España - Andalucía

Histórico Shostakovich de la ROSS

José Amador Morales

miércoles, 20 de junio de 2018
Sevilla, viernes, 8 de junio de 2018. Teatro de la Maestranza. Samuel Barber: Adagio para cuerdas op. 11. Leonard Bernstein: Halil. Dimitri Schostakovich: Sinfonía nº 7 “Leningrado”. Andreas Blau, flauta. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. John Axelrod, director musical.
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Con la perspectiva de estos últimos años, el decimotercer concierto de abono de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ha supuesto un indudable punto de inflexión, en cuanto a calidad en la respuesta orquestal e interés interpretativo. Y es que, como poco, este ha estado a la altura de aquél dedicado a La consagración de la primavera  de 2016 o del programa de poemas sinfónicos de Dvorak y Strauss de 2017. 

Y seguramente incluso a un nivel superior ya que, adelantémoslo ya, la interpretación de la Leningrado de Shostakovich fue realmente histórica. Realmente es todo un privilegio poder disfrutar de una música tan impresionante, cuyo brutal contexto histórico en el que fue creada no hace sino espolear su magnitud artística, servida de manera tan soberbia. De una parte, la impresionante entrega del conjunto sevillano fue a más a lo largo de una sinfonía que requiere un enorme nivel de concentración, mostrándose segurísimo en todas sus familias instrumentales y ofreciendo una limpieza en la ejecución y una calidad tímbrica asombrosa. De otra, la dirección de Axelrod, se mostró experta e intensísima, ofreciendo un acertado juego de contrastes entre la masa orquestal y sonoridades más camerísticas, e imprimiendo un carácter de crescendo expresivo a lo largo de toda la sinfonía (cuántas veces asistimos a interpretaciones en las cuales decae la tensión tras la marcha del primer movimiento). El maestro americano se mostró más sobrio en sus movimientos de lo que acostumbra, algo acentuado si cabe por su renuncia a utilizar la batuta, pero paradójicamente dicha contención actuó musicalmente como una suerte de dinamo de energía expresiva que supo transmitir -y de qué manera- a sus músicos. La imagen de su brazo extendido con la palma abierta sosteniendo poderosa y casi literalmente el fortissimo conclusivo plasmaba a la perfección dicha idea. 

Previamente ya había dado indicios de dicha intensidad comunicativa en un sutilísimo Adagio para cuerdas de Barber que, a modo de obertura de la velada, daba pistas de la eclosión que daría lugar en su segunda parte. No sin antes asistir a una versión de Halil para continuar celebrando el año Bernstein, que contó con un flautista de absoluto lujo como es Andreas Blau, en su día solista de la Filarmónica de Berlín. En la gran tradición de los grandes nombres del instrumento (su particular sonido evocaba inevitablemente el nombre del mítico Jean Pierre Rampal), su sola presencia acreditó lo acertado de traer a los atriles esta obra un punto desconcertante en su eclecticismo (aquí a un tiempo serial y lírico) e interesantísima en su concepto expresivo.

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