Alemania

¡Plácido Domingo a tus zapatos!

Agustín Blanco Bazán

lunes, 6 de agosto de 2018
Bayreuth, martes, 31 de julio de 2018. Festpielhaus. Richard Wagner, Die Walküre, segunda jornada. Dirección de escena: Frank Castorf. Elenco: Stephen Gould (Siegmund), Tobias Kehrer (Hunding), John Lundgren y Greer Grimsley (Wotan), Anja Kampe (Sieglinde), Catherine Foster (Brünnhilde), Marina Prudenskaya (Fricka). Orquesta del Festival de Bayreuth. Director de orquesta: Plácido Domingo. Festival de Bayreuth 2018
Walkiria según Castorf © Enrico Nawrath, 2018

Aunque los aduladores de celebridades no quieran aceptarlo, eso de “zapatero a tus zapatos” también vale para Plácido Domingo. Que como director de orquesta los zapatos le quedan grandes no es una novedad. ¿Cómo, pues, logró dirigir una Walkiria en Bayreuth? La respuesta es un “dicen que dicen”, que después de un abucheo histórico se multiplica con chimentos contradictorios. Dicen que Wolfgang Wagner le prometió alguna vez el podio. También dicen que la culpa es de Eva Wagner, ya retirada de la administración artística de los festivales. Otros dicen precisamente lo contrario, o sea, que Eva se negaba a dejar que Domingo usara los zapatos de Barenboim, Levine y Thielemann, y que cuando se retiró fue su media hermana Katharina la que finalmente cedió a la insistencia del cantante,y a una agresiva campaña de marketing.

Es precisamente como marketing que el experimento salió un desastre, porque ¿quién hubiera imaginado ver un gran artista abrumado con titulares como “Domingo abucheado en Bayreuth” multiplicados en la prensa alemana y extranjera? ¡Y eso que el abucheo, aunque firme y sonoro, fue parcial! Pero de cualquier manera, el mal ya está hecho. Porque queda para siempre la imagen de un Domingo solo y extenuado frente a un publico irritado y decidido a hacerle ver sus límites en lugar de reconocerle un nuevo trofeo. Sólo la adulación nacionalista de algunos medios en la prensa española pretendió presentarlo como un torero mítico, lidiando en un ruedo normalmente reservado para los Dominguines de la interpretación wagneriana. Fue una lidia desigual, más una trabajosa lectura que una interpretación a fondo, con banderillas que nunca lograron sacarle al toro la sangre que piden los wagnerianos en el teatro de Wagner.

Y fue un trabajo previsiblemente dificultado por un foso particularmente difícil, que obliga al director a sincronizar una orquesta que, lo saben todos, comienza a ejecutar antes de incorporar la voz humana para luego llevar el producto final a los espectadores. Esta peculiaridad obliga a la orquesta a tocar en sostenuto, pero sostenuto no significa necesariamente lentitud y en esta ocasión el directo impuso una Walkiria que, según los expertos del cronómetro, superó en lentitud a la Knappertsbusch de 1951, pero sin explorar las honduras de la obra con la intensidad de articulación de este grande. Hubo momentos de pomposidad frágil y sin contraste (por ejemplo la despedida de Wotan) Y hubo arrebatos de cuerdas que desbalancearon las dinámicas hasta el punto de nublar la nitidez de audición de los metales. Y por sobre todo, la fragmentación se impuso a la unidad. A veces fueron los cantantes quienes pagaron el pato. Por ejemplo, Stephen Gould (Siegmund) cosechó unos aislados abucheos al final del primer acto, luego de una canción a la primavera que no es mas que una canción, esto es, un simple lied apoyado en una orquestación segura pero que en esta ocasión pareció un dramático sorteo de obstáculos. Y a Gould le fue casi imposible sostener su agudo al final del acto, de una longitud desmesurada en espera de los acordes conclusivos.

Anja Kampe fue quien mejor resistió las condiciones desfavorables creadas en el foso con una Sieglinde de formidable legato y apoyo. Y la madurez artística de Catherine Foster redundó en una Brünhilde de gran musicalidad y arrojo para imponer sus tiempos en los momentos cruciales en el fraseo de sus diálogos con Wotan y Siegmund. Poco clara en cambio fue la dicción del Wotan de John Lundgren.  

¿Porqué una Walkiria separada del resto del Anillo? Una risueña explicación en el programa de mano nos informa que el Festival del 2018 “marca la ocasión histórica al ofrecer en el teatro del propio Wagner la producción …de La Walkiria fuera del ciclo completo…Ésta es la primera vez que se presenta una de las obras del Anillo sin incluir el ciclo en su integridad.” En otras palabras: un ejercicio publicitario para Domingo encubierto como revolución artística. Previsiblemente, el Festival desempolvó la errática producción del último Anillo del regista Frank Castorf, que ubica la acción en un conjunto de galpones y maquinaria de una planta de extracción de petróleo en Asia Central. Fue como dar en limosna un billete cortando en dos, porque separada del resto del ciclo, esta Walkiria se hace aún mas incomprensible, con personajes deambulando sin ton ni son, y acercándose constantemente al proscenio para mirar todo el tiempo a un director errático en tiempos e impreciso en instrucciones vitales para lograr una sincronización entre el palco escénico y el foso. Los cultistas wagnerianos llaman a este último “abismo mítico”, sugiriendo así que en el teatro de Wagner la música emerge de una dimensión espacial y temporal insondable. También es una buena metáfora para indicar peligros de despeñamiento.  

Y no es que Domingo sea el único director de orquesta que los bayreuthianos esperan no volver a ver más como tal. Otros también han fracasado sin ser necesariamente malos directores. Pero a diferencia de éstos, ocurre que los Plácido Domingo de este mundo no están acostumbrados a que les digan lo que pueden o no pueden hacer. Sin nadie que les diga “¡Zapatero a tus zapatos!”  corren el riesgo de perder la capacidad de advertir los limites de su grandeza genuina. Es injusto tratarlos de esta manera, sobre todo en este caso de un tenor que ha elevado nuestras vidas con momentos inolvidables. ¿Que mejor ayuda, entonces, que decírselo una vez mas: “¡Plácido Domingo a tus zapatos!"

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