Reportajes

Festival de Dresde 2018 (I): Espejos y 'Chelomanía'

Agustín Blanco Bazán
viernes, 18 de mayo de 2018
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El 41 Festival de Dresde iniciado el pasado 10 de mayo se extenderá por un mes, con sesenta y siete conciertos orquestales, corales y de cámara, mas recitales solistas. El intendente del Festival, Jan Vogler, se divierte en apodar este vital encuentro de todas las músicas con flechazos de un sintetismo mántrico, cuyo significado se complace luego en explicar a los azorados periodistas. Por ejemplo: “Fuego y hielo” (2015), “Tiempo” (2016) y “Luz” (2017). Este año, Vogler se decidió por “Espejo.” Y como la revista alemana de actualidades mas importante se llama “El Espejo” (Der Spiegel), ¿qué mejor que invitar a una redactora del Spiegel para revelar el sentido del enigma 2018 en la revista del Festival? “Es necesario que todos nos miremos en el espejo aún cuando de vez en cuando tengamos algún shock. En el espejo descubrimos cosas con las cuales no habíamos contado” explica Vogler. “Si yo ensayo frente al espejo, veo cosas que no puedo oír. El espejo es en la música algo esclarecedor. No sólo en Dresde sino en cualquier lado necesitamos observar nuestro propio reflejo.”  

Y como Vogler es chelista, este año ha decidido invitar a mirarse al espejo a colegas como Steven Isserlis, Yo-Yo Ma, Mischa Maisky, Natalia Gutman, Lynn Harrell, Alban Gerhard y muchos otros. El “Espejo” reflejará así una “Chelomanía,” expresión esta agregada como lema adicional del Festival de este año. Hasta habrá una “Larga noche de los chelos” el 21 de mayo en el Kulturpalast (Palacio de la Cultura) donde también tuvo lugar el concierto inaugural que me permitió apreciar a Vogler y su chelo en el Segundo concierto de Shostakovich. Allí lo acompañó la Orquesta Real de Copenhaque bajo la dirección de Hartmut Haenchen, un hijo de la ciudad y ex intendente del Festival que este año cumple 75 años de edad. El resto del programa: la obertura felizmente fugaz de Carl Nielsen para su ópera cómica Masquerade y la Primera sinfonía de Brahms. 

El Kulturpalast: de Walter Ulbricht a Hartmut Haenchen 

Para llegar al Kulturpalast hay que atravesar los decorados de ensueño de la Theaterplatz, la Semperoper y el Zwinger para afrontar la aridez de las bambalinas traseras. Porque más allá del Zwinger luchan por remozarse los tristes y sosos edificios de postguerra alineados a lo largo de desoladas avenidas y alrededor de plazas de cemento. Frente a una de ellas se encuentra el Kulturpalast, ese ex templo de glorificación socialista que conserva el nombre original de 1969. Lo han reacondicionado hasta hacerlo irreconocible, salvo en ese mural exterior mantenido como testimonio del paso de una historia que, guste o no, dejó huellas que no hay porqué borrar.

El mural, una creación de la Comunidad Socialista de la Academia de Bellas Artes de Dresden bautizada como “El camino de la bandera roja”, es tan interesante que no puedo dejar de adjuntar una foto. Allí vemos a la Marianne de la República Democrática Alemana portando la bandera, mientras a su alrededor se agrupan proletarios entre los cuales se encuentra un señor de traje y corbata, el mismísimo Walter Ülbrich, en aquellos tiempos el Fidel Castro de los alemanes orientales. El mural incluye algunas arengas conmovedoras, por ejemplo: “¡A pesar de todo! ¡Vivir es nuestro plan! ¡Somos los triunfadores de la historia!”  

El frente del templo ha sido embellecido por la decisiva remoción de aquellos paneles de vidrio esfumado color bronce caca, similares, y tal vez alusivos, a los del hoy demolido Palacio del Pueblo berlinés. Como a través de aquellos paneles se veía todo tan turbio como la política, los renovadores decidieron cambiarlos por ventanales acordes con la ideología de la transparencia también aplicada a la cúpula del Parlamento Alemán de Berlín. Ahora se puede ver bien la plaza, a su vez embellecida con fuentes de agua danzante y aquí va mi segunda foto. 

La principal beneficiada del espléndido auditorio blanco inaugurado en el 2017 (1760 plazas) es la “otra” orquesta de Dresde, la Filarmónica, finalmente alojada en un hogar decente para recibir como dueña de casa, pero con acústica peligrosa. Porque como en el caso de la Elbphilharmonie de Hamburgo, el auditorio del Kulturpalast es de una hipersensibilidad lo suficientemente extrema como aniquilar cualquier tímpano con un fortissimo. La orquesta invitada para el primer concierto, la excelente Orquesta Real de Copenhague, se acercó peligrosamente a este límite pero sin rebalsarlo gracias a la pericia de Hartmut Haenchen. 

Haenchen es un verdadero Kapellmeister, una denominación injustamente desfigurada en Alemania para sugerir directores de orquesta definibles por la solidez de su rutina, antes que por esa genialidad dionisíaca que algunos espectadores prefieren para alelarse, en lugar de tratar de apreciar obras musicales con seso e inteligencia. Ciertamente, Haenchen es uno de esos directores “de oficio” que nunca busca deslumbrar pero que a muchos nos deja siempre satisfechos. Lo cual es, en mi opinión, algo importantísimo para aprender y disfrutar de una auténtica experiencia musical. Valga como ejemplo esta Primera sinfonía de Brahms. ¡Que sensibilidad y que introspección la de Haenchen para lograr como pocos que la orquesta no suene ni como Beethoven ni como Bruckner, sino con el color y fraseo que hacen de Brahms un compositor único!

Compárese la sobriedad de Haenchen con el estereotipado “arrojo” de otros directores y sáquense las conclusiones del caso. La de Haenchen fue una versión modélica en la exploración de claroscuros y gradación dinámica. No hubo un solo momento de brillantez excesiva o pesadez o lasitud en los pasajes reflexivos, sino un pulso vital intensamente parsimonioso y controlado.  Algunos hubieran seguramente preferido mas rubato en las trompas durante la transición del tercer al cuarto movimiento, pero, ¡qué chelos los de la orquesta danesa para el cantábile de éste último! ¡Y que unidad de lectura, gracias a la decisión de no arrastrar el andante sostenuto, sino aligerarlo hasta hacerlo casi un allegretto! De esta manera la confrontación temática del primer movimiento fue resuelta con una cabalgata final que sonó como obvia y exuberante en su ritmo y su claridad. 

Las alternativas de oscuridad, introversión y sarcasmo del Segundo concierto para chelo de Shostakovich fueron desarrollados por Haenchen y los daneses con depurada diferenciación y detalles orquestales y las intervenciones del xilofón presentaron un desafío acústico resuelto en un excelente balance de dinámicas. Y también Vogler pudo balancear tensión y lirismo con un fraseo a la vez sensible y asertivo. El entusiasmo del público animó a Haenchen a dos números fuera de programa, el Entreacto nro. 3 de Rosamunde (Schubert) y una de las danzas eslavas de Dvorak. Por su parte, Jan Vogler volvió a presentarse al día siguiente, esta vez como maestro de ceremonias en una sesión de música y lecturas con Steven Isserlis como invitado.  

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