Argentina

Un espectáculo de calidad: Aída en el Colón

Gustavo Gabriel Otero

miércoles, 6 de junio de 2018
Buenos Aires, martes, 29 de mayo de 2018. Teatro Colón. Giuseppe Verdi: Aida, ópera en cuatro actos. Libreto de Antonio Ghislanzoni, Eduard Mariette y Camille du Locle. Roberto Oswald, concepción escénica y escenografía. Aníbal Lápiz, reposición de la dirección escénica y vestuario. Christian Prego, repositor de la escenografía. Alejandro Cervera, coreografía. Rubén Conde, iluminación. Latonia Moore (Aida), Nadia Krasteva (Amneris), Riccardo Massi (Radamés), Mark Rucker (Amonasro), Ricardo Scandiuzzi (Ranfis), Lucas Debevec Mayer (El Rey). Raúl Iriarte (Mensajero), Marisú Pavón (Sacerdotisa). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro: Miguel Fabián Martínez. Director musical: Carlos Vieu.
Aida según Oswald © M. Parpagnoli/Teatro Colón, 2018

El Teatro Colón abrió las puertas de su sala, el 25 de Mayo de 1908, con Aida de Verdi obra que ofreció en innumerables ocasiones siendo una de las cinco óperas más representadas en el historial de ese escenario y es esperada por el público al celebrarse aniversarios importantes del Teatro. Mucho se especuló con la Aida del Centenario pero con la sala cerrada por obras de puesta en valor y restauración ese aniversario pasó con más pena que gloria. Reabierta la sala en mayo de 2010 los cuerpos estables del Teatro Alla Scala de Milán la ofrecieron, en versión de concierto, en agosto de ese año. 

Evidentemente la expectativa era mayúscula por la vuelta a la escena de una obra emblemática para la historia del Colón, por sus características de gran espectáculo y por ser una favorita de los públicos en todo el mundo. Así pues, luego de 22 años de ausencia, la suntuosa puesta en escena firmada por Roberto Oswald en 1996 volvió repuesta con éxito por uno de sus más fieles colaboradores, Aníbal Lápiz, con una batuta local de fuste, Carlos Vieu, y con un sólido elenco de protagonistas lo que redundó en un espectáculo de calidad en el cual el Colón pareció volver al nivel de épocas mejores y que nunca debería haber perdido.

Roberto Oswald -que falleció en 2013- en su triple rol de director escénico, escenógrafo e iluminador fue uno de los artistas más apreciados por el público del Colón y que más conocía el gusto por los escenarios de época, las escenografías monumentales y los vestuarios lujosos que siempre encandilaron a los espectadores del Teatro que estos días cumplió 110 años.

El planteamiento escenográfico es sencillo y monumental a la vez: en el fondo la cabeza de una esfinge -que recuerda a la de Gizeh- presencia toda la acción y es símbolo de Egipto y en cada cuadro, cambio de iluminación mediante, estará más o menos presente como observando, espiando o dominando la acción. Por otro lado columnas y escalinatas dan marco a cada escena cambiando lugares y formatos o adicionadas de esculturas de gran tamaño. En algunos momentos este fondo resulta invisible para dar lugar a espacios más íntimos: un bajo relieve iluminado con una luz que resalta el sol y marca los ideogramas acompaña la primera escena dejando un área más pequeña y en el inicio del segundo, tules blancos delimitan las estancias de Amneris. 

La iluminación de Rubén Conde resaltó la monumentalidad de la puesta y la fastuosidad del vestuario con sus distintas gamas de colores (mucho blanco en las masas, brillos y lujo para Amneris, tocados magníficos, color en Aída, capas imponentes, negro en el Faraón, azules y dorados en los guerreros) y tuvo un toque de genialidad en el diseño lumínico utilizado en las pausas entre escenas en las cuales resaltó la arquitectura de la propia sala.

Aníbal Lápiz a la par de diseñar el suntuoso vestuario volvió a ocupar -como en 2016 con Tosca- el lugar de repositor de las ideas de Oswald. En este sentido fue fiel a la concepción original con movimientos de masas muy bien realizados con impecable distribución en el espacio e incorporando algún detalle de actuación más acorde a los tiempos actuales.

Alejandro Cervera planteó adecuadas coreografías que se vieron vaporosas o potentes según el caso y que fueron ejecutadas con precisión por los bailarines. 

La versión musical a cargo de Carlos Vieu; una garantía cuando de éste repertorio se trata, resultó tan suntuosa como el marco escénico. Con nervio y estilo perfecto condujo las grandes escenas de conjunto a la vez que buscó sutileza en los momentos más íntimos, en todo momento fue sostén de los solistas haciendo respirar a la orquesta a la par de los cantantes. Imponente en los momentos que así están escritos, siempre ajustado y con sutileza en los fragmentos necesarios se oyó al Coro Estable que dirige Miguel Martínez.

La pareja protagónica, que ya había compartido escenario en esa obra el 20 de abril del año pasado en la Ópera Metropolitana de Nueva York y donde individualmente también se presentaron en los mismos roles en otras oportunidades, mostró muy buen nivel con mejor prestación por parte de la soprano que del tenor. Latonia Moore fue una protagonista esplendorosa como Aida. De notable potencia, registro homogéneo, bello color, adecuado lirismo y sutileza interpretativa cautivó de principio a fin de la obra. El tenor italiano Riccardo Massi fue un adecuado Radamés que pudo interpretar el rol sin forzar la emisión en ningún momento aunque, quizás, se necesita en algún momento un tinte más heroico. Es joven, alto y distinguido; posee buen color vocal y adecuada técnica. 

Conocida en Buenos Aires el año pasado como la Princesa de Boulion, Nadia Krasteva como Ammeris fue -nuevamente- una intérprete de fuste tanto por su seguridad vocal como por su temperamento escénico y su volumen. Roberto Scandiuzzi fue un Ranfis de lujo interpretado con voz pareja y potente en todo el registro. Con emisión irregular, algunos problemas de fraseo y volumen razonable el Amonasro del estadounidense Mark Rucker. Lucas Debevec Mayer en el breve rol del Rey de Egipto se desempeñó con inconvenientes de emisión y registro oscilante. Con esmerada corrección fueron servidos los roles menores por Raúl Iriarte (Mensajero) y Marisú Pavón (Sacerdotisa).

En suma: un espectáculo de calidad que fue muy buen homenaje por los 110 años de la sala del Teatro Colón.

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