Alemania

Poder, intrigas, destrucción y guerras religiosas

Juan Carlos Tellechea

miércoles, 4 de julio de 2018
Mönchengladbach, sábado, 23 de junio de 2018. Theater Mönchengladbach. Nabucco, ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi (1813 – 1901), con libreto de Temistocle Solera (1815 - 1878), basado en la historia bíblica y la obra de Auguste Anicet-Bourgeois y Francis Cornue Nabucodonosor (1836), estrenada el 9 de marzo de 1842 en La Scala de Milán. Régie Roman Hovenbitzer. Escenografía Roy Spahn. Vestuario Magali Gerberon. Dramaturgia Ulrike Aistleitner. Intérpretes: Johannes Schwärsky (Nabucco), Kairschan Scholdybajew (Ismaele), Matthias Wippich (Zaccaria), Lydia Easly (Abigaille), Eva Maria Günschmann (Fenena), Rafael Bruck (sumo sacerdote), Sun-Myung Kim (Abdallo), Lisa Kaltenmeier (Anna). Coro y extracoro de los Teatros de Krefeld y de Mönchengladbach. Preparación del coro Michael Preiser. Comparsas de los Teatros de Krefeld y de Mönchengladbach. Orquesta Niederrheinische Sinfoniker. Director Diego Martín-Etxebarría. 100% del aforo.
Johannes Schwärsky © 2018 by Stutte

Éste y el próximo año veremos varias nuevas e importantes producciones de Nabucco en las óperas de Alemania, pero el puntapié inicial (para utilizar un término tan actual de la jerga futbolística) lo dió el Teatro de Mönchengladbach (Baja Renania) este sábado 23 de junio de 2018 con la genial interpretación de la soprano estadounidense Lydia Easley en el nada facil papel de Abigaille, bajo la conservadora, convincente, pero poco audaz régie de Roman Hovenbitzer, y la sobresaliente dirección musical del español Diego Martín-Etxebarría.

A pesar de que el Campeonato Mundial de Fútbol en Rusia ya estaba en marcha y esta tarde se enfrentaban Alemania y Suecia (2 a 1 fue el resultado final), la sala estaba repleta de público ávido por inhalar buena música. Los espectadores no quedaron defraudados. La puesta, las voces de solistas y coro, así como la labor desde el foso, con una lectura ágil y contrastada, permitieron disfrutar todas las facetas de la partitura y fueron merecidamente ovacionados por la platea.

En este Nabucco, la guerra por el poder y la división en el seno de una gran familia, a la que pertenecen Nabucco y Zaccaria, comienza ya en la obertura, durante una mirada retrospectiva al entierro de un antepasado suyo cuando ambos eran niños. La cosa no puede terminar bien, y así ocurre en medio del fragor de la música del joven Giuseppe Verdi, escrita en 1841, en la que resulta inocultable el influjo de Gioachino Rossini, Gaetano Donizetti y Vincenzo Bellini.

La energía de esta ópera se tradujo magníficamente en los brillantes desempeños de Johannes Schwärsky, Kairschan Scholdybajew, Matthias Wippich, Lydia Easly, Eva Maria Günschmann, Rafael Bruck, Sun-Myung Kim y Lisa Kaltenmeier. En todo momento Martín-Etxebarría velaba celosamente para que el volumen sonoro de la orquesta no superara al de los solistas y para que éstos se sintieran cómodos en sus respectivos papeles. La excelente calidad musical de la puesta estuvo plenamente asegurada.

El coro de 60 integrantes, uno de los mejores por estos lares, de los Teatros de Mönchegladbach y de Krefeld (que cooperan conjuntamente desde hace decenios), cumplió una tarea formidable en este desafío, tanto desde el punto de vista histriónico como vocal. Montada sobre una plataforma giratoria, la escenografía (Roy Spahn) que en su referencia a la diversidad de religiones evoca la arquitectura de la antigua basílica patriarcal ortodoxa de Santa Sofía, destila una atmósfera muy íntima, La parte posterior reproduce el remoto lugar del destierro de los hebreos.

El tema es serio y muy actual, pese a que desde el estreno (1842) de esta ópera han pasado 176 años. En aquel entonces la pieza, sobre el cautiverio babilónico del pueblo judío, pretendía ser una metáfora sobre la situación de los italianos y sus aspiraciones nacionalistas. La añoranza que imbuye al Va pensiero, sull' ali dorate, interpretado en aquel entonces como un himno a la unitá de Italia, fue entonado por el coro con gran fuerza emocional y dramática en el Teatro de Mönchengladbach.

En realidad, la cosa va de la obsesión por el poder, las intrigas y la destrucción en la confrontación entre dos religiones que termina con la profesión de fe y veneración hacia Jehová, el dios de los israelíes, por el propio rey de Babilonia (a la sazón Nabuconodosor II), y su supuesta hija, la malvada Abigaille, cuya tesitura en esta triunfante ópera verdiana es despiadada. El pretendido mensaje cobra cierta contemporaneidad en vista del largo y sangriento conflicto por la hegemonía (bajo el manto del irresuelto conflicto religioso entre sunitas y chiíes que se remonta desde el 657 de nuestra Era) sobre toda la región del Oriente Medio.

Es en este punto precisamente donde, a mi juicio, faltó tal vez mayor osadía de parte de Hovenbitzer (con un reparto tan extraordinario) para hacer de esta metáfora otra más crítica (a ambas partes) sobre un asunto tan candente y de actualidad en este siglo XXI, en lugar de sujetarse estrictamente al libreto de Temistocle Solera, basado en el libro del profeta (para los cristianos), sabio y consejero judío en la corte de los reyes babilónicos Daniel, del Antiguo Testamento (del Tanaj para los hebreos) y esencialmente perteneciente al género apocalíptico de tradición judía.

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