Opinión

Bicentennial Marx

Juan Carlos Tellechea
martes, 22 de mayo de 2018
Karl Marx © 1861 by Beard Karl Marx © 1861 by Beard
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El filósofo, economista, periodista y crítico social alemán Karl Marx está de regreso en Tréveris, que conmemora con cuatro exposiciones alusivas y la instalación de una estatua de bronce el bicentenario su nacimiento, el 5 de mayo de 1818.

El monumento, de más de cinco metros de altura y 40 toneladas de peso, es un obsequio de la República Popular de China no solo por respeto al mayor pensador de la historia de la Humanidad, sino también por profesión de fe a la verdad científica del marxismo, según el presidente de ese país Xi Jinping, en un acto recordatorio en Pequín.

En Tréveris, durante la ceremonia en la cual fue descubierta la estatua de Marx, la primera ministro del estado federado alemán de Renania Palatinado (al que pertenece la antigua urbe romana), Malu Dreyer, subrayó que este bronce es un pilar y un puente para la cooperación entre China y Alemania.

Sin embargo, no todos ven en este aniversario un motivo de festejo. Por último, en nombre de Marx se han cometido innumerables crímenes bajo las dictaduras comunistas, afirma, entre otras entidades, la Unión de Asociaciones de Víctimas de las Tiranías Comunistas que ha organizado manifestaciones y piquetes de protesta en estos días, también por los perjudicados en China, a los que se ha sumado por oportunismo una caterva de populistas, ultraderechista y neonazis.

Es cierto que el Socialismo de Estado ha abusado de Karl Marx y que el Socialismo democrático no ha tenido nunca una oportunidad de ser puesto a prueba, ha reconocido por su parte en estos días el presidente de los Partidos de Izquierda (neocomunistas) europeos, Gregor Gysi. Las tres veces en que lo intentó (la Comuna de París, la Primavera de Praga, y el gobierno de Salvador Allende) el Socialismo democrático fue aplastado por sendos golpes militares, subrayó Gysi.

Tout ce que je sais, c'est que je ne suis pas marxiste (Lo único que sé es que no soy marxista), habría dicho Marx a los marxistas franceses a finales de la década de 1870, según una carta escrita desde Londres el 5 de agosto de 1890 por el filósofo, historiador y sociólogo alemán Friedrich Engels (Wuppertal/Barmen, 1820 – Londres, 1895) a un conocido suyo, Conrad Schmidt (1863 – 1932), hermano mayor de la escultora Käthe Kollwitz, en Berlín.

Pero ¿que es lo que puede enseñarnos Karl Marx en estos tiempos, que nos diría en esta era de Internet? El retorno de Marx a casa demanda además una relectura actualizada de su obra. Mucho de lo que nos trae la red se compagina con su teoría y, aunque tal vez sea poco probable que lo hagan, tanto los jornaleros de la era digital como los conductores de los taxis Uber debieran leerla. Por lo pronto, quienes critican al gobierno de China lo censuran acremente por conculcar los derechos humanos y la libertad de expresión, así como por el férreo control que ejerce el Estado sobre los contenidos de Internet.

Marx y Engels no eran dos incendiarios que hubieran destruido las máquinas de la revolución industrial, en plena marcha en su época. No. Reconocían ya en el Manifiesto del Partido Comunista, publicado por ellos en Londres en 1848, que

(…) La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. (...)

En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo... ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?

Sí, estas frases figuran en el histórico documento considerado como el punto de partida literario del marxismo. Pero, lo que también nos muestra es que Marx y Engels eran dos revolucionarios que estaban a favor no solo de los cambios tecnológicos, sino de los cambios sociales. Las tecnologías de entonces despertaban en ellos admiración. Eran, por un lado, una parte de los medios de producción que contribuyeron a la explotación de la clase trabajadora. Pero, por otro, creían en que iban a desempeñar un papel decisivo en la abolición del capitalismo para bienestar del ser humano.

Si leemos atentamente lo que escribió Marx acerca de los medios de comunicación de su tiempo, entre los que figuraban tanto las calles como los canales de navegación, así como la telegrafía, entonces de reciente invención, se pueden sacar conclusiones de lo que pensaría hoy de Internet, y del nuevo proletariado digital. Internet debería ser considerada posiblemente como un bien común, propiedad de toda la Humanidad. Para Marx, un importante punto de referencia, al que siempre retornaba, era el de que en el feudalismo gran parte de los bosques y las praderas, de los que se podían recolectar sus frutos, eran de propiedad común. Ese ideal comunitario lo descubriría hoy en Wikipedia o en los software libres realizados por programadores voluntarios, como es el caso de Linux.

También le habrían de causar mucha satisfacción los numerosos servicios gratuitos que ofrece Google a sus usuarios; y las ediciones de libros publicadas por Google Books y por Google Scholar que le habrían ahorrado mucho tiempo en los peregrinajes diarios que hacía a la British Library para estudiar las obras en que basó sus afirmaciones e interpretaciones; vería asimismo como muy loable el objetivo declarado de Google de catalogar todo el conocimiento de la Humanidad.

Sin embargo, como observador agudo que era, Marx se hubiera percatado de inmediato de que el precio de tales servicios es el espionaje furtivo, clandestino permanente de los usuarios, de modo de tener siempre una segura y elevada fuente de beneficios con su incesante búsqueda de información. Le habría disgustado asimismo la posición cuasi monopólica de esta empresa en muchas áreas. Posiblemente habría recomendado la expropiación y estatización de Google y de otros monopolistas como Facebook o YouTube, lo que hacen hoy pensadores como el escritor y productor cinematográfico estadounidense Jonathan Taplin (Cleveland, 1947) en su libro Move Fast and Break Things: How Google, Facebook and Amazon Cornered Culture and Undermined Democracy,publicado por Little, Brown and Company en abril de 2017.

Las nuevas relaciones laborales que han hecho posible Internet le resultarían seguramente muy familiares. Los desdichados jornaleros que trabajan para empresas como Amazon, Deliveroo, Lieferando o Uber le recordarían con toda seguridad a los obreros de las fábricas en los tiempos de la Revolución Industrial. Tanto antaño como hoy el trabajador es mutilado por los medios de producción y convertido en una piltrafa humana, en un esclavo, degradado a un apéndice de la máquina. Al contrario que los obreros de las fábricas, en tiempos de Marx, los chóferes de Uber ni siquiera son empleados fijos de la empresa, sino que aparentan ser trabajadores por cuenta propia contratados. Como todos los suministradores de la empresa están conectados con sus empleadores solamente por la vía de aplicaciones (Apps) no hay modo de que los trabajadores intercambien entre sí o de que puedan defenderse colectivamente ya que no se encuentran reunidos en un lugar como en aquellas plantas fabriles.

Dicho sea de paso, son métodos que utilizan no solo las empresas de Internet, sino también algunos gigantescos grupos económicos, incluso en el campo de los medios de comunicación estadounidenses (imagínense los nombres de los más conspicuos y acertarán).

Seguramente le disgustaría a Marx saber que todos los derechos laborales por los que lucharon durante tantos años comunistas, socialdemócratas y sindicatos, inspirados en sus escritos, les están vedados a estos jornaleros digitales, como ser un puesto de trabajo seguro, las contribuciones patronales a los seguros de salud y de jubilación, la continuidad del pago del salario en caso de enfermedad, así como la puesta a disposición de los instrumentos o herramientas de trabajo (por ejemplo, bicicletas o teléfonos móviles). A estos nuevos parias de la Tierra Marx les recomendaría unirse.

(...)¡Proletarios de todos los Países, uníos! La unidad de los trabajadores se vería coadyuvada por los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades, afirma el Manifiesto comunista.Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases.Y toda lucha de clases es una acción política. (…) Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas.Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.(…)

Otra de las cuestiones problemáticas es que con esas redes internacionales las cosas se tornan mucho más difíciles para los sindicatos en esta era de la explotación globalizada de los trabajadores del Tercer Mundo que ofrecen sus servicios a todo el planeta a través de empresas como Fivrr o Amazons Mechanical Turk, aún cuando las confederaciones obreras son conscientes de ello y advierten contra sus graves consecuencias.

Sin embargo, esas nuevas tecnologías que crea el capital para producir más eficientemente pueden servir también para hacerlo estallar por los aires, escribe Marx en su Contribución a la crítica de la economía política (publicada en 1859).Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella, puntualizan Marx y Engels en el Manifiesto comunista.

Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.

Con máquinas cada vez mejores el capital reduce el trabajo humano a un mínimo. Esto vendrá en beneficio del trabajo emancipado y es condición para su emancipación. Dicho de otro modo: quien trabaja menos tiene más tiempo para imaginarse un trabajo mejor.

El hombre es libre, pero con una libertad condicionada. La conciencia es un elemento activo del desarrollo de la historia, pero no contiene en sí misma ese desarrollo. La conciencia es necesaria para que las revoluciones se realicen, pero solo cuando las condiciones materiales se hayan cumplido; es decir, cuando existe una contradicción entre un formidable desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales edificadas sobre la base del antiguo sistema de producción; cuando esas condiciones se han cumplido la conciencia revolucionaria se liga a la experiencia y a la realidad, no es una pura fantasmagoría.

Por eso – concluye Marx en su Contribución a la crítica de la economía política

la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos solo brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando las condiciones materiales para su realización.

El sillón sobre el que reposaba Marx tras enfermar de una fuerte gripe, complicada con bronquitis y pleuresía que lo llevaría a la muerte el 14 de marzo de 1883 en Londres, está expuesto en estos días en una de las exposiciones de Tréveris y allí aguarda su espíritu nuestra visita.

A través del desarrollo de la inteligencia artificial integrada en red que conduce automóviles y escribe mensajes breves, así como de la robótica parece estar más próxima que nunca la sociedad del ocio, el mundo sin trabajo cotidiano. Marx aprobaría sin duda un impuesto a las máquinas. Hay políticos progresistas europeos que proponen en estos días aplicar mayores cargas impositivas a los empresarios que se benefician muy especialmente de la digitalización, para aliviar del peso fiscal a los patronos que dan empleo a muchas personas. Los trabajadores podrían disfrutar así de jornadas laborales más reducidas con el mismo salario, a título de compensación por el avance de la tecnología digital. Seguramente Marx se alegraría mucho de saber que hay políticos que evocan sus teorías, que las entienden y que las aplican en beneficio del bienestar de toda la sociedad.

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