España - Andalucía

La reinvención de Arteta

Pedro Coco
lunes, 2 de julio de 2018
Ainhoa Arteta © 2018 by Guillermo Mendo Ainhoa Arteta © 2018 by Guillermo Mendo
Sevilla, lunes, 21 de mayo de 2018. Teatro de la Maestranza. Francesco Cilea: Adriana Lecouvreur. Ópera en cuatro actos con libreto de Arturo Colaiutti. Lorenzo Mariani, dirección escénica. Elisabetta Mairni, reposición de la puesta en escena y movimientos coreográficos. Nicola Rubertelli, escenografía. Giusi Giustino, vestuario. Claudio Schmid, iluminación. Ainhoa Arteta (Adriana Lecouvreur), Teodor Ilincăi (Maurizio), Ksenia Dudnikova (Principessa di Bouillon), Luis Cansino (Michonnet), Josep Fadó (Abate di Chazeuil), David Lagares (Principe di Bouillon), Marifé Nogales (Dangeville), Nuria García-Arrés (Jouvenot), Pablo López (Quinault), Manuel de Diego (Poisson). Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza. Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director: Pedro Halffter. Producción: Teatro di San Carlo (Nápoles).
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Un título como Adriana Lecouvreur no es muy frecuente poder disfrutarlo en escena últimamente, quizás porque muchos programadores no consideran su potencial -inmenso, porque es ópera en estado puro– o quizás porque la soprano protagonista debe entregarse completamente; aquí más que en otros papeles la vertiente actoral debe correr paralela a la canora. En este aspecto, resulta todo un ejemplo el tesón de Ainhoa Arteta, que con estudio y humildad ha sabido bien reinventarse y comenzar una «segunda carrera» con roles como este, nada fáciles, y que hace unos años muy pocos habrían podido imaginar adecuados a sus mimbres. Con unos medios más generosos y un mayor dominio técnico, consigue convencer gracias al cuidado fraseo y la dosificación de esfuerzos. Con el tiempo llegará, esperamos, ese salto sin red tan de Olivero, Caballé, Tebaldi o Kabaivanska en momentos como el monólogo o las últimas frases de la ópera. Su Adriana fue de menos a más, y en el último acto llegó a emocionarnos con una contenida “Poveri fiori” a la que llenó de bellos filados. El próximo año la soprano nos vuelve a visitar como Maddalena de Coigny, que suponemos revalidará su éxito en este repertorio.

La otra protagonista, una firme Ksenia Dudnikova que, si no nos fallan los datos, se presentaba operísticamente en España, bordó el temperamental papel de la Princesa de Bouillon. Su brillante timbre y los rotundos graves resonaron en el teatro de manera espectacular. La juventud de la mezzosoprano y su talento teatral hará que sin duda su nombre se lea en muchos repartos próximamente.

Del Maurizo de Teodor Ilincai, implicado escénicamente, se destacaría el ímpetu, aunque echamos de menos un mayor juego dinámico: tendía a cantar en forte, sin demasiados matices. Y fueron estos los que caracterizaron especialmente la recreación de Luis Cansino, un Michonet de manual desde cualquier punto de vista, que potenció la melancolía y que supo aprovechar los momentos solistas con gran inteligencia. Con un bien seleccionado elenco de secundarios, las escenas de grupo resultaron atractivas y dinámicas, destacando el Príncipe de David Lagares y el Abate de Josep Fadó.

La lectura de Halffter, que en el primer acto hizo entrar a Adriana a un tempo excesivamente dilatado, tomó vuelo a partir de la segunda parte de la función, con un ballet muy colorista y un último acto más matizado. También consiguió gran intensidad en el dúo de las dos rivales, con marcados contrastes muy efectistas que la orquesta en todas sus secciones supo secundar con su buen hacer habitual.

Por último, la puesta en escena del Teatro San Carlo sirvió para exponer la historia sin demasiados detalles en el juego actoral. Decorados e iluminación tradicionales con, eso sí, un bello efecto final, el de la cortina que cae cuando Adriana pierde la cordura, dejando ver la boca de escenario.
 

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