Italia

¿Puede aburrir Schubert?

Jorge Binaghi

jueves, 5 de julio de 2018
Milán, viernes, 15 de junio de 2018. Teatro alla Scala. Fierrabras (Bologna, 27 de octubre de 1867, Teatro Comunale), libreto de J.Kupelwieser, música de F Schubert.. Escenografía: Ferdinand Vögerbauer. Vestuario: Anna Maria Heinreich. Iluminación: Joachim Barth. Puesta en escena: Peter Stein (repuesta por Bettina Geyer y Marco Monzini). Intérpretes: Tomas Konieczny (Carlomagno), Anett Fritsch (Emma), Markus Werba (Roland), Peter Sonn (Eginhard), Lauri Vasar (Boland), Bernard Richter (Fierrabras), Dorothea Röschmann (Florinda), Marie-Claude Chappuis (Maragond), y otros.. Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: Bruno Casoni).Dirección de orquesta: Daniel Harding.
Anett Fritsch y Bernard Richter © 2018 by Teatro alla Scala

La pregunta, así formulada, es casi (o sin casi) insultante. Hay pocos compositores que nunca son aburridos, y uno es Schubert. Pero sí que se los puede hacer aburridos. Y tal ha sido el caso. Pese a utilizar la edición crítica de A. Denny y Christine Martin, publicada en Kassel en 2015, nada pudo impedir que una sala no muy llena se fuera vaciando tras cada (largo) intervalo. Es sin duda cierto que el gran Franz no tenía ‘mano’ para el teatro (siendo como fue el número uno de los estados anímicos más diversos en sus lieder), y que esta es una obra de proporciones considerables en que la música siempre es bonita, pero no siempre responde a las situaciones de un libreto, por otra parte, atroz y reiterativo como pocos (y tiene dura competencia, pero es que en él tampoco hay un planteo de acción coherente y mucho menos de personajes, apenas tipos a medio esbozar salvo algún caso). Pero creo que la gran responsabilidad, no la única, provino del espectáculo, que pertenece a la serie comprada a Salzburgo y que francamente no parece haber sido un gran negocio.

Yo admiro mucho a Stein, pero tal vez, como nos suele suceder a casi todos, envejezca mal. No logro entender cómo ha salido de su mano o de su cabeza semejante trivialidad. La opción es pensar que decidió tomarse su trabajo a broma, pero tal posibilidad no responde a lo que hasta ahora ha venido demostrando, no sólo en sus mejores momentos (pienso, por ejemplo, en su Wozzeck también para Salzburgo con Abbado).

No tengo nada contra telones pintados, vestuarios más o menos simples de época o atemporales, ingenuidad, pero no hasta el tedio o –peor – el ridículo (los movimientos del coro son de no creérselos, y no digamos la solución a la prisión en la que se encuentran sitiados los cristianos y su observación desde una ventana de los movimientos enemigos: habría bastado recordar la descripción de Homero del campo de batalla desde las murallas de Troya para hacer algo no tan atroz).

Si es cierto que casi no hay verdaderos personajes tampoco es que la marcación de los cantantes tratara de insuflarles vida. En el único caso en que funcionó (Florinda, la hija de Boland, español príncipe de los moros según reza el reparto) se debió al talento interpretativo de Röschmann, quien fue justamente la más aplaudida pese a que en su canto haya indicios de veteranía.

La elección de los cantantes es otra cosa que deja perplejo. Da igual si eran o no los mismos que en Salzburgo. Para estrenar este título en la Scala, que en teoría era uno de los puntos de más elevado interés de la presente temporada, habría que haber afinado la puntería.

Konieczny puede funcionar como Alberico (e incluso como Wotan, como lo vi en Viena), pero en roles italianos, y la escritura de Schubert no será itálica pero sí requiere una escuela de canto de ese tipo, la pronunciación y el timbre son esenciales, como se demostró por la negativa.

Peor aún, la pareja de amantes. Nunca he entendido el porqué del renombre de Fritsch, pero esta vez gritó sin piedad. Y su caballero enamorado, Sonn, es del tipo de tenores líricos alemanes que pueden producir como mínimo incomodidad por la monotonía de su canto y la modestia de los medios.

Richter, que pese a ser el héroe epónimo no es el protagonista (lamentablemente), estuvo bien pero sin más…Lo recuerdo mejor y más implicado en París y en francés, que ya es decir. Casi todos parecían desganados, y no fue excepción Vasar, aunque su color y su dinamismo hablaran más en su favor. Werba, que fue de lo mejor en el lejano Alfonso y Estrella de Cagliari, estuvo muy correcto, pero también de paso. Finalmente, traer a una cantante como Chappuis, tan notable en el barroco, para un papel muy secundario, fue un derroche innecesario aunque no lo hizo nada mal (canta en una escena y actúa en dos o tres).

El coro cantó mucho mejor que lo que le prescribieron como movimientos y su director, Casoni, fue como siempre uno de los más aplaudidos.

La orquesta sonó muy bien, pero de Harding uno se esperaría algo más. Ya en Barcelona le oí un concierto con Mozart y Brahms y ‘su’ orquesta en el que lo mejor fue la intervención solista de Maria Joao Pires. Aquí todo sonaba plano, igual y blando. Por la grabación de Abbado, del que Harding fue asistente, se sabe que no es así. Creo que esta ópera volverá a dormir, y no sólo en la Scala…Con estos antecedentes a ver quién es el próximo que se atreve a montarla.

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