España - Galicia

A favor del viento

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 8 de junio de 2018
Santiago de Compostela, domingo, 27 de mayo de 2018. Teatro Principal. Banda Municipal de Música de Santiago de Compostela. Casiano Mouriño Maquieira, director. John Philip Sousa: The Stars and Stripes Forever; Frank Ticheli: An American Elegy; Fernando Buide del Real: Do Gaiás ao Pedroso; Sergei Prokofiev: Marcha, op. 99 (Arr. P. Yoder); Alexander Borodin: Danzas polovtsianas de El Príncipe Igor; Franz Léhar: La Viuda Alegre (Arr. E. Suzuki). Asistencia: 70%.

Hace un par de semanas se celebró una jornada congresual en Santiago con motivo del 170 aniversario de la Banda Municipal de Música compostelana (han leído bien, ciento setenta, es una de las bandas más antiguas de España). Durante las ponencias más de un relator se quejó –entre otras muchas cosas, y con razón- de que no aparecían reseñas de los conciertos de las bandas en los medios de comunicación. Me di por aludido, hice acto de contricción, y heme aquí: tarde –lo reconozco-, mal –eso lo dirán los lectores, que se muerden la lengua menos que un servidor-, pero desde luego no a rastras –porque el programa era irresistible.

Quién puede resistirse a Barras y Estrellas? O a las danzas de El Príncipe Igor? O a una selección de La viuda alegre? Pues eso. Pero es que además hoy se daba el estreno mundial de Do Gaiás ao Pedroso*, obra comisionada al compositor santiagués Fernando Buide como parte de la conmemoración del aniversario de la Banda Municipal. Como el propio autor explicó al público, la pieza se desarrolla sobre tres pilares: una fanfarria, una melodía contemplativa, y un final movido; primero presentados separadamente y después superpuestos. El resultado es el habitual en Buide: conoce y exprime los medios a su disposición y hace sufrir a los músicos con diabluras tímbricas y ritmos irregulares, mientras el respetable disfruta de una obra que, siendo moderna, se hace grata al oído porque Buide jamás escribe opaco, y porque además en este caso se atiene al motivo de su encargo. Y, como también es habitual, cosecha la ovación del público.

Como igualmente se aplaudió con generosidad el resto de interpretaciones (es lo que tiene el público de las bandas: van a los conciertos sin compromiso y porque quieren, y no les importa robar un rato de sueño al descanso dominical). Yo disfruté como un niño con Barras y Estrellas y con la Marcha de Prokofiev –escrita originalmente para banda y posiblemente un encargo para las celebraciones del Primero de Mayo de 1944, aunque se estrenó la víspera mediante emisión radiofónica-: el maestro Mouriño y los miembros de la Banda dieron versiones muy limpias y alejadas de cualquier efectismo barato.

No conocía al estadounidense Frank Ticheli (Luisiana, 1958), pero me gustó su Elegía Americana, muy bien construída y nada lacrimógena: aquí los músicos también sufrieron porque tocar metales en las dinámicas más bajas es un martirio; pero salvaron con éxito el trance. Mucho más ruido hicieron con las Danzas Polovtsianas –sólo faltaría que no lo hicieran-, pero Mouriño se encargó de que todo sonase con transparencia; y el arreglo de los temas más célebres de La Viuda Alegre salió con todo su encanto bailable y todo su perfume parisino: cuando los músicos se lo pasan bien, el éxito de público es infalible.

En aquella jornada conmemorativa del aniversario de la Banda de Santiago se escucharon también muchas quejas relativas –cómo no- a la falta de recursos materiales y humanos, aquí y en todas partes. Esta mañana he encontrado a sus músicos en buena forma y con el ánimo por montera, pero en plantilla escasa. Si los Ayuntamientos llamados “del cambio” pretenden democratizar la música, no deben olvidar que las bandas municipales llevan toda la vida haciendo justamente eso; y en el caso de Compostela nada menos que 170 años. De modo que un servidor, que está a favor del viento –en madera y en metal-, sólo puede desear que las bandas sigan tocando con el viento –el consistorial- a favor, durante al menos otros 170 años.

Notas

Para quienes no lo sepan, el monte Gaiás y el monte Pedroso son dos de las colinas desde donde se puede ver la ciudad de Santiago: la primera se ha convertido en un monumento a la insensatez, tan desangelado de día como inquietante de noche; en la segunda la insensatez se convierte en un monumento al regocijo tanto de día como de noche. Y para los malpensados: me consta que el Apóstol se mantiene prudentemente equidistante de ambas, y me consta que Fernando Buide ni por asomo ha querido evocar en su obra estos aspectos antropomórficos y se ha centrado en los valores paisajísticos.

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