Alemania

Azul, pintado de azul

Agustín Blanco Bazán

viernes, 10 de agosto de 2018
Bayreuth, jueves, 2 de agosto de 2018. Festspielhaus. Lohengrin, ópera romántica en tres actos con libreto y música de Richard Wagner. Regie: Yuval Sharon. Escenografía y vestuario: Neo Rauch y Rosa Loy. Iluminación: Reinhard Taub. Elenco:  Georg Zeppenfeld (Rey Enrique). Piotr Beczala (Lohengrin). Anja Harteros (Elsa von Brabant). Tomasz Konieczny (Friedrich von Telramund). Waltraud Meier (Ortrud). Egils Silins (Heraldo). Coros (Maestro preparador del coro: Eberhard Friedrich) y orquesta de los Festivales de Bayreuth bajo la dirección de Christian Thielemann
Lohengrin según Sharon © Enrico Nawrath, 2018

Pintado de azul. Pintado, pero no actuado, porque en este nuevo Lohengrin de Bayreuth el sugestivo colorido de la escenografía contrasta con una regie de personas modesta en el mejor de los casos. El “azul plateado” de la música de Lohengrin aludido por Thomas Mann en una carta a Emil Pretorius, y reafirmado en la mágica puesta de Wieland Wagner de 1958, inició esta producción como un acierto de evocadora efectividad, pero las similitudes con Wieland se acaban sólo en el color. Porque vestuarios de exagerados cuellos flamencos blancos, y ocurrencias como las de condecorar a los nobles con etéreas alas de libélula obstaculizan desde un principio la sugestión del tono escénico. Mas aún la obstaculizan la comparación del regisseur del Lohengrin de Brabante con el Lenin de la Unión Soviética en el sentido que ambos son electricistas dispuestos a energizar una sociedad paralizada por la represión y los prejuicios. Se trata de una propuesta antojadiza y en este caso puerilizada por la literalidad de un Lohengrin que se presenta con overol de electricista para hacer funcionar el voltaje y los fusiles de la gran planta generadora que domina el primer y segundo acto. Hasta hay un enorme vitral redondo rememorativo de Chartres pero atravesado por un congelado rayo eléctrico similar al que servirá de espada a Lohengrin. Decididamente, nuestro caballero hace trampa desde el principio porque, ¿cómo no derrotar a Telramund con esta espada rayo? En el tercer acto la cámara nupcial es una diminuta habitación de color naranja chillón e iluminado como enceguecer antes que invitar al sexo gracias a un enorme fusil conductor prominentemente exhibido junto a una pared exterior.   

En uno de esos típicos ensayos sesudos de los cuales no se ve después nada en la experiencia escénica concreta, el regisseur se contradice al afirmarnos por un lado su intención de presentar la obra como un cuento de hadas sin politizaciones, y por otro politizando a Lohengrin como un feminista que terminará liberando a Elsa con la ayuda de Ortrude. Se trata de una interesante idea emancipadora obstaculizada sin embargo por el hecho de que Ortrude, paralizada por un vestuario ampuloso de dama de peli de Walt Disney, no atina mas que a mover sus brazos y acentuar sus vituperaciones con cabezazos para adelante. Y la idea de una Elsa que no muere sino que se emancipa se hace de difícil percepción cuando su hermano desaparecido se presenta como el Green Man, ese mítico genio cubierto de hojas que ha pasado a ser el símbolo ecológico anglosajón por excelencia de una sociedad que busca liberar a la humanidad de opresiones institucionales para devolverlas a una naturaleza primigenia. 

En fin, ya se sabe que en materia de regie no basta con pensar buenas ideas. También hay que saberlas representar en forma teatralmente creíble.  Es esta distinción la que diferencia a directores de escena como Yuval Sharon de desvergonzados como Calixto Bieito, que en su Tannhäuser enfrenta a la sociedad de la Wartburg con la naturaleza defendida por Venus, una naturaleza no muy disímil de la que trata de restaurar Otrude con su invocación a las deidades precristianas. Finalmente, a las dos les revientan tanto como a Kundry los caballeros piadosos y santulones. Y los mitos de Wagner, azulados o no, no son cuentos de hadas, sino inquietudes de nuestro subconsciente siempre en espera de regisseurs decididos a explorarlas yendo a la yugular. 

Pero de cualquier manera el azul salvó la función, no solo al ayudar el soslayo de una teatralidad floja sino también al colorear una magnífica versión musical. Christian Thielemann brindó una interpretación sorpresivamente mas rápida que la dirigida por él mismo en Dresden. Lo hizo así no sólo por su conocimiento de cómo evitar las trampas del foso wagneriano con obras poco adecuadas a la acústica del teatro sino porque, me cuentan, decidió que una puesta tan eléctrica pedía también un voltaje orquestal intenso y premuroso. Fue una premura que no obstó a un desarrollo irresistible por su calidoscópica belleza y sensibilidad. Hubo un efecto casi de magia en esos oboes y clarinetes que sonaron, como si estuvieran al lado de nuestro oído a pesar de la proyección característicamente cavernosa del foso bayreuthiano. El preludio al acto III fue un verdadero milagro de control y expresividad contrapuntística y en todo momento ensalzó la orquesta la expresividad de cada frase canora.  

Piotr Beczala repitió su antológico Lohengrin de Dresden con el plus de una acústica que le permitió apianar el comienzo de su relato final (Im fernem Land) como un hilo de voz formidablemente proyectado. A despecho de algunas estridencias en el dúo del tercer acto, Anja Harteros cantó una Elsa de convincente lirismo y segura impostación. Tal vez hubo también alguna nota estridente en la Ortrude de Waltraud Meier, pero ¡qué formidable sigue siendo la extensión de un registro parejo, que junto a un extraordinario fiato le permiten un fraseo de profundos matices psicológicos, de esos que pueden hacer entender todo aún a quienes no sepan alemán y escuchen con los ojos cerrados! Excelentes también Georg Zeppenfeld (Rey Enrique), Tomasz Konieczny (Telramund), y Egils Silins (Heraldo) en este elenco redondo que hace honor a las mejores tradiciones de Bayreuth, como también lo hizo el coro preparado por Eberhard Friedrich

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