Rusia

Ni un escándalo, ni una revolución

Maruxa Baliñas

viernes, 13 de julio de 2018
San Petersburgo, lunes, 9 de julio de 2018. Mariinski 3. Sala de conciertos. Sergei Babayan, piano. Orquesta del Mariinski. Valeri Gergiev, director. W. A. Mozart, Concierto para piano nº 27. Igor Stravinsky, La consagración de la primavera, música para el ballet. XXVI edición del Festival Estrellas de las Noches Blancas

Que Gergiev es un hombre ocupado, nadie lo duda. Que además no le importa hacer 'doblete', o sea, dirigir dos conciertos el mismo día para así poder irse a otro lugar al día siguiente, también es bien sabido. Y eso es lo que ha hecho este 9 de julio, que antes de meterse con un Attila de Verdi, a las 8 de la tarde, decidió hacer el calentamiento a las 6 de la tarde con un Mozart, Concierto para piano nº 27, y una Consagración de la primavera, obra que a muchos directores ya les agota. Pero por lo visto no a Gergiev.

En buena lógica, el resultado debía haber sido problemático. Pero no, Gergiev hizo una Consagración maravillosa e inmediatamente -el concierto había comenzado con más de media hora de retraso- se trasladó a la Sala Nueva del Mariinski y habiendo recuperado algo del tiempo perdido, con sólo quince minutos de retraso, comenzó un Attila modélico, donde también pareció rendir al máximo. Y como Sergei Babayan (Armenia, 1961) no es un pianista que se prodigue, me apunté yo también al doblete, confiando en que si Gergiev podía llegar de una sala a otra en tan corto espacio de tiempo, yo también (lo que no calculé es el estrés que me iba a provocar el retraso y tener que ir corriendo de una sala a otra).

Entiendo mal esta costumbre de San Petersburgo (no sé si pasa igual en otras partes de Rusia), que además me parece que va empeorando, de comenzar las representaciones con retraso. A la hora marcada para el comienzo de la ópera o ballet, es habitual que la sala aún se vea medio vacía, cuando cinco o diez minutos después suena el tercer timbre para la entrada todavía hay gente buscando sus asientos con calma, y cuando se apagan las luces aún aparecen más. En el caso de Gergiev y la Sala de conciertos del Mariinski la situación es aún más desagradable, porque normalmente no se puede entrar a la sala hasta que está todo listo -dicen que así lo manda Gergiev- y por lo tanto el público tiene que estar amontonado de pie en el pasillo sin saber cuándo se abrirán las puertas. Será casualidad, pero mi mayor espera en la Sala de Conciertos del Mariinski había sido precisamente en la anterior ocasión que vi tocar juntos a Gergiev y Babayan en ese concierto para mí memorable donde Gergiev dirigió los cinco Conciertos para piano de Prokofiev en una sola sesión [leer reseña] con cinco pianistas distintos.

Babayan comenzó el Concierto nº 27 de Mozart con una gran delicadeza, que inicialmente me pareció que no era compartida por Gergiev y la orquesta, que sonaban más agresivos. Pero cuando me fijé mejor, noté que todos los pasajes conjuntos y todos los momentos de pregunta/respuesta, estaban milimétricamente calculados, que ambos compartían visión del concierto y los ensayos habían sido cuidadosos.

La visión de Mozart que tiene Babayan me gustó: exhibe una gran delicadeza y sensibilidad, pero no es en absoluto romántico. Esto lo consigue en buena medida gracias a un uso del pedal muy ligero, que afecta al timbre pero prácticamente no mezcla las notas.

Lo mejor del concierto fue el segundo movimiento, llevado con una gran tranquilidad, como si no fuera a terminar nunca, y con un suave toque de melancolía. El sonido de Babayan es precioso, porque siempre parece sonar suave pero al tiempo se le escucha perfectamente. Oyéndolo me acordé de esa frase -¿Bartók?- de que el piano debe sonar como un instrumento de percusión, y eso es precisamente lo que no hace Babayan con Mozart, para él el piano es un instrumento totalmente cantable. Y a juzgar por lo que Mozart escribió a su hermana tras el famoso 'duelo' con Clementi, así lo concebía Mozart también.

El tercer movimiento fue llevado con agilidad, pero sin aparente virtuosismo, dentro de la misma tónica sonora. No identifiqué la cadencia, que podría ser del propio Babayan porque no creo haberla escuchado nunca. Tampoco reconocí la propina que dió tras los calurosos aplausos.

Sin más descanso que el necesario para situar a los nuevos miembros de la orquesta, Gergiev comenzó con una Consagración de la primavera apasionante. En primer lugar, Gergiev no tuvo ninguna prisa en comenzar con la tensión, el sonido en la 'Introducción' sonó muy natural, sin apenas exotismo, y así siguió en los siguientes movimientos, con una tensión que parecía mínima pero de repente notabas que estaba allí. La 'Danza de las adolescentes' fue muy rítmica pero no sé si bailable, porque Gergiev llevó en general durante toda la pieza un tempo ligero, casi demasiado rápido. Cuando llegaron los ff del tercer movimiento, el 'Juego del rapto', tampoco se desmandó, y mantuvo un exquisito cuidado de la calidad tímbrica. Como ya he comentado en otras ocasiones, la acústica de la Sala de conciertos del Mariinski es de las mejores de Europa y eso permite una calidad del sonido que pocas veces se puede disfrutar: los fortísimos son realmente potentes pero no estridentes y nunca molestan, sólo impresionan. La 'Adoración de la tierra' volvió a llamarme la atención, porque no es tan fácil ser rotundo en un lento. Además Gergiev -como es lógico- eligió a los mejores instrumentistas de la orquesta y tanto los metales graves como especialmente los timbales fueron impecables durante toda la ejecución.

Tras el final apoteósico de 'La danza de la tierra' Gergiev volvió a la tranquilidad y, poco a poco, construyó la estructura de la segunda parte, 'El sacrificio', donde nuevamente el juego de tensiones está milimétricamente calculado para llegar al final definitivo de la obra superando incluso el salvajismo anterior. Como en la primera parte, Gergiev prescinde de tópicos sobre La consagración de la primavera y hace una obra lógica, donde sin prescindir de todas esas irregularidades rítmicas y de escalas, los contrastes dinámicos o el atonalismo, que tanto llamaron la atención en la época, todo suena natural. El musicólogo Richard Taruskin considera que Stravinsky y Diaghilev nunca utilizaron más vanguardismo que el que los parisinos y londinenses de la época querían y podían aceptar. La versión de Gergiev encajó exactamente con este vanguardismo y salvajismo moderado: la obra suena muy rusa, y la dinámica y tímbrica son fascinantes, pero no resulta especialmente rompedora. La consagración sonó muy variada, llena de momentos fascinantes y sabrosamente exóticos, con una lógica aplastante y una direccionalidad clara, pero también con una gran naturalidad. Es música de 1913, no un escándalo ni una revolución.

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