Alemania

El hombre tranquilo

Jesús Aguado

viernes, 10 de agosto de 2018
Múnich, lunes, 23 de julio de 2018. Bayerische Staatsoper. Christian Gerhaher, barítono. Gerold Huber, piano. Recital de lied. Claude Debussy: Trois chansons de France. Robert Schumann: Lieder und Gesänge, op. 27. Dichterliebe, op. 48. Claude Debussy: Trois poèmes de Stéphane Mallarmé. Robert Schumann: Kerner lieder, op. 35

Cuenta Gerhaher en una nota en el programa que hace treinta años que comenzó a trabajar el repertorio liederístico con Gerold Huber, y que una de las razones para comenzar a hacerlo fue un recital al que asistieron, todavía como estudiantes, en el que Hermann Prey y Wolfgang Sawallisch interpretaron Dichterliebe y los Kerner lieder de Schumann. El recital le dejó tan impresionado que propuso a Huber comenzar a trabajar ese repertorio, y por eso, treinta años después, les dedicaba a los dos grandes artistas su recital de ayer en la Bayerische Staatsoper, en el que los dos interpretaban aquellos dos ciclos que les habían inclinado a iniciar el camino del lied.

No era Gerhaher, en realidad, el tenor originalmente programado para este recital, sino Piotr Beczala, otro gran nombre que no transita tan habitualmente este repertorio. El sonado affaire de la cancelación de Roberto Alagna en el Lohengrin de Bayreuth provocó su sustitución por Beczala, con lo que el tenor polaco a su vez canceló la cita liederística muniquesa. Confieso que sentía curiosidad por escucharle cantar lied, pero el hecho de que su sustituto fuera Gerhaher no pudo ser mejor noticia: un nombre de primera fila, y mucho más avezado en el mundo del lied. Y, tras escucharle ayer, debo decir que benditas sean las sustituciones si dan resultados así.

Las dos partes del programa tenían una estructura similar: tres canciones de Debussy para comenzar, y Schumann como plato principal en ambos casos. Muchas canciones, ya que, a los dos ciclos mencionados antes, se añadía aún el op. 27, Lieder und Gesänge, cinco lieder más, es decir, veinticuatro tan solo en la primera parte. Quince más en la segunda, con las dos propinas añadidas, hacen que realmente fuera un recital largo e intenso. Es obvio que el lied no plantea la misma exigencia vocal que un papel operístico al uso, pero no es menos cierto que en un recital como el de ayer el cantante no tiene más descanso que las pausas entre lieder (en el caso de ayer, además, Gerhaher ni siquiera abandonó el escenario entre las obras de uno y otro autor, como es habitual) y la propia pausa del concierto, de manera que seguramente está mucho más tiempo cantando que en una ópera. Pero, además, la manera de cantar del barítono alemán fue de una concentración y una minuciosidad absolutas, lo que hace que haya que valorar su actuación aún más por la capacidad de mantener ese nivel de intensidad durante tanto tiempo.

Y hubo intensidad emocional, créanme. Ya en las canciones de Debussy que abrieron las dos partes del concierto quedó claro que no eran obritas sencillas para calentar la voz. Desde un punto de vista musical, los Trois poèmes de Stéphane Mallarmé de la segunda parte, compuestos en 1914, son bastante más complejos que las Trois chansons de France, anteriores en una década, pero en ambos ciclos Gerhaher demostró una prosodia francesa admirable, y una atención absoluta al más mínimo detalle, un trabajo de orfebre, construido nota a nota, cuyo resultado fue una expresividad máxima con una enorme economía de medios.

Y Schumann fue una fiesta; sin duda es un repertorio más habitual para el público, y Gerhaher lo interpreta sin que se me ocurra un defecto. No es un hombre expresivo en el gesto o el movimiento, pero quién necesita moverse para expresar nada si tiene un control semejante de la voz, desde el piano más sutil hasta el forte más dramático. Utiliza magistralmente el registro central, en el que la voz suena absolutamente natural, y aunque no es el lied un género en el que haya que lanzar agudos portentosos, el bávaro los ataca también con gran facilidad, incluso en piano, llegando a colorear en algún momento la voz con una mezcla entre falsete y voz de pecho de hermosísimo resultado.  

Es bien sabido, además, que en el lied tan importante es la voz como el acompañamiento de piano, si es que la palabra acompañamiento conviene al género, pues una de sus características fundamentales es, precisamente, que sea el piano tan importante como la voz a la hora de transmitir lo que el verso nos intenta decir. Ya mencioné antes que Gerhaher y Huber llevan treinta años trabajando juntos, y eso se nota. La complicidad es absoluta sin necesidad prácticamente de mirarse, se entienden hasta en las pausas entre lied y lied. Qué concentración también la de Gerold Huber, sutil en la pulsación, respirando con Gerhaher cada verso, lírico en los breves momentos a solo, al principio o al final de alguna pieza. En concreto el breve andante espressivo con que concluye Die alten, bösen Lieder, la última canción de Dichterliebe, fue absolutamente mágico, con todo el teatro en un silencio sepulcral.

Tras tan largo programa, Gerhaher y Huber aún obsequiaron con dos propinas, ambas de Schumann: Komm, Trost der Welt, du stille Nacht! y Mein Wagen rollet langsam, que culminaron una velada absolutamente espléndida.

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