Alemania

Primera jornada: Y el milagro se produjo

Jesús Aguado

jueves, 9 de agosto de 2018
Múnich, domingo, 22 de julio de 2018. Bayerische Staatsoper. Richard Wagner. Die Walküre. Libreto del autor. Wolfgang Koch, Wotan. Ain Anger, Hunding. Ekaterina Gubanoba, Fricka. Daniela Köhler, Helmwige. Karen Foster, Gerhilde. Anna Gabler, Ortlinde. Heike Grötzinger, Waltraute. Helena Zubanovich, Siegrune. Jennifer Johnston, Roßweiße. Okka von der Damerau, Grimgerde. Rachael Wilson, Schwertleite. Andreas Kriegenburg, Producción. Harald B. Thor, Escenografía. Stefan Bolliger, Iluminación. Zenta Haerter, Coreografía. Bayerisches Staatsorchester. Dirección musical, Kirill Petrenko.
Kriegenburg: Die Walküre © Wilfried Hösl, 2018

Continúa el ciclo wagneriano dentro del festival de verano de la Bayerische Staatsoper, y tras el Prólogo, llegaba Die Walküre, uno de los platos fuertes del menú: se trata, probablemente, de la más popular de las cuatro óperas, y prácticamente todos los personajes tienen grandes momentos. El reparto, como ya dije en mi crítica del Oro, era no de campanillas sino de carillón de lujo con campanas de oro macizo, así que todo estaba preparado para que se produjera el milagro.

Y el milagro se produjo: el primer acto fue absolutamente redondo y dejó al público sin aliento. Es un primer acto que vale por una ópera completa: la historia de Siegmund y Sieglinde es una de las más conmovedoras y hermosas de las muchas que Wagner entretejió en ese gigantesco tapiz que es el Anillo en su conjunto, y Jonas Kaufmann y Anja Kampe, que encarnaban a los hermanos y amantes, estuvieron sublimes, magníficamente secundados, además, por Ain Anger, que, tras encarnar a Fafner en el Oro, era hoy Hundig. Añádanle a Petrenko en el foso, y piensen en conjunciones cósmicas, porque pocas veces se da algo así. Kaufmann estuvo en absoluta plenitud, matizando como nunca: la maravillosa canción de la primavera hizo llorar a medio teatro, cantada en una media voz sobrecogedora. Heroico cuando tocaba y pura ternura en momentos como el mencionado, estuvo espléndido. Y no le fue a la zaga en absoluto Anja Kampe como Sieglinde. A su voz, hermosísima, le sumó una interpretación conmovedora; tímida y asustada en el principio, la vimos evolucionar a medida que el personaje va descubriendo quién es en realidad y quién es ese desconocido que ha llegado en mitad de la noche pidiendo refugio. El final del acto, cuando los dos huyen y por fin se entregan a la pasión, con la orquesta comandada por Petrenko floreciendo como los propios amantes, levantó una tempestad de aplausos y bravos como pocas veces recuerdo, y sé que recordaré el momento y todo el primer acto durante mucho tiempo.

El segundo acto iba a dar la oportunidad de comprobar si Wotan y Fricka, Wolfgang Koch y Ekaterina Gubanoba, que habían estado un tanto discretos en el Oro, estaban en plenitud o no. Y Gubanoba lo estuvo, sin duda. Es cierto que su papel en el prólogo de la tetralogía es mucho menos intenso que en Die Walküre, pero es que pareció otra cantante. Fue una Fricka de armas tomar, plantándole cara a su marido y obligándole, en contra de sí mismo, a dejar de proteger a Siegmund. Gubanoba estuvo pletórica y rotunda en todo momento. Nube despejada, por lo tanto. ¿Y Koch? Pues en este segundo acto pareció estar mejor que en el Oro, con la voz en mejor forma. En el enfrentamiento con Fricka estuvo bien, y en el largo monólogo que tiene después en el que le explica a Brünhilde por qué tiene que actuar como lo hace, salió por un lado el gran cantante que sabe decir un texto tan complejo y que parezca sencillo, aunque se echaba en falta, como en el Oro, algo de volumen. Pero en el tercer acto llegó lo más amargo de la noche: empezó bien, correcto y tronante en su llegada a la roca de las valquirias para castigar a la rebelde Brünhilde, pero para el final de la obra, los celebérrimos adioses, la voz se le había roto por completo, y fue doloroso ver a alguien tan grande como Koch sufrir de esa manera para terminar la representación. Creo que todo el teatro contuvo el aliento, porque daba la sensación de que cualquier nota se le iba literalmente a morir en la garganta. Muy triste. Por cómo ha cantado últimamente, seguro que se trata de una indisposición pasajera, pero habrá que ver qué ocurre pasado mañana en Siegfried. El Wotan de la tercera obra del ciclo no tiene la envergadura ni la intensidad del de Die Walküre, pero, tal y como terminó, no sé si estará en condiciones de afrontarlo.

El otro gran personaje que falta por nombrar es Brünhilde, la valquiria que da título a la obra y que tendrá un papel destacado en el resto de óperas del ciclo. Nina Stemme, otro de los grandes nombres reunidos en este reparto, estuvo soberbia de principio a fin, su voz es wagneriana hasta la médula, potente, vibrante, segura en todo el registro, poderosa como guerrera, emocionada en su escena con Siegmund y conmovedora en el final, cuando acepta el castigo de Wotan y se despide de él. Sacó adelante el tercer acto ante el deterioro de la voz de Koch y el aplauso del público fue atronador en cada uno de sus saludos.

Hablar de cuatro óperas seguidas dirigidas por Petrenko es caer en tautologías: todo lo que se pueda decir se ha dicho ya. Si estuvo bien en el Oro, estuvo sublime hoy, sobre todo en ese primer acto inolvidable. Tal vez, en el final, aceleró un poco el pasaje de los adioses de Wotan, ante el mal trago que estaba pasando Koch, pero es la única pequeña sombra que se me ocurre en un trabajo tan preciso como de costumbre, marcando cada entrada, matizando, conteniendo a la orquesta para dejar cantar a las voces, y elevándola en los momentos instrumentales hasta cotas insospechadas de belleza. Me repito, lo sé, y me repetiré, supongo, en las dos entregas que faltan todavía del ciclo.

La producción de Andreas Kriegenburg fue, como en el Oro, alternando momentos logrados con otros no tanto. Tras el inicio instrumental, con una ridícula batallita con espadas entre Siegmund y sus perseguidores, el decorado para la casa de Hunding resultaba hermoso, con el gigantesco árbol en el que está clavada Nothung, la espada, en el centro, y una especie de doncellas o espíritus supuestamente invisibles llevando el agua que Sieglinde le ofrece a Siegmund, y alumbrándoles con unas luces que portan en las manos cuando descubren su pasión. Efectivo también el casi desnudo Valhalla en el que Wotan disputa con Fricka mientras dos grupos de mayordomos los van sirviendo. El escándalo llegó en el comienzo del tercer acto: antes de comenzar la música, un grupo de bailarinas interpreta una especie de zapateado salvaje, emulando el ruido de los cascos de los caballos de las valquirias. Nada más comenzar hubo abucheos y protestas varias, mezcladas también con aplausos, y realmente el abucheo estaba injustificado. La única pega real que le pondría a la danza es que resultó demasiado larga. El final de la misma fue nuevamente aplaudido y abucheado, y el jaleo impidió escuchar los primeros compases de la celebérrima cabalgata. Pasado el fragor, las muchachas-caballo se quedaron al fondo del escenario durante todo el episodio de las valquirias, sin que aportaran gran cosa ni molestasen en exceso, y para la escena final y la despedida de Wotan y Brünhilde el minimalismo llegó a un extremo de desnudez que rayaba en la pobreza. Bien resuelto el círculo de fuego, una especie de serpiente que portaron un grupo de las bailarinas y que cerraron en torno a Brünhilde, y proyecciones de llamas gigantescas en el fondo y los laterales del escenario, mientras Wotan se despedía con inmensa tristeza, la misma que sentimos todos al ver salir a Koch tras verlo sufrir en escena. Dos días para Siegfried. ¿Se recuperará? Informaremos puntualmente.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.