno absoluto en el Liceu (y en Barcelona, sólo una vez, en 1905, en el Teatro Novedades y en italiano; no sé en el resto de la península, pero imagino que igual o peor), y estamos hablando de una obra contemporánea de, por ejemplo, Carmen.

Ciertamente podríamos lamentar que el ralo repertorio ruso del Liceu (reducido prácticamente a un par de títulos de Chaicovski y otros tantos de Mussorgski, uno de Shostakovich, más alguno de Rimski y tal vez algún otro -entre Prokofiev o Stravinski) le harían falta obras de mayor enjundia que ésta (pienso en los grandes títulos de Prokofiev, Glinka y Borodin, por orden de preferencias personales, y tal vez alguno más de Rimski y Chaicovski). Pero vale la pena conocerla aunque no sé si tendrá recorrido en el futuro liceísta. Es un ejemplo acabado de la corriente opuesta a la finalmente triunfante de los ‘nacionalistas’ (que llamaban a estos otros ‘occidentales’ o ‘alemanes’, y entre los que figuran ambos Rubinstein, nuestro autor y gran pianista, y su hermano, excelentes pedagogos, y el alumno de Anton, un tal Piotr Ilich), y por eso tiene su particular interés. Naturalmente se repuso porque iba a protagonizarla el recientemente fallecido Dmitri Hvorostovski, que traía además el espectáculo (en coproducción con Moscú -Helikon Opera- , Burdeos y Nürnberg), pero lamentablemente no pudo ser, y está sobradamente justificado que se le dediquen las siete representaciones. 

El caso es que sin el gancho del nombre las posibilidades de atracción del público se vieron revisadas a la baja. Ni mucha afluencia, ni mucho entusiasmo. Y de nuevo habrá que pensar también si el libreto -y sobre todo el original- tiene reales posibilidades dramáticas y escénicas. Salvo el encuentro final entre el demonio y su ‘víctima’, creo que no. Todo se demora mucho, se monologa, se discute sin que haya interacción verdadera, se desperdician personajes (el caso del tenor, que tiene sólo una larga escena -de bellísima factura musical, pero que no se traduce en algo que atrape, y eso que hay un ataque por sorpresa y muertos, entre ellos el tenor de marras; para no hablar de las pocas frases de la nodriza -¿hacía falta ir tan lejos para encontrar a alguien capaz de cantar la parte?- o de lo no demasiado que se incomoda al bajo principal, que termina casi igualado al comprimario). Peor, los encuentros inicial y final de ángel y demonio, motivos de debate de ideas que hoy suenan a refrito y son poco ‘osadas’ como tal vez lo hayan parecido en la época del estreno, resultan un tanto tediosos. 

Queda la música, excelente, y en particular en el aspecto de la escritura para la orquesta (aunque por lo que al canto respecta, si bien hay gran conocimiento de las voces, a veces pareciera que a Rubinstein le cuesta dar por acabada una escena y repite, con alguna variación, tres veces lo mismo, lo que también resiente la ya discutible dramaticidad. Al parecer ya Chaicovski criticaba a su maestro por escribir demasiado y con demasiada prisa pese a su gran talento) Pero justamente en la parte de la orquesta tropezamos con un problema inesperado. Nadie pretendía un Gergiev (que fue el gran artífice, con sus huestes, de la reposición parisina, que fue la única que vi ya hace quince años), y Tatarnikov había dejado un muy buen recuerdo la única vez que subió al podio del Liceu para acompañar, precisamente, a Hvorostovski en la que fue su última actuación aquí. No entiendo qué ha pasado, pero fue una desilusión. La orquesta sonó bien, pero el enfoque fue monótono y plano, y lo que podía redimir en parte las lagunas escénicas se quedó a medio camino (lo mejor fue la larga escena lírica del tenor, y en general fueron mejores los momentos de ese tipo que no los de tensión porque aunque se alzaba el volumen la dichosa tensión no aparecía por ningún lado). Por lo que tampoco hubiera sido solución la versión en concierto (que sigo considerando la más oportuna para títulos de este tipo). El coro hizo el tremendo esfuerzo de aprender una parte difícil en ruso y lo hizo muy bien, y de hecho fue una de las estrellas de la noche.

El protagonista de Silins estuvo bien o muy bien (exceptuado algún agudo tirante, normal cuando se trata de una parte de bajobarítono) e hizo lo que pudo con el personaje, que fue suficiente,, pero –no es culpa suya ni de nadie- carece del carisma que ayude a un diablo que está aburrido e irritado y sobre todo desea amar y ser amado (y con las ganas se queda). Que lo hayan vestido de modo tal que cuando sale a escena uno se frota los ojos creyendo ver el fantasma de Hvorovstovski en esa última presentación aludida no creo que lo haya ayudado, ni a los demás, público incluido (yo di un respingo en mi asiento porque no me esperaba tal brutal recuerdo). 

Su ‘antagonista’, Tamara, tuvo mucho aplauso. Grigorian es una cantante joven y de recursos importantes. Muy lograda en la media voz, el agudo es muchas veces estridente y el grave poco interesante; tampoco la actriz lo es. Lo que ahora se le premia, su torrente de voz, puede pasarle factura muy pronto. Morozov parece una voz de esas típicas de tenor eslavo que sería bueno seguir, pero cuando empezaba yo a valorarlo va y se muere (y como actor no tuvo que hacer nada porque nada se le pide ni el director de escena inventa -por suerte- aunque se le dio una escena muda al principio para que al menos apareciera una vez junto a su prometida; ambos parecen compartir, además, la afición y habilidad por caer rodando). Tsimbaliuk es un lujo para la parte de Gudal y lució su volumen y color, pero resultó más aproximativo como cantante que en otras ocasiones y tampoco se esforzó mucho por actuar (un par de veces, y no es para mí un elogio, me acordé de uno de sus maestros, Burchuladze). Casi más interesante, con una voz de menor importancia, resultó el viejo servidor de Sinodal que encarnó bien Ialcic (le dieron además otro breve papel y con sus engolamientos habituales resultó mucho más persuasivo que en su anterior participación en esta temporada como uno de los conspiradores del Ballo in maschera verdiano). Los breves cometidos de la nodriza y del mensajero fueron correctamente desempeñados por Kostiuk (mejor en centro y graves que en agudo, si es que dio alguno) y Comas.

Queda el rol del ángel. Rubinstein, como era costumbre en la época, escribió el papel para una mezzo ‘en travesti’. Como ahora estamos en la corrección de ‘género’ y nadie quiere confusiones o apropiaciones indebidas, hemos tenido a un contratenor (el mismo que, casualmente, cantó la parte de ‘Lel’ en La doncella de nieve de Rimski en París hace un año, también en sustitución de una mezzo). Las voces pueden ser parecidas, pero no iguales. No sólo se trata del color en todos los registros, sino que por fuerza el centro y grave tienen mucho menos volumen y consistencia y en algunos momentos Minenko fue inaudible. Ciertamente canta bien, y trató de hacer lo posible con su personaje, con esos gestos simbióticos con los de su enemigo el diablo (dicho sea de paso, queda mucho peor el ángel que el demonio, porque en sus dos intervenciones parece defender dos ideas distintas). Yo preferiría, naturalmente, con la venia de quien sea, que se respetara lo tesitura para la que el autor pensó el papel; empiezo a temer que mi próximo Oktavian del Rosenkavalier sea, por ejemplo, Jaroussky o Cencic, y para qué hablar de Cherubino…En fin, que soy un aguafiestas por no adecuarme a las modas, como ya es archisabido…

Queda la parte escénica. Hay un inmenso túnel o cilindro abierto en el escenario, dentro del cual está la esfera -que representa el mundo o el lugar concreto de los acontecimientos- en el que sucede todo (sólo hay dos puertas laterales por donde van y vienen demonio, ángel y bailarines). Algo incómodo para el desplazamiento de los artistas aunque todos hacen maravillas (se ve que se ha ensayado bien). Muy buenos efectos lumínicos. Trajes de tipo más bien intemporal salvo para los nobles. La coreografía agrega algo más de movimiento aunque no se la ve muy necesaria salvo en un par de momentos al inicio y en la escena de la muerte del príncipe. De dirección de actores no me parece que se pueda hablar mucho salvo para la gestualidad, en particular del coro y no acabo de entender por qué la nodriza parece una bruja maléfica que se sonríe diabólicamente cada vez que a Tamara le sucede una desgracia o cuando tiene que reñirla por su comportamiento (por un momento pensé que era la aliada del protagonista, pero creo que no fue eso lo que se pretendía).

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