Francia

Magia a raudales

Jesús Aguado

viernes, 3 de agosto de 2018
Aix-en-Provence, jueves, 19 de julio de 2018. Grand Théâtre de Provence. Wolfgang Amadé Mozart, Die Zauberflöte. Libreto de Emanuel Schikaneder. Simon McBurney, producción escénica. Josie Daxter, responsable de la reposición. Michael Levine, escenografía. Nicky Gillibrand, vestuario. Jean Kalman, iluminación. Finn Ross, vídeo. Gareth Fry, sonido. Dimitry Ivashchenko, Sarastro. Stanislas De Barbeyrac, Tamino. Mari Eriksmoen, Pamina. Thomas Oliemans, Papageno. Kathryn Lewek, Königin Der Nacht. Christian Immler, Sprecher. Bengt-Ola Morgny, Monostatos. Lilian Farahani, Papagena. Judith Van Wanroij, Erste Dame. Rosanne Van Sandwijk, Zweite Dame. Helena Rasker, Dritte Dame. Trystan Llŷr Griffiths, Erster Geharnischter / Erster Priester. Geoffroy Buffière, Zweiter Geharnischter / Zweiter Priester. Solistas del Knabenchor der Chorakademie Dortmund, Drei Knaben. Coro y Orquesta, Ensemble Pygmalion. Dirección musical, Raphaël Pichon
McBurney: La flauta mágica © Pascal Victor / Artcompress, 2018

Tras asistir, boquiabierto, el año pasado en el Festival d’Aix en Provence a la maravillosa producción de Simon McBurney para The rake’s progress, confieso que el hecho de que la programación del festival de este año incluyera la reposición de su montaje para Die Zauberflöte era un gran aliciente para volver a la hermosa ciudad provenzal. Además, escuchar el día anterior a la misma orquesta y coro que iban a interpretar la obra, el maravilloso Ensemble Pygmalion, en Dido y Eneas, hacía que mis expectativas aún fueran más altas. Las expectativas son peligrosas si no se cumplen: la decepción por un montaje fallido se multiplica si se habían puesto en él grandes esperanzas. Pero cuando se cumplen, y cuando se cumplen como se cumplieron ayer mis mayores esperanzas, el placer también se multiplica. Die Zauberflöte nunca ha sido uno de mis títulos mozartianos preferidos, pero lo que viví ayer en el Grand Théâtre de Provence, cerrando mi experiencia en Aix por esta temporada, fue una de las noches más gloriosas que recuerdo, y confieso que en algún momento se me saltaron las lágrimas, no evidentemente por las peripecias de los personajes, sino por la pura exposición al talento en su grado más alto. Cuando veo una obra de arte ejecutada al más alto nivel, cuando tengo el privilegio de atisbar ese talento brutal, realmente me siento transportado, y así me sentí ayer durante casi toda la representación de esa mágica flauta sonada por esos dos magos que son McBurney y Pichon.

No sé por dónde empezar a describir la acumulación de buen hacer que se dio en la obra. El Ensemble Pygmalion, con una formación mucho más grande, lógicamente, que la del día anterior para la obra de Purcell, sonó a puro equilibrio. La disposición no era la habitual, con el metal, trompetas y trombones, situado en el extremo izquierdo y la madera en el derecho, con la cuerda en medio, pero ya en los célebres tres acordes de la obertura estuvo claro que el sonido iba a ser exquisito: equilibrado, como ya he dicho, clarísimo, con una articulación exacta y un control de las dinámicas realmente milimétrico. Me llamó la atención la presencia del pianoforte, algo no habitual teniendo en cuenta que, al ser un singspiel no hay recitativos propiamente dichos, sino partes habladas, con lo que el instrumento se sumaba al conjunto, y además Arnaud de Pasquale, el intérprete, protagonizó algunos de los momentos más divertidos de la obra al subir al escenario a tocar el Glockenspiel de Papageno. Por la misma razón hay que destacar a la solista de flauta, Georgia Browne, encargada de tocar en escena la flauta de Tamino que da título a la obra. Pero todo el conjunto estuvo a una altura impresionante en todo momento, bajo la atentísima dirección de Raphaël Pichon. Pichon eligió en algunos pasajes tempi algo más lentos de lo habitual (hay que pensar que es una de las obras más conocidas del repertorio), pero incluso en esos momentos lo hizo manteniendo un pulso dramático sobrecogedor. Por señalar uno de esos puntos culminantes, recuerdo ahora mismo la tristísima aria del segundo acto de Pamina, Ach, ich fühl’s, con un tempo demorado que parecía suspenderse en el puro dolor de la desesperada princesa. El final de la obra, con todo el reparto en escena extendiendo las manos hacia la orquesta, provocó el delirio del público, que estalló en verdaderos alaridos de admiración hacia conjunto y director.

Y ya que he nombrado a Pamina, es justo decir que la noruega Mari Eriksmoen conquistó al auditorio con una voz espléndida, de hermoso timbre y magnífica proyección, gran entrega dramática y una capacidad para emitir agudos en pianissimo capaz de sobrecoger a un teatro completo. Fue una Pamina de antología dentro de un reparto antológico casi al completo, porque su príncipe, el tenor francés Stanislas De Barbeyrac es un tenor mozartiano de auténtico manual, con una voz de timbre hermoso y ligero, pero con cuerpo suficiente para llenar el recinto a placer, resultando un príncipe de lo más convincente y a la altura de su princesa. Y ya que estamos en las alturas y hablando de la realeza, la Reina de la Noche de Kathryn Lewek estuvo a punto de echar el teatro abajo en el segundo acto. Si ya en su aria del primero estuvo estupenda, la celebérrima Der Hölle Rache fue premiada con un tsunami de aplausos, cosa comprensible, porque estuvo impresionante. La voz es poderosa, plena incluso en el sobreagudo, penetrante sin resultar metálica, y triunfó, nunca mejor dicho, por todo lo alto. Como dato curioso, su caracterización era muy distinta a la que estamos acostumbrados a ver en el personaje, apareciendo como una mujer decrépita apoyándose en un bastón y usando una silla de ruedas, que además debió serle de gran ayuda pues está embarazada y estas funciones en Aix y un par de ellas en Peralada en el mismo papel son las últimas que hace antes de su maternidad.

Thomas Oliemans era Papageno, y resultó imposible no amarle. El simpático personaje es una pera en dulce para cualquier barítono, pero es que Oliemans, además de cantarlo maravillosamente, fue un actor impecable, y protagonizó algunos de los momentos más divertidos y mágicos de una función en la que la magia circuló a raudales. Dimitry Ivashchenko fue un muy noble Sarastro, aunque le faltó algo de potencia en el extremo más grave del registro, en el que resultó poco audible. Estupendo Christian Immler como primer orador, fantásticas y divertidísimas las tres damas de Judith Van Wanroij, Rosanne Van Sandwijk y Helena Rasker, simpatiquísima la Papagena de Lilian Farahani; bastante afinados en el primer acto y bastante menos en el segundo los tres muchachos (curiosamente caracterizados como tres esqueléticos gollums) y también estupendos los dos sacerdotes y hombres armados, que doblaban Trystan Llŷr Griffiths y Geoffroy Buffière. El único punto flojo en el reparto fue el Monostatos de Bengt-Ola Morgny, divertido como actor pero inaudible como cantante. 

Y llega el momento de hablar de la producción, y vuelvo a quedarme de antemano sin adjetivos. Qué sabiduría teatral, qué imaginación puesta al servicio del espectáculo y qué cúmulo de detalles mágicos, tiernos, divertidos y sobre todo, eficaces. El público entra con el telón levantado, el escenario está en negro, y al mismo tiempo que el público va entrando la orquesta, directamente desde el escenario, deteniéndose a charlar entre ellos, como si fueran un espejo del patio de butacas, hasta que poco a poco, al igual que el público, van ocupando sus asientos. En el extremo izquierdo del escenario vemos a un hombre ante una mesa, comienzan a sonar los acordes, y le vemos dibujar con una tiza en una pizarra, y lo que dibuja se proyecta en el escenario. Escribe el título de la obra, el autor, y va borrando siguiendo el ritmo de la orquesta. La sonrisa se instala en los labios y ya no los dejará hasta el final. En la pizarra se dibujará la serpiente que persigue a Tamino, y también una flecha para que el príncipe sepa por dónde ir, y veremos el sol, las estrellas y el agua aparecer y desaparecer en directo. En el escenario hay únicamente una tarima sujeta por unas cadenas, que irá subiendo y bajando convirtiéndose en puerta del templo, en plataforma desde la que los personajes se observan, en el calabozo en que Monostatos tiene a Pamina, en el lugar en el que los príncipes tendrán que pasar sus pruebas. La plataforma se eleva, se inclina, flota, muta en mesa gigante en la que vemos al primer orador pasando las hojas de un periódico gigantesco, en una biblioteca móvil por la que treparán los animales seducidos por la flauta.

Las proyecciones, que últimamente resultan casi inevitables en cualquier producción, son utilizadas aquí con una maestría digna de estudio, subrayando lo necesario, marcando, pero no adueñándose del espacio ni de la narración. Los pájaros de Papageno, cuadernillos blancos en manos de figurantes vestidos de negro que le van siguiendo. Las puertas del templo, gigantescos lomos de libros que se abren y se cierran. Y si en el lado izquierdo del escenario tenemos al encargado de las imágenes en directo, en el izquierdo está la encargada de los sonidos, con un pequeño gabinete de cristal en el que se mete para realizar las ambientaciones sonoras, el agua y el fuego de las pruebas, el ruido de la mochila de Papageno al abrirse y cerrarse, encargada, por cierto, que tendrá que huir de los lúbricos avances del desesperado pajarero que no encuentra pareja.

Es inútil seguir dando detalles, todo en la producción de Simon McBurney destila verdadera magia, y nada puede sustituir la experiencia de verla en directo. Si tienen la oportunidad de verla, no se la pierdan, no se me ocurre un consejo mejor que darles. No se arrepentirán.

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