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Leo Nucci, Leo Nucci, / todos a acompañarte bajan…

Rafael Díaz Gómez

jueves, 23 de mayo de 2019
Valencia, viernes, 13 de julio de 2018. Palau de les Arts. Rigoletto, ópera en tres actos, libreto de Francesco Maria Piave, basado en Le roi s’amuse de Victor Hugo, música de G. Verdi, estrenada en el Teatro La Fenice de Venecia el 11 de marzo de 1851. Elenco: Celso Albelo (Duque de Mantua), Leo Nucci (Rigoletto), Maria Grazia Schiavo (Gilda), Marco Spotti (Sparafucile), Nino Surguladze (Maddalena), Marta Di Stefano (Giovanna), Gabriele Sagona (Conde de Monterone), Alberto Bonifazio (Marullo), Mark Serdiuk (Borsa), Arturo Spinosa (Conde de Ceprano), Olga Syniakova (Condesa de Ceprano), Pau Armengol (ujier), Juliette Chauvet (paje). Coproducción: Teatro Nacional de San Carlos y ABAO. Dirección de Escena: Emilio Sagi. Escenografía: Ricardo Sánchez-Cuerda. Vestuario: Miguel Crespí. Iluminación: Eduardo Bravo. Coreografía: Nuria Castejón. Cor de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Roberto Abbado.
Leo Nucci © 2019 by Mikel Ponce y Miguel Lorenzo

…todos se detienen a oír / tu eterna estrofa de canto.

En fin, ¿qué quieren que yo le haga, si no hace mucho estuve en Soria? Y bueno, sí, sacrifico al ritmo de las palabras parte de la realidad: Leo Nucci no es eterno. Son solo 77 años de nada. Pero, como el Duero, tiene caudal. Su voz, digo, que de sus cachés y finanzas nada sé. Aunque si los administra tan estupendamente como su canto, bien cubierto tendrá el riñón. Y no es lo único que administra con astucia. También su relación, o al menos esa sensación se transmite, con las diversas categorías de su actividad profesional (teatro, acompañantes de reparto y dirección de escena y musical) que lo entregan en bandeja a un público previamente a él entregado.

De esta suerte de dulce sacrificio, el conjunto de los implicados obtiene un beneficio. En primer lugar, el propio barítono, encantado en su papel de artista noble pero próximo y cálido. Después, sus colegas, bien arropados por el ambiente hedonista que desde el escenario se irradia. Luego, el teatro, que con todo vendido (aún así se veían huecos en la sala) cuela en todos los medios que “se hace historia en Les Arts” porque por primera vez se ha dado un bis en una de sus funciones (el Sì, vendetta), como si fuera algo que no se supiera que iba a ocurrir ya y a lo que el propio Nucci aboca con soberana determinación.

Y por último, la concurrencia, gozosa, como con un resorte en la butaca para levantarse a aplaudir, previamente organizada para desde las alturas cubrir el reconocimiento final con una lluvia de papeles de colores con mensajes de agradecimiento al divo. ¡Cuánta felicidad en una obra tan amarga!

Bien, Leo Nucci sigue siendo un Rigolettazo. La falta de peso en el registro más grave no pasa desapercibida, así como tampoco la regulación algo desigual de ese caudal aún poderoso que he mencionado más arriba. Sin embargo, tiene tan interiorizado el papel (más de medio millar de representaciones, alguna de ellas con esta misma producción) y es tanta la sabiduría teatral con la que lo presenta (reservándose y dando el pego cuando lo precisa), tan bello y cabal su fraseo, tan magnético su timbre que inevitablemente seduce. Al menos mientras está al servicio del personaje. Cuando en el espectáculo del bis se sirve de él, la continuidad dramática se ve perjudicada, no importa que ocurra al final del segundo acto.

El resto del elenco, más que notable. Muy buena la Gilda de Maria Grazia Schiavo, una soprano de corpórea ligereza (el sobreagudo del dúo del bis le vino un tanto forzado), excelente proyección, línea tersa y fácil comunicabilidad. De menor a mayor persuasión fue el duque de Celso Albelo, que reguló su canto con suficiencia, sin mucho espesor, pero con una elegancia fuera de toda duda, seguridad y equilibrio. Y muy bonito también el hacer de Marco Spotti, aunque a su distinguida voz le habría venido bien para mejor caracterizar su Sparafucile un punto más de lúgubre lastre.

Algo que de forma más o menos similar también se le podría achacar al Monterone de Gabriele Sagona: la falta de rotundidad por el grave para maldecir a la romántica manera. De atractivo timbre y bien gobernadas las prestaciones de su línea vocal, la Maddalena de Nino Surguladze, voluptuosa en cuerpo y canto. Y muy en su sitio el resto de papeles, de procedencia sin excepción del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo. La sección masculina del Cor de la Generalitat, formidable en las competencias propias de su oficio, un tanto dificultadas por la puesta en escena, cuya amplitud y en ocasiones profundidad dispersó la labor de quien cantara (coro o solistas).

Roberto Abbado tuvo que combatir esta dispersión y no siempre logró que la orquesta no pisara a los cantantes. Quiero achacar también a lo esparcido de la escena en el cuadro inicial el hecho de que el director se mostrara pulcro pero demasiado formal (puede que bastante tuviera con concertar). Sin embargo, más adelante ganó en flexibilidad, no sé si espoleado por la necesidad de lidiar con la libertad de maneras de Nucci (en cuyo convenio laboral deben de figurar diversas prerrogativas desconocidas para el trabajador común), y el desempeño orquestal, salvo algún patinazo muy puntual, se creció, matizó, ilustró y nutrió el drama hasta erigirse en uno de los puntales del éxito de la velada, como bien quiso reconocer el público. A falta de la Lucia que cerrará la temporada, sobre la que las expectativas también son altas, el milanés está dejando alto el pabellón en el final de su contrato en Les Arts.

No tan arriba quedó el de Emilio Sagi, al que algún pitido se le brindó cuando se sumó a la fiesta final, aunque sería raro que él lo escuchara, pues el aplauso se impuso holgadamente, quizás porque exigió más de los actuantes que del respetable. Su producción inauguró el Tutto Verdi en Bilbao en 2006. Pero si recientemente comentábamos que la veterana producción del Mariinski para la Iolanta presentada en Les Arts aún tenía aprovechamiento, la de este Rigoletto no lo demuestra en el mismo grado.

Hay ideas que la escenografía resuelve de una forma plásticamente muy hermosa y poética, sobre todo en lo que atiende al segundo cuadro del primer acto, pero en otras ni lo práctico ni lo simbólico funcionan bien. Mencionada queda la apertura y diseminación del cuadro inicial. El plano inclinado y una pasarela dificultan la existencia a los cantantes, los bailarines sobreactúan tanto que la perversión no es creíble y para colmo la escena parece desenvolverse más en la sala de un bingo con pretensiones que en un palacio. La apertura del plano inclinado frente al público en el cambio de cuadro dio alguna guerra y se demoró más de lo conveniente. El suelo se abre en diferentes bloques para simular las callejas de la ciudad que envuelven la casa de Gilda, en una suerte de surcos como la plaza del felliniano pueblo de Amarcord tras la gran nevada, pero sin ese carácter mágico (entre otras cosas porque parecen querer aludir más a las alcantarillas que a las propias calles). Y si el rapto de Gilda está bien resuelto, tener que ver a Nucci saltando entre bloques le pone a uno al borde del colapso (tras dos cancelaciones anteriores, una por el asunto del desprendimiento del trencadís y otra por enfermedad, sólo faltaba que el cantante se nos hubiera descalabrado brincando supuestas callejuelas).

Bastante inane resultó el segundo acto e interesante el trabajo actoral en el tercero (que de todos modos imagina una innecesaria relación incestuosa entre Sparafucile y Maddalena), pero rala la escenografía, cuya muestra de la caja escénica y la presencia del coro “a la griega” tal vez quisieran proyectar más allá del teatro la podredumbre que denuncia la obra, no obstante creo que sin la suficiente dosis de convencimiento, cosa que, no nos engañemos, ocasiona menos problemas a quien la plantea.

Y así, no como la Soria de Gerardo Diego al Duero, la ciudad del Turia le dio la cara a este Rigoletto que en estupenda velada operística no sólo fue de Leo Nucci, porque todos a acompañarle bajaron.

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