Rusia

Domingo, las walkirias y el fútbol

Maruxa Baliñas

martes, 10 de julio de 2018
San Petersburgo, sábado, 7 de julio de 2018. Mariinski 3. Sala de conciertos. Die Walküre, ópera en tres actos de Richard Wagner. Versión de concierto. Tatiana Pavloskaya (Brunilda), Elena Stikhina (Sieglinde), Mikhail Vekua (Siegmund), Vladimir Feliauer (Wotan), Ekaterina Semenchuk (Fricka), Mikhail Petrenko (Hundig), Natalia Yestafieva (Waltraute), Zhanna Dombrobskaya (Gerhilde), Anna Kidnadze (Grimgerde), Varvara Solovyova (Siegrune), Irina Vasilieva (Ortlinde), Yulia Matochkina (Rossweise), Oxana Shilova (Helmwige) y Yekaterina Krapivina (Schwertleite). Orquesta del Teatro Mariinski. Dirección musical, Plácido Domingo. XXVI Festival Estrellas de las Noches Blancas
Domingo en San Petersburgo © Maruxa Baliñas, 2018

No es sencillo el reto que se había planteado Plácido Domingo como director para su visita al Festival Estrellas de las Noches Blancas: una Walkiria en concierto. Ya de por sí, Walkiria no es la más entretenida de las partes del Anillo, pero si además falta la acción y el teletexto es algo diminuto que está muy arriba y no se puede leer, es fácil que cunda el cansancio, que es lo que ocurrió en esta representación que con los dos descansos llegó prácticamente a las cinco horas. Mucha gente se marchó en los intermedios e incluso durante el último acto hubo un goteo continuo de gente saliendo. Luego descubrí otro motivo para este continuo abandono, que hizo que al llegar a los aplausos finales estuviera el aforo al 50% aproximadamente, tras haber empezado con entradas agotadas y sillas extra.

Nuevamente hubo interferencia del fútbol, que tiene totalmente trastornada a una ciudad que casi siempre conocí pacífica. Tras la derrota de Rusia, la ciudad se volvió un caos, con miles de personas en la calle y -sigue siendo el defecto nacional- la mayoría excedidos de alcohol cuando no francamente borrachos. Se cerró el metro y eso en una ciudad compuesta de islas y muy extensa es un problema gravísimo. Sólo puedo decir que yo me quedé hasta el final, y no me arrepiento, pero amanecía ya cuando llegué a mi apartamento (lo que en San Petersburgo tampoco es tan raro porque el cielo empieza a ponerse rosadito un par de horas después de oscurecerse), tras una odisea de autobuses que incluyó saltarse vallas de la policía, un chichón en la frente y un esguince en un dedo.

Para la ocasión se había convocado a varios de los mejores cantantes del Mariinski. Empezando por el final, las ocho walkirias fueron un auténtico lujo que muy pocos teatros pueden permitirse. Como las cantantes ya residen en San Petersburgo, es muy fácil convocarlas para uno de estos papeles mínimos, que además se considera un descanso, así que allí estaban mi Violetta (Oxana Shilova), mi Liubasha de La novia del zar (Yekaterina Krapivina), mi Preziosilla de La forza del destino (Natalia Yevstafieva) y otras cantantes como Solovyova, Matochkina o Kiknadze que he visto en ocasiones anteriores y/o veré en los próximos días. Con semejante plantel, el comienzo del tercer acto se convirtió en un placer que no recordaba haber disfrutado en ocasiones anteriores que vi Walkiria.

Elena Stikhina, que tanto me gustó como Doña Leonora de Vargas en La forza del destino, hizo el papel de Siglinde y si como Leonora de Vargas me quejé de que no tenía una gran potencia, en el Mariinski 3, la sala de conciertos, que tiene un sonido espectacular (aquí se graban normalmente las óperas del Mariinski), sonó con mucha fuerza y claridad (y eso que esta vez me tocó en la última fila del patio de butacas). La voz es francamente buena y la sabe usar, tanto en forte como en piano, y en cualquiera de los registros (sus graves son preciosos). Además no acusó apenas el cansancio y en el acto III seguía casi tan fresca como al comienzo.

No hubo tanta suerte con su enamorado, Siegmund. Mikhail Vekua fue el más débil del plantel de cantantes. Comenzó incluso con algunos desajustes que desaparecieron cuando calentó la voz, pero volvieron cuando empezó a estar cansado al final del primer acto, hasta el punto que al final del segundo acto me planteé si podría terminar. La voz además tiene poca personalidad, la orquesta le tapaba en ocasiones (no sé si voluntariamente para apoyarle) y no matizó apenas su papel. Creo que en un rol lírico podría rendir más porque tuvo momentos bonitos, pero Siegmund no le va.

Mikhail Petrenko, que no tiene un papel tan extenso, hizo lo que se espera de un bajo ruso: asombró y asustó con su vozarrón y su modo de usarlo. Precisamente la carrera internacional de Petrenko comenzó cuando Daniel Barenboim lo llamó para hacer Hundig en la Staatsoper de Berlín en 2004.

La voz de Tatiana Pavloskaya (Brunilda) no es tan fácil de oir en el Mariinski: tiene una carrera internacional importante y se prodiga menos que otras sopranos 'de la casa'. De hecho, ni siquiera tengo claro que pertenezca a la compañía del Mariinski aunque canté frecuentemente en ella y papeles muy diversos. Yo la había escuchado el año pasado en Lohengrin como Elsa de Brabante y la había considerado "una voz dulce que se adecua a su papel de tímida Elsa, es muy musical en el fraseo y resulta comunicativa". Este año por el contrario me pareció una voz potente, que acaso no corre tan bien como la de Stikhina pero llena la sala. Su Brunilda fue más humana que divina y su capacidad de conmoverse y conmovernos muy grande. Y aunque sea un detalle mínimo, pronuncia muy bien los 'ahó', que a otras cantantes no se le oyen tan claritos, tanto en la cabalgata como desde su primera intervención.

Vladimir Feliauer (Wotan) comenzó algo chillón y su voz no está tan definida como otras: el registro grave es bueno, pero los agudos a menudo salen algo destemplados y cuando está cansado tiene cierto vibrato. Se agradece en cambio que sepa cantar en piano, algo que no todos los Wotan hacen.

De Ekaterina Semenchuk (Fricka) poco puedo decir. En el Mariinski abundan las buenas mezzosopranos y entre ellas Semenchuk es quizá la mejor por timbre de la voz, potencia y capacidad emotiva. Canta a menudo fuera del Mariinski y ha grabado discos, así que disfrútenla si tienen ocasión. Para los mitómanos, cantó en la boda del Príncipe Carlos de Inglaterra con Camilla Parker-Bowles.

La orquesta sonó muy bien, tanto por sonoridad de la sala como porque seguramente se asignaron buenos instrumentistas a esta función (ese mismo día había un Lago de los cisnes, que no requiere grandes figuras porque la gente va por el ballet y no por la música, y un Barbero de Sevilla en el Mariinski 2). Domingo no quiso impresionar con su Walkiria, simplemente ser efectivo. Llevó los tempi más bien lentos aunque sin resultar pesado. Controla muy bien a la orquesta y no se le puede echar la culpa si -nuevamente- hubo algunos fallos en los metales. La excepción a esta tranquilidad fue la obertura del segundo acto, donde Domingo, aprovechando la famosa acústica de la sala, arrancó con un sonido que casi saturó la sala: ¡qué delicia! Es de suponer que en el Festival de Bayreuth, donde este verano hace tres funciones de Die Walküre, plantee algo semejante.

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