Rusia

Renovarse para mantener la tradición

Maruxa Baliñas

miércoles, 11 de julio de 2018
San Petersburgo, miércoles, 4 de julio de 2018. Teatro Mariinski 1. Sala histórica. La fuente de Bajchisarai, poema coreográfico en cuatro actos con prólogo y epílogo. Música de Boris Asafiev. Libreto de Nikolai Volkov, basado en el poema de Alexander Pushkin. Coreografía de Rostislav Zakharov. Vestuario y decorados de Valentina Khodasevich. Yekaterina Osmolkina (Maria), Alexander Sergeev (Vaslav, el novio de Maria), Yuri Smekalov (Ghirei, Khan de Crimea), Daria Pavlenko (Zarema, esposa de Ghirai), Dmitry Sharapov (Príncipe Adam, padre de Maria), Grigory Popov (Nurali, guerrero) y otros. Compañía de Ballet del Teatro Mariinski. Orquesta del Teatro Mariinski. Director musical, Boris Gruzin. XXVI Festival Estrellas de las Noches Blancas.
La fuente de Bajchisarai © Teatro Mariinski, 2018

Tenía curiosidad por este ballet que se está conviertiendo en repertorio habitual del Ballet del Mariinski. Y no me extraña que se interprete tan a menudo porque se trata de una obra que se ve con muchísima facilidad, ágil, vistosa y con unas danzas muy variadas. Se trata de uno de los primeros ballets soviéticos, y los rusos lo consideran el inicio del 'ballet dramático' que se impondrá en los veinte años siguientes y dará lugar a obras tan importantes como los ballets de Prokofiev o Jatchaturian.

La creación de La fuente de Bajchisarai no se puede separar de la explosión artística, desgraciadamente muy breve, que tuvo lugar en los primeros años de la década de 1930 y que dió lugar -entre otras- a la ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk (estrenada en enero de ese mismo año, 1934) y el ballet La corriente tranquila (1935) de Shostakovich. Para la creación de La fuente de Bajchisarai se reunieron el compositor Boris Asafiev (1884-1949), un destacado musicólogo además, quien ya había hecho en 1932 el ballet Las llamas de París, el libretista Nikolai Volkov, el director de escena Serguei Radlov (1892-1958), el director de orquesta Yevgueni Mravinski (1903-1988), el critico y profesor Ivan Sollertinsky (1902-1944), y el coreógrafo Rostislav Zakharov (1907-1984), entonces un joven graduado (1932) en el Instituto de Teatro de Leningrado.

La principal aportación de Zakharov y sus colaboradores fue la consideración del ballet como un género teatral en el que los bailarines debían actuar convincentemente además de bailar, y la utilización de argumentos literarios significativos, frente a las historias 'de hadas' de los ballets decimonónicos. Esto enlazaba además con la corriente realista que predominaba en las diferentes esferas del arte soviético del momento. Los dos bailarines que protagonizaron este estreno, Galina Ulanova (Maria) y Konstantin Sergeyev (Vaslav), se conviertieron en dos de las principales estrellas del ballet en los años siguientes porque no sólo bailaban sino que actuaban su baile, daban sentido y realidad a lo que hacían.

Personalmente, yo no vi tanto realismo en La fuente de Bajchisarai, al contrario me pareció que uno de sus valores es que conserva y actualiza la tradición de pantomima del ballet ruso, o sea, esos gestos estereotipados que una vez que aprendes a comprender son clarísimos. Es cierto que en ocasiones se salen del repertorio clásico del ballet, pero entonces se remiten a los gestos del cine mudo, tanto para los movimientos de las mujeres del harén como para las peleas (hubo mucho de Errol Flynn y de esos duelos que ridiculiza Cantando bajo la lluvia), que podían ser novedosos en 1934 pero ahora resultan tanto o más esterotipados que los del ballet clásico. La otra diferencia que vi respecto a cualquier ballet de Chaicovsqui o Petipa es que en ocasiones las bailarinas hacen movimientos -saltos sobre todo- que en el XIX se consideraban casi exclusivamente masculinos: ¿fruto de la igualdad de géneros que pretendía el nuevo régimen soviético?

Centrándonos ya en esta función concreta, los dos personajes principales fueron encomendados a dos de los grandes bailarines de la compañía. Yekaterina Osmolkina (Maria) es quizás menos conocida que Lopatkina fuera de las fronteras de Rusia, pero es una bailarina comparable tanto por técnica como por expresividad. En este rol está muy a gusto y destacó tanto cuando se le pedía agilidad como expresividad. Su amado Vaslav fue interpretado por Alexander Sergeev, a quien descubrí el año pasado en el ballet Yaroslavna y me impresionó como Príncipe Igor, y algo menos como Príncipe en Cinderella. Pero su papel en este ballet es mucho más exigente y si el año pasado me había quedado sobre todo en su faceta dramática, este año pude admirar su agilidad y sobre todo su legato.

También de Yaroslvna recordaba a Daria Pavlenko (Zarema), quien en esta ocasión explota su faceta más sensual y resulta sumamente convincente como la amante desdeñada: la pantomima fue muy buena, aunque lógicamente donde más lució fue en sus numeros de baile ante el Khan Ghirei. Yuri Smekalov (Ghirei) bailó durante más de diez años en la compañía de ballet de Boris Eifman y se está ya haciendo un nombre como coreógrafo, y se le nota. Incluso haciendo un papel tan clásico como este, el malvado salvaje que quiere enamorar a la mujer que ha raptado violentamente, Smekalov fue muy personal y por momentos me pareció conmovedor en su amor incomprendido y en otros me recordó cuán orgulloso y distante puede llegar a ser un khan oriental ... o un bailarín de ballet.

Un reparto igualmente cuidado para los papeles secundarios y para los diferentes bailarines que hicieron las danzas características en la fiesta inicial en casa del Príncipe Adam y luego en el palacio de Ghirei. Me llamaron la atención especialmente los números de lucha del primer acto, muy bien coreografiados, y el ambiente agobiante de celos, intrigas y lujo del palacio de Ghirei.

Boris Gruzin es, creo, el director más viejo del Mariinski en activo. Formado en Moscú donde se graduó en 1963, dirigió las Óperas de Novosibirsk y Odessa entre 1963 y 1993, en diferentes momentos, y sólo en 1993 se incorporó oficialmente a la compañía del Mariinski, con la cual se ha dado a conocer también en otros países auropeos. Gruzin tiene una gran experiencia y dirigió la orquesta muy atento a los bailarines, que es lo que se pide en una función de ballet.

Decorados y vestuario son variados y resultan muy atractivos, clásicos pero muy vistosos, especialmente la parte que transcurre en el palacio de Ghirei. Coreográficamente el primer acto es muy deudor de Lago de los cisnes con esa fiesta donde los invitados se van luciendo por turno y parece que no pasa nada. Pero así se crea un mayor contraste con los actos siguientes en Bajchisarai, donde todo es exótico, con ese exotismo tan ruso tipo Las mil y una noches. 

En resumen, La fuente de Bajchisarai me pareció un ballet muy agradable y vistoso, aunque no una obra maestra. Entiendo sin embargo el interés del Teatro Mariinski en incorporarlo al repertorio: es un buen contraste con los ballets clásicos -Lago de los cisnes, Cascanueces, Bella durmiente y Corsario- y con los de Prokofiev. Para los turistas, que son un público importante para el teatro desde un punto de vista económico y de prestigio de la compañía, resulta muy apropiado precisamente porque no es largo y resulta muy típico. Y probablemente los aficionados al ballet lo irán a ver también por su importancia histórica. ¿Que hablo más de negocio que de arte?, sí, ciertamente, pero es que un teatro que quiera mantenerse necesita combinar dosis apropiadas de ambas cosas, so pena de convertirse en un peso exagerado para los presupuestos culturales públicos y que políticos y gestores decidan gastar su dinero de otro modo. Los ejemplos sobran por toda Europa y personalmente me alegra ver un teatro que tiene un buen presupuesto del Estado pero no olvida la necesidad de ser también rentable, lo que no tiene que ser algo en absoluto negativo si la rentabilidad se busca con ballets tan bonitos como esta Fuente de Bajchisarai.

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